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Domingo 24 de septiembre de 2017
OPINIÓN
¿Dime chaval, Mauricio tiene algún futuro?
Por Daniel Bosque. El autor de la nota repasa las relaciones comerciales entre los gobiernos argentinos y españoles en los últimos 30 años. Sostiene además que el gobierno de Mauricio Macri ha despertado el interés de las empresas españolas.
24 de febrero de 2017
Cuestión de husos. Mientras 40 millones de argentinos están desayunando, otro millar que se embarcó por Iberia con Mauricio Macri ya cruzó plácemes y tarjetas con sus anfitriones españoles, como en los viejos tiempos. No será la primera vez ni la última: en 30 y pocos años de esta democracia sudamericana la afinidad ha sido total y los negocios abundantes. Desde aquellos tiempos en que Felipe González, hoy un lobista calificado, y Raúl Alfonsín compartían riojas en La Bodeguita de La Moncloa, con más política que business en agenda porque los precarios ’80 daban para eso.

Unos cuantos ejecutivos (800 suma el listón que armó el Ministerio de Francisco Cabrera, 170 las empresas) lo vivieron o se los han contado. El gran fiestón de la bilateralidad fue con el menemismo que puso bandera de remate a empresas públicas que los argentinos, un cuarto de siglo después, aún denominan “privatizadas”. Tras la cabecera de playa de Telefónica, que compró la mitad más uno de la desquiciada Entel por US$ 320 MM (pero pagados con bonos de la deuda argentina que se negociaban al 10%) la España eufórica y europea del Quinto Centenario se quedó con buena parte de estos activos.

El superministro Roberto Dromi (quien décadas después haría negocios de GNL con los K desde un oscuro chiringuito madrileño), les decía a los legisladores “estamos de rodillas” y los españoles compraban empresas, y afincaban sus contratistas, como churros. El Congreso en clave menemista, donde descollaba el joven y hoy próspero petrolero José Luis Manzano, garantizaba el trámite. No todo interesaba: en vano intentó Dromi enchufarle los trenes a Renfe. Y con la complicidad de los gremios peronistas se puso en marcha el aniquilamiento de los ferrocarriles argentinos

Entre 1992 y 2002, España, con más de US$ 18.000 millones, fue el primer inversor en Argentina, seguido por Estados Unidos con US$ 10.000 millones. En Washington, demócratas y republicanos decían que el morocho Terence Todman era el mejor embajador ibérico en Buenos Aires. Su país, salvo excepciones, no hizo gran cosa para pelear estos negocios, a pesar de las “relaciones carnales” que llevaron a Menem a desarmar los planes de expansión y transferencia de tecnología nuclear. Y a gestas memorables como el envío de una fragata para sumar al asedio a Sadam Hussein tras la invasión a Kuwait.

Los 90’s argentinos transcurrían a todo vapor: La Reina del Plata era la luz de los ojos de centenares de ejecutivos españoles, incluidos catalanes por entonces lejos de este frenesí independentista. Y el Grupo RIA (Reencuentro de Iberoamigos) creado por el empresario de seguros José María Pérez Feijó crecía en forma exponencial. En las comidas mensuales reinaba la buena onda y pululaban los proyectos. El único problema era el “1 a 1”. Ganar 10.000 euros en España era un platal y de este lado del Atlántico una bicoca. La frutilla del postre, y casi a los postres de la ola, fue la entrada de Repsol en YPF. Como en Argentina el lobby no está reglado, como en USA y ahora en Chile, las gestiones de Santiago Soldati y su amiguete de juvenilias Juan Carlos I quedaron para la leyenda.

El peronismo, que 13 años después demonizaría esta gesta, resignó la renta petrolera del país con el pretexto de pagarle a los jubilados, el mismo argumento de acaba de usar el macrismo para enarbolar el blanqueo de capitales. El pago de las acciones de las provincias en YPF fue motivo de otras turbiedades, como los US$ 600 MM de la Santa Cruz de Néstor Kirchner. Un anticipo de los desmanejos que el kirchnerismo llevaría poco después a la escena nacional.

