Texto completo del discurso

Señores miembros del Congreso Nacional, Pueblo de mi Patria:En virtud del inciso 8, del artículo 99, de la Constitucion de la Nación Argentina, venimos a dar cuenta del estado de la Nación ante esta Asamblea Legislativa.

En ciento cincuenta y un años de vigencia de la Constitución Nacional, este Congreso inicia su período ordinario número 122, alcanzando una serie ininterrumpida de veinte períodos consecutivos.

La tarea que el texto constitucional propone nos pone en ocasión de abordar los aspectos más salientes de la situación de nuestra República, aquellos que son centrales por su importancia, las medidas adoptadas en consecuencia y los probables cursos de acción.

Queremos abordar estos temas despojados de hipocresía, queremos asumirlos desde la humildad de nuestra visión relativa y desde la fortaleza de nuestras convicciones, dirigiéndonos a través de sus representantes, al pueblo todo de la Nación Argentina.

No trataremos de hacer una simple enunciación de hechos y medidas de gobierno, que, preciso es recordarlo, transita el noveno mes de gestión.

No queremos convertir nuestra presencia aquí en una simple obligación impuesta por el protocolo. Trataremos de aprovechar esta instancia institucional para reflexionar junto a los señores legisladores, representativos de todas las ideas políticas, respecto del punto en donde nos encontramos, las probables líneas de acción y las expectativas de resultados que la situación nos plantea.

Es la oportunidad que la vida institucional brinda para que nos detengamos a mirar nuestros problemas en toda su gravedad, para poder asumir los caminos de solución que la situación aconseja según nuestra perspectiva, que de ningún modo intenta negar otros puntos de vista.

Pero también resulta insoslayable señalar que los distintos puntos de vista no son neutros en materia de elegir los intereses que cada uno persigue defender.

Nuestra convicción nos impone tratar de servir al interés del conjunto por sobre los intereses sectoriales o de partido, poner el bien común por sobre los intereses individuales y trabajar para la solución de los males que padecemos no desde una visión de coyuntura sino asumiendo que debemos en esta generación y en este momento asumir las responsabilidades de la hora con ánimo de enfrentar y resolver los problemas.

No descalificamos entonces ninguno de los otros puntos de vista, les pedimos que, sin subterfugios ni dobleces, expresen con la claridad que el momento exige los intereses especiales que sus puntos de vista defienden, para que el debate sea lo rico, plural y diverso que necesitamos.

Para levantar esta Argentina que no queremos postrada lo primero que debemos reclamarnos es sinceridad, racionalidad y verdad. Así podremos encontrar el modo y el lugar en que conjugando las diversas verdades relativas y atendiendo los mejores intereses, los argentinos nos sintamos parte de un mismo colectivo, de un mismo proyecto, de un mismo país.

Eso dará valor a nuestras diferencias, a nuestras pluralidades, enriqueciendo un sueño colectivo que tenga lugar para el otro, para el diferente a nosotros, para todos.

Queremos construir una Argentina moderna, que crezca con equidad. Que se integre al mundo con dignidad. Que se sustente internamente para poder sumarse desde su identidad nacional a un mundo cada vez mas interdependiente.

El punto de partida de esa construcción no puede ser otro que el reconocimiento del punto exacto donde nos encontramos. Hemos dicho que estamos en el peor de los mundos, en el propio infierno y que la mejora que percibimos es sólo el ascenso del primer escalón.

Lo que tardó en destruirse muchos años, explotando en las manos de una dirigencia que no estuvo a la altura de las circunstancias, no se podrá reconstruir ni en uno ni en pocos años de gestión ordenada y prudente con un rumbo correcto.

Debemos decirnos la verdad y comenzar por tener presente las dificultades que la situación nos presentará, para asumir la importancia del esfuerzo constante y conjunto que deberemos aplicar para hacer realidad esos sueños que nos proponemos.

El modelo de concentración económica, señoreo de los intereses especiales, corrupción hasta límites inimaginables, destrucción del sistema productivo y de la actividad industrial, elevada exclusión social, cimentado en un impresionante endeudamiento, demostró con toda su crudeza la carencia de propia sustentabilidad y cayó estrepitosamente, destruyendo la legitimidad de las instituciones y desarticulando la legalidad y la cohesión social propias de un país normal.

Aquella caída es hoy, junto con otros fenómenos similares que se repiten en otras latitudes y, dramáticamente en nuestra región, nuestra casa grande, América Latina, la muestra social más acabada de la inviabilidad de cualquier modelo que desatienda la sustentabilidad interna para lograr integración al mundo de la globalización.

No se trata de otro diagnóstico. Sin ánimo de caer en reduccionismos, es necesario que identifiquemos del estado de la Nación los problemas que ocupan los puntos centrales de la agenda de nuestra democracia.

La Argentina no ha tenido desde hace demasiado tiempo un proyecto. Su proyecto de país que le garantice un crecimiento económico con equidad, sustentable, ese es nuestro primer problema.

Afrontamos una gigantesca e impresionante deuda y sufrimos un altísimo e insoportable nivel de exclusión social, estos son los otros dos problemas que se derivan del primero.

Solucionar de un modo permanente y no coyuntural esos temas nos llevará la mayor parte del esfuerzo.

Para colmo, la cultura política argentina ha terminado por instalar la falsa visión de que se puede convivir con los problemas casi indefinidamente, sin asumirlos, sin enfrentarlos y, lo que es peor, sin resolverlos.

La Argentina de las últimas décadas no ha tenido un proyecto de país que integre socialmente a sus habitantes en un marco de equidad y desarrollo.

La industrialización en base a la sustitución de importaciones resultó un proyecto que puso al país en marcha tras ese objetivo y produjo sus frutos.

Los proyectos que le siguieron sólo se avocaron al desguace del modelo de bienestar que había acompañado a aquella incipiente industrialización. Durante el siglo pasado hemos invertido más tiempo en destruir lo hecho y en enfrentarnos internamente que en la construcción de un proyecto que atendiera a nuestra situación particular así como a los fenómenos que caracterizan la realidad mundial.

Por este camino Argentina terminó pagando muy caro lo que ni siquiera recibía, intentando comprar tiempo, pagando enormes ganancias a los prestamistas, a sus socios locales y a sus propagandistas, pero sepultando sus posibilidades de futuro bajo una inmensa montaña de papeles de deuda.

No somos el gobierno del default. No queremos repetir los viejos errores ni eludir la responsabilidad histórica. No queremos persistir en el default, pero la más fría racionalidad indica que las recetas del pasado no pueden aplicarse.

No pueden aplicarse, porque el mundo cambió de actitud ante las crisis de endeudamiento. De correr presurosos al salvataje para evitar los riesgos del contagio, asumiendo de ese modo indirectamente su cuota de responsabilidad por imprevisión o por haber favorecido el creciente endeudamiento de los países, ingresando por una ventanilla fondos que se retiraban por otra, los organismos internacionales pasaron a exigir el cumplimiento sin auxilios de ningún tipo.

No pueden aplicarse, porque la Argentina se ubicó en el límite de su viabilidad social y destrucción institucional, por incremento de la exclusión y por agotamiento del recurso del ajuste constante, que reveló su costado más perverso al transformar en depresión la recesión incipiente.

La más pura racionalidad indica que los argentinos deberemos afrontar grandes esfuerzos para salir del default y marca también que el camino de las viejas recetas está condenado al fracaso porque los recursos que somos capaces de generar hoy no pueden conformar a todos.

Los argentinos, los organismos multilaterales de crédito y los acreedores privados de la Argentina, debemos tener presente que la masa de recursos es la que existe y no puede incrementarse ni milagrosa ni explosivamente.

Al mismo tiempo debemos asumir, desde la más pura racionalidad, que si los recursos no crecen nadie puede pretender más recursos para sí o para su sector de interés.

La opción más racional es la que hemos adoptado y proponemos. No existe sustentabilidad para ningún programa que no contemple crecimiento económico e inclusión social. Es vital obtener sustentabilidad interna para dar viabilidad temporal a cualquier programa y la sustentabilidad sólo es posible en base al crecimiento con equidad.

El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que hemos firmado y respetado y que estamos sobrecumpliendo en sus metas, es la mejor opción que cumplía con aquel requisito previo de responsabilidad, de hacernos cargo de nuestras obligaciones.

La persistencia en el esfuerzo comprometido y la continuidad que estamos dando a las reformas estructurales adecuadas para nuestra situación relativa requieren a su vez que los organismos internacionales respeten también lo acordado. Lo contrario, el cambio constante de reglas o el incremento de las presiones no conduce a una relación de buena fe imprescindible para que sigamos cumpliendo lo acordado.

La propuesta a los acreedores explicitada en Dubai parte de la más absoluta racionalidad y se cimenta en el primer postulado que debe presidir una relación de buena fe: no se ha prometido ni se comprometerá nada que no resulte posible de cumplir.

Lo más irracional y lo más destructivo para una relación hubiera sido postular el engaño de otra solución condenada al fracaso en un corto plazo.

Sustentabilidad interna, crecimiento con equidad, cumplimiento con los organismos multilaterales en las condiciones acordadas y propuesta viable a los acreedores son tres aspectos de una misma solución racional a un problema serio, grave y persistente.

Lo nuevo respecto de lo histórico y, sobre todo, del pasado reciente, es que no tratamos de elaborar y concretar una solución de tipo coyuntural o cortoplacista, que contemple la simple duración de un gobierno.

Nos hemos propuesto la enorme tarea de construir una solución estratégica, que ponga eje sobre el crecimiento sustentable en el largo plazo y que, por supuesto, requiere de la comprensión y participación del pueblo argentino, y de sus instituciones, y pretende ser entendida y atendida por los organismos multilaterales de crédito y los propios acreedores.

La deuda no es un problema que haya creado este gobierno. La deuda es responsabilidad de los malos gobiernos de la Argentina y de quienes los prohijaron, protegieron y tomaron como modelos desde el exterior. Sin embargo, la deuda es nuestro problema. Es un problema de toda la sociedad argentina, que debe comprometerse con seriedad y racionalidad a brindarle una solución definitiva.

El pueblo argentino debe saber que no nos proponemos elegir el camino fácil de comprometer cualquier salida confiando en que los vencimientos le sobrevendrán al próximo gobierno. Como debe también saber que el camino elegido no es un camino fácil, ni exento de riesgo ni ausente de presiones. Debe saber que importantes intereses económicos tratarán de torcernos el brazo, desviarnos del camino, confundirnos el rumbo.

Los organismos multilaterales deben respetar lo firmado. En todo caso, asumir su corresponsabilidad por el crecimiento del endeudamiento. Cuando todo indicaba que nuestro país no podría pagar, concedieron nuevos créditos que sólo sirvieron para incrementar el problema del endeudamiento y sin evitar la eclosión, ahondaron la crisis.

El resto de los acreedores debe asumir que se dejaron llevar con la posibilidad de continuar obteniendo atractivas ganancias que significaban los elevados intereses que el incremento del riesgo país suponía, y hoy tienen que afrontar su cuota de responsabilidad cuando el riesgo les terminó afectando.

Comparten las consecuencias que derivan de la nueva situación, signada por el cambio de estrategia de los organismos multilaterales de crédito que dejaron de recurrir al salvataje para enjugarles sus pérdidas.

En todos los casos se trata de comprender que no existe otra posibilidad que el crecimiento como garantía para la sustentabilidad interna, para el cumplimiento externo y para la salida del default.

A los llamados fondos buitres, que junto a los intereses financieros más recalcitrantes e insaciables, intentan lucrar con la difícil situación ejecutando acciones mediáticas y espectaculares pero destinadas al fracaso para lograr sus fines, les cabrá entender la firmeza de las posturas nacionales.

Queda claro que no existe margen para recurrir a ajustes ni al incremento del endeudamiento. No pagaremos deuda a costa del hambre y la exclusión de millones de argentinos generando más pobreza y aumentando la conflictividad social, para que el país vuelva a explotar. Sería bueno que recordaran cuanto daban por sus acreencias en el 2001 cuando gobierno, instituciones, políticos, el país, todo se caía.

El modo en que resolvamos cada uno de los problemas condicionará severamente, si lo resolvemos mal, la solución de los otros. Existe una fuerte interdependencia entre ellos. Sin proyecto nacional adecuado a nuestra realidad y a la del mundo, no tendremos futuro. La deuda nos ha hecho a todos más pobres en tanto los fondos que constituyen aquella no han sido aplicados a la mejora de nuestro desarrollo. El modo en que afrontemos su pago no debe disminuir nuestra capacidad para encarar el trabajo de la formidable tarea de inclusión social que debemos desarrollar.

Lo único que dará sustentabilidad interna, inclusive a la propia posibilidad de pagar, es un crecimiento económico sustentable que permita disminuir drásticamente la exclusión social a que dio lugar el modelo agonizante.

Caminamos el país y miramos la cara de millones de habitantes de las distintas latitudes de nuestra tierra. Escuchamos y vemos las necesidades y los sueños de nuestro pueblo.

Tenemos la certeza de estar viviendo un instante muy singular de la Argentina. Entre los inmensos conos de sombra que proyectan el problema de la deuda y el dolor de la exclusión y el empobrecimiento, se percibe concretamente un sendero para el cambio profundo, de concreción de un proyecto de Nación.

Cambio profundo significará dejar atrás la Argentina que cobijó en impunidad a genocidas, ladrones y corruptos mientras condenaba a la miseria y a la marginalidad a millones de nuestros compatriotas.

Cambio profundo es la Argentina que comenzamos a parir entre todos. Un país que recupera su orgullo y recompone su autoestima y su nacionalidad. Una Patria que no nos avergonzará y se anima a defender con dignidad pero con racionalidad la que será su suerte.

Como generación tenemos la enorme responsabilidad, el inmenso privilegio y la oportunidad de diagramar un país diferente, más serio, un país normal.

Hemos dicho que cambio es el nombre de nuestro futuro. Y estamos cambiando, estamos construyendo nuestro futuro. Por cada uno de los problemas con que el pasado se empecina en levantarse ante nosotros, generamos acciones y tareas que persiguen el objetivo de constituirse en soluciones para impedir retrocesos.

Sabemos que marchamos en el buen sentido. En poco tiempo hemos podido dar enormes pasos que nos ayudan a tener confianza en nuestro futuro. Nuestro país encierra riquezas y capacidades que debemos preocuparnos en poner de manifiesto en todas las áreas de la actividad nacional.

La política puesta al servicio del bien común, las instituciones reconciliándose de a poco con la sociedad, el Estado tratando de restañar las heridas con asistencia y, sobre todo, con una intensa tarea de promoción social, las variables macroeconómicas bajo control y una proactiva inversión estatal al servicio del crecimiento y promoción de la actividad; el acento puesto en el fortalecimiento de la educación pública para que cumpla su rol de igualadora de oportunidades, forman parte del nuevo escenario que permite recrear la esperanza y las expectativas.

Si bien sabemos que el cambio no se producirá de un día para el otro, insistimos que el profundo cambio cultural que necesitamos producir no puede pensarse sin ganar la batalla del día a día. Avanzar un paso cada día es la mejor garantía para no retroceder, para no estancarnos, para no ceder.

Defensa irrestricta de los derechos humanos y la dignidad del hombre, incremento efectivo de la calidad institucional y mejoras en la legislación constituyen parte del nuevo escenario nacional y promueven y efectivizan la lucha contra la impunidad y la corrupción.

Un país con memoria, verdad y justicia tiene que comprometerse profundamente con la defensa de los derechos del hombre. Este concepto debe integrarse al ideario de todos los partidos políticos. No puede reducirse a un concepto de derechas o izquierdas. Desde un punto al otro del espectro ideológico la defensa de los derechos humanos debe constituir un compromiso nacional y racional.

Si bien es cierto que aquel compromiso en nuestro país obliga a la búsqueda del esclarecimiento total del pasado para acceder a la verdad y castigar a los culpables de la más cruel violación de los derechos humanos de que se tenga registro en estas latitudes, la cuestión no tiene por qué reducirse a ello.

El respeto de los derechos humanos nos debe también con la actualidad y con el futuro, con el país que queremos construir, con el país que nos merecemos.

El respeto a los derechos del otro debe ser una característica de la vida diaria en nuestra Nación. Debe pasar a ser tema central de nuestra cultura en todos los ámbitos de acción.

Que el mundo sepa que los argentinos, que hemos sido víctimas y protagonistas de las más crueles violaciones a los derechos humanos producidas que se conozcan, estamos encaminados a su más firme defensa. Y aquí no caben discursos. Nuestra acción cotidiana tiene que estar cargada de ese respeto y nuestro futuro sólo puede tener ese matiz.

En el corto lapso de nuestro Gobierno, hemos concretado gigantescos pasos para mejorar la calidad institucional. Los cambios que tienden al fortalecimiento de la Corte Suprema de Justicia, la autolimitación de facultades presidenciales para las designaciones de sus nuevos miembros, los jueces inferiores, los fiscales y los defensores así como el dictado de una normativa tendiente a operativizar ese incremento de la calidad institucional en el ámbito del Poder Ejecutivo, constituyen hitos de imprescindible cita a la hora de rememorar lo hecho.

Sabemos que no será fácil, sabemos que solos no podemos hacerlo. Como también sabemos que ese cambio para tornarse irreversible, debe ser con todos.

Un Estado inteligente con capacidad para regular y controlar el cumplimiento de las reglas en todos los ámbitos donde ello se exija, debe contar con las herramientas adecuadas a esa finalidad.

Un país normal en el que impere un tipo de seguridad jurídica que motorice los derechos constitucionales en su totalidad. Lo repetimos una vez mas, con seguridad jurídica para el capital y también para el trabajador y el consumidor.

Una nueva, equilibrada y honesta ley laboral, una nueva ley de coparticipación federal que defina con claridad el marco de la responsabilidad fiscal de la Nación y las Provincias, un marco normativo para la prestación de los servicios públicos en donde queden claras las nuevas reglas de juego que deban regir.

El Estado, recuperando su rol regulador y de control. Los concesionarios y prestadores de servicios públicos gestionando en conocimiento de sus obligaciones y derechos. Todos contribuyendo a un adecuado marco donde se respeten los derechos de los usuarios y consumidores.

Entre emergencias y soluciones para la coyuntura hemos dejado veinte años de nuestra historia y los sueños y las esperanzas de varias generaciones. Nuestra democracia no puede tardar otros veinte años para estructurar estratégicamente un nuevo proyecto nacional. Debemos marcar un final de época los argentinos. Es la oportunidad y tenemos la posibilidad de hacerlo. Hasta nuestras carencias tienen que transformarse en la oportunidad de construcción de lo nuevo.

El Estado en un rol protector acompañado por la participación ciudadana, se constituye en el mejor garante de accesibilidad dando cobertura directa a los sectores etáreos más vulnerables. Ejerciendo un rol promotor estimula las iniciativas de las personas, familias e instituciones para su desarrollo, concibiendo la generación de ingresos como un eficaz integrador social.

Los programas se articulan en torno a tres grandes ejes. La protección de las familias, el garantizar la seguridad alimentaria y el promover el desarrollo local y la economía social.

El "Plan Familia" a través de diferentes instrumentos propicia la integración y el desarrollo de las familias en situación de vulnerabilidad en dos sentidos fundamentales. Con eje en cada casa u hogar, construyendo vínculos de pertenencia y contención afectiva. Con eje en lo comunitario, afianzando los derechos ciudadanos, creando un ámbito de identidad y resaltando el valor de la solidaridad y la amistad.

En forma directa se brindaron 766.106 prestaciones que comprenden compra de prótesis, medicamentos, materiales de construcción, indumentaria, máquinas de coser, herramientas, insumos, material didáctico, equipamiento básico para el hogar, elementos recreativos, invirtiendo en ello unos 40.000.000 de pesos.

Se universalizó el sistema de pensiones vitalicias para mayores de 70 años sin acceso a beneficios previsionales y pertenecientes a hogares en situación de pobreza, incluyendo a 178.706 beneficiarios.

El Tren de Desarrollo Social y Sanitario ha permitido el acceso a los servicios de localidades con dificultades de acceso brindando 22.200 prestaciones y una intensa acción cultural en 90 días de trabajo.

Con 797.000 potenciales beneficiarios se puso en marcha el Abono Social que permite a los titulares de programas de ingreso social y beneficiarios de pensiones el viaje con tarifa reducida en los servicios ferroviarios subterráneos y de superficie en el área metropolitana.

La seguridad alimentaria se garantiza con el plan conocido como "El hambre más urgente" que tiene por finalidad, articulando esfuerzos públicos y privados, permitir el acceso a una alimentación adecuada, suficiente y acorde a las particularidades y costumbres de cada región del país.

Se incluyen allí prestaciones que contemplan la atención del niño sano y la embarazada con entrega de leche fortificada, módulos alimentarios para familias, para comedores escolares, infantiles y comunitarios; autoproducción de alimentos en huertas y granjas y entrega de tíckets alimentarios.

Implementado a través de la transferencia de recursos y financiamiento a organismos gubernamentales y no gubernamentales, con una inversión de ó 429.983.000, permitió la atención de 15.325 comedores que benefician a 2.484.223 personas; el desarrollo de 523.169 huertas con prestaciones a 3.339.430 beneficiarios y un abordaje local y focalizado directo a 6.595.459 personas.

Sabemos que el trabajo es el mejor integrador de una sociedad y queremos crear las condiciones para que las mesas de todos los hogares estén servidas con el fruto del trabajo decente realizado con orgullo.

Hacia eso apunta el "Plan manos a la obra", nuestro Plan Nacional de Economía Social y Desarrollo local, a partir de la generación de ingresos. En ese marco se han desarrollado 6.947 emprendimientos productivos asociativos comunitarios financiados, que comprenden a 141.000 microemprendedores como beneficiarios.

Se concretaron ya 43 talleres en los que participaron 8.600 integrantes de los consejos consultivos provinciales y municipales. Se han llevado a cabo 620 actividades de capacitación con 71.400 integrantes de organizaciones de la sociedad civil, administradores provinciales y miembros de grupos asociativos para la producción.

Se ayudó al fortalecimientos de 155 microbancos que asisten a 47.260 microemprendedores. El Plan comprende también la entrega de herramientas e insumos para beneficiarios del programa jefes y jefas de hogar desocupados a fin de ayudarles a generar mayores ingresos para ellos y sus familias.

La reciente creación del Registro de Efectores Sociales permitirá la incorporación al monotributo de emprendedores sin ingresos estables, integrándolos a la economía formal y promoviendo su actividad con una exención por dos años de la tributación correspondiente.

Colocar los primeros ladrillos no es hacer una casa. Pero las casas sólidas se construyen en buen lugar y ladrillo a ladrillo. En la reconstrucción del tejido social, en la reconstrucción de una cultura del trabajo que supere la mera gestión asistencial, no hay tarea pequeña. La prueba de que toda acción es importante la da el hecho de que en la suma de estas iniciativas se logró incorporar a 500.000 personas más al mercado.

Hacer honor al pago de esta deuda interna que tenemos los argentinos requiere tesón, creatividad, imaginación, compromiso, apertura mental y solidaridad, pero sobre todo, trabajo diario. Es necesario derrotar la cultura de la prebenda o del clientelismo poniendo al hombre y a la mujer como destinatarios de este esfuerzo..

En salud hemos puesto el acento en la atención primaria y la prevención con eje en los hospitales públicos. Hemos encaminado acciones para la finalización de obras inconclusas y la inmediata puesta en funciones de hospitales ubicadas en Chaco, San Juan, Buenos Aires, La Rioja, Santa Fe, Entre Ríos y Tucumán, así como decenas de centros de atención primaria de todo el país.

En el ámbito del Consejo Federal de Salud se elabora el Plan Federal de Salud integrando los esfuerzos de todas las jurisdicciones tras el ideal de brindar a todos los habitantes el acceso a igual nivel de salud, para romper con la fragmentación y la exclusión de los argentinos con menor ingreso.

El Programa Remediar, en 5.400 centros de Atención Primaria donde se administran 15.000 botiquines mensuales, focaliza su acción en la atención del derecho de los que vivían marginados del acceso a los medicamentos de modo que 15.000.000 de beneficiarios han recibido 30.000.000 de tratamientos gratuitos.

Como resultado de la prescripción de medicamentos por su nombre genérico, más de 3.000.000 de argentinos que antes no podían hoy pueden adquirir sus remedios. Hoy, el 71 por ciento de las recetas se prescriben de esa manera y durante el año pasado el 78 por ciento de los medicamentos mantuvieron su valor. Como resultado, los argentinos hemos ahorrado 2.900 millones de pesos que de continuar las tendencias previas se habrían pagado en medicamentos. El Estado, a partir de la compra centralizada ahorra casi 800 millones en su gasto en remedios.

La transformación del PAMI se ha focalizado como una política de estado para que en un marco de transparencia mejore sustantivamente la calidad prestacional a los jubilados y pensionados adquiriendo un papel rector en el ámbito de la seguridad social.

En esas condiciones, el indicador del riesgo país pesaba más que cualquier dato de la economía real.

En las nuevas circunstancias, la política económica se orienta a generar hechos, hechos de la economía real, la economía productiva. La producción, el consumo, la inversión, el empleo, la disminución de la pobreza, son los indicadores que importan. La economía mira al compatriota de carne y hueso.

Es así que la recuperación del consumo ha sido puesta en el centro de la economía. Sin consumo creciente la recuperación se queda sin locomotora y el crecimiento sostenido no define su sendero. Sin consumo no hay ni mercado ni solución.

Resulta paradójico escuchar en nuestro país a gurúes económicos, autoproclamados defensores del capitalismo, defender recetas donde siempre hay que restringir el consumo ignorando que si algo distingue al capitalismo es la idea del consumo. El capitalismo como sistema de ideas ha prevalecido entre otras cosas porque el consumir y vivir mejor no es una buena teoría sino un aspecto sustancial de la condición humana.

Porque conocemos la importancia de la inversión y el peso de las exportaciones en nuestras posibilidades de crecimiento hacemos centro en el consumo. Sin mercado interno creciente y demandante, las inversiones se ubican en sectores especulativos, inmobiliarios, dirigidos a una pequeña porción de la población o donde el Estado garantiza con su regulación tasas enormes de rentabilidad.

Para que la inversión se dirija a las actividades productivas que eleven la productividad de la economía y expandan la frontera del desarrollo deben combinarse un mercado interno creciente y las oportunidades de exportación de mercaderías al mundo.

Sin un tipo de cambio realista, sin un mercado interno creciente y hasta sofisticado, la exportación con valor agregado no tiene suficiente base para desarrollarse con solidez. Eso hace que el país exporte prioritariamente bienes agrícolas o energía, que en nuestro caso son una base excepcional de ventajas competitivas, pero que no son -si miramos con visión de futuro- el todo. Tampoco los bajos salarios pueden ser la base de nuestra competitividad.

Consumo, inversión, exportaciones, forman parte de un todo que debe generar empleo en cantidad y calidad para asegurar una base estable de crecimiento y, lo que es más amplio, de desarrollo, que es la forma de hablar de bienestar.

No debemos endeudarnos más. Debemos mantener una sólida posición fiscal tanto de la Nación como de las Provincias manteniendