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Miércoles 13 de diciembre de 2017
OPINIÓN
La Argentina, entre la magia y la culpa del otro
Por Alberto Asseff. El diputado del Parlasur y presidente nacional del partido UNIR sostiene que la base para recuperar la confianza en el país debe ser a través de una acción planificada y coherente.
8 de marzo de 2017
Si decimos que este momento es crucial para el país estaríamos cayendo en un lugar común ¡Fueron tantas las encrucijadas que sufrimos! Empero, ciertamente la actual es una situación compleja, sobre todo porque las necesidades sociales exigen decisiones quirúrgicas harto desafiantes, con obstáculos que se contraponen prácticamente en todos los planos de nuestra vida colectiva.

Veamos algunas verdades irrefutables, todas tóxicas: nuestros ingresos promedio son bajos, máxime a la luz de nuestros antecedentes contemporáneos y de nuestras potenciales riquezas ( golpetea esa contradicción ‘país rico lleno de pobres’); consiguientemente, el mercado interno consumidor no tiene todo el despliegue que necesita una economía dinámica y expansiva; a pesar de los relativamente decaídos salarios, el costo por producir es elevado, agravado en comparación con los países vecinos y aún lejanos; la inflación carcome los sueldos, pero hacerla descender implica recortes que significativamente afectan a ese mismo sector dependiente de ingresos fijos; se sabe en todo el planeta que emitir moneda sin respaldo de la producción de más bienes, devalúa el poder adquisitivo; consecuentemente, para dejar de emitir o se reduce el gasto o se lo financia con deuda pública; endeudarse para balancear gastos corrientes es ‘pan para hoy, hambre – con sudor y sacrificios – para mañana’; en este contexto el ahorro nacional desconfía y se va afuera o se aparta del circuito bancario y bursátil o de la economía real y la inversión extranjera sigue ese ejemplo nativo, como no puede ser objetivamente de otro modo (‘donde vayas – o quieras ir – haz lo que veas’), sencillamente quedándose adonde está o no viniendo, que es lo mismo; sin la tasa de inversión como se requiere para crecer – más del 30% del PBI -, nuestras reivindicaciones individuales aumentan y las posibilidades de satisfacerlas disminuyen en caminos contradictorios que sólo prometen un choque frontal o la maximización del conflicto social; la desocupación demanda ‘calentar’ la economía mediante un incremento del consumo, pero la inflación conmina a ‘enfriarlo’; la economía en general es un sistema cuya columna vertebral es extraeconómica: se llama confianza, pero las señales que se ven en las cumbres – no sólo políticas o gubernamentales – son usinas de desconfianza, que parecieran producir con tres turnos de ‘trabajo’, al punto que la generación de desconfianza no cesa ni de noche; el déficit, acá y en la China, es el resultado de gastar más de lo que se tiene; un escenario económico deficitario es insostenible en el mediano plazo porque inexorablemente estalla; la única terapéutica existente para que merme el desbalance es o elevar los ingresos – por ejemplo, vendiendo nuestras ‘joyas’ o pagando más tributos – o reducir el gasto público o expropiando capital instalado; ‘joyas’ ya no tenemos porque fueron enajenadas en los noventa; más impuestos es inviable porque mayor presión en esa materia implicaría literalmente asfixiar a la producción y a la clase media; cualquier amague de ir por el capital provocaría una estampida y la fuga tan veloz como colapsante. ‘Remedio’ peor que la enfermedad.

En una palabra, o apelamos a la magia o realmente estamos ante un mayúsculo problemón, con perdón del pleonasmo que se emplea ex profeso. La confianza desaparecida en inacción o malas acciones no retornará por el artificio, sino por la buena acción, bien planificada, coherente, ejemplar.

Tampoco sirve de nada establecer los grados de culpabilidad por haber llegado a este estado de cosas que son más un laberinto que una dificultad grave. Acá no sirve ese ‘deporte nacional’ de que siempre la culpa es del otro. Claro que hay quienes tienen una dosis mayor de responsabilidad por lo que nos acaece. Para establecer una vara indiscutible diría que a más tiempo en el gobierno más culpabilidad. Pero enrostrando responsabilidades no solucionaremos nada o, en todo caso, poco.

Entonces, ¿se ha vuelto inviable nuestro país? No, rotundamente no. La Argentina es viable, apenas nos apeemos de la ‘posverdad’ – esa inmensa gran mentira (otra vez excusas por la redundancia), de la mentira flagrante, de la perversa idea de vivir con el regalo de hoy para que consume el robo mañana –ese veneno que se llama populismo - y, superlativamente, de la carencia de cabalidad en las cumbres dirigentes. Cabal es completo, excelente, ejemplar. Es productor de confianza. Es guía social. Es leal al pueblo. Es estar a su servicio. Es una utopía de la especie de las posibles porque en la historia patria y mundial existen registros de que en tiempos cruciales emergieron los San Martín, Belgrano, De Gaulle, Churchill, Adenauer y muchísimos más. Eso sí, esa cabalidad necesita de un ingrediente hoy en desuso en la Argentina: el patriotismo.