DE LA FIESTA AL CIADI

En visitas de Jordi Pujol y Rodrigo Rato (cuando eran líderes indiscutidos y no los procesados por fraude de hoy) a la capital argentina, sus compatriotas los esperaron con mensajes elocuentes: cada vez que un argentino utilizaba un servicio público esencial, había una empresa española por detrás. El problema es que cuando estalló todo por los aires detrás de cada tarifa congelada y de cada contrato de concesión violado apareció una demanda contra el país en el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI). Argentina logró en este órgano del Banco Mundial el privilegio de sumar más querellas que ningún otro país (por US$ 65.000 millones) Si Telefónica, Gas Natural Fenosa, Endesa y otras creían que con Néstor y las tarifas freezadas habían vivido todo, Axel y Cristina les demostraron la equivocación. El cepo y otras hiper regulaciones transformaron sus negocios en ruinas. La expulsión de Repsol de YPF terminó de podrir todo. El board de Antoni Brufau y el gobierno de Mariano Rajoy se dedicó a petardear a la Argentina en los foros y en las finanzas mundiales.

Por esto y por mucho más, las constructoras españolas y multitarget españolas como Iberdrola, Abengoa o Técnicas Reunidas descartaron proyectos en el reino de CFK. Una de las pocas moscas blancas fue Isolux Corsan, la contratista de la inconclusa usina a carbón de Río Turbio, objeto de una auditoría que Cambiemos inexplicablemente se niega a difundir a pesar de que los trascendidos hablan de una corrupción y fraude al Estado de proporciones. Isolux, como se llama ahora, para muchos, es una especie de Odebrecht española, y cuando su situación se hizo insostenible, en los primeros meses de 2016 entregó el control a un consorcio de bancos y acreedores. El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le acaba de concesionar un tramo de la autopista ribereña Paseo del Bajo.

ALMAS GEMELAS

Los tentempiés de Rajoy, Felipe VI, Mauricio Macri, más la nutrida agenda de funcionarios, banqueros, industriales, exportadores e importadores, poco tiene que ver con aquellos fuegos. El lobby del gobierno español tuvo mucho que ver el mal hadado tarifazo, el error más grosero del macrismo. Pero esa reparación, más la indemnización a Repsol, sobre el final del cristinato, han allanado el camino para pensar un renacer de las inversiones.

España y Argentina, pese a su hermandad hoy tienen un intercambio comercial acotado. Argentina es para España su cliente 37º y su proveedor 39º (0,5% del total exportado e importado por España).

Lo que ha cambiado es el clima: “La eliminación de las restricciones en materia de comercio exterior y control de cambios en Argentina a lo largo de 2016 tras el cambio de gobierno, ha despertado el interés de las empresas españolas por este mercado”, apunta el brief oficial.

Nada que ver con los fantásticos ’90 y con los desoladores 16 primeros años del siglo. Entonces no estaba la fuerte presencia de China, ni tampoco el audaz Donald Trump con su raro noviazgo con la Rusia de Putín forcejeando por el comercio y la hegemonía mundial.

Una España subvaluada, más austera pero necesitada de exportar negocios y empresas observa a Macri con tanto entusiasmo como cautela. Los medios madrileños, además de ensalzar el rumbo actual siguen de cerca por estos días los desaguisados recientes del PRO y el acoso peronista, huelga de la CGT incluida. Macristas y hombres de negocios intentan convencer a sus contertulios de que el proyecto es sólido, de que las locuras de Cristina no vuelven. Que en este turno electoral afirmarán su rol transformador. Y de que, en el país sudamericano, tal como pregonaba el peronismo neoliberal hace casi tres décadas, está todo por hacerse.

La oferta es tentadora. Pero "el que se quema con paella después sopla la sandía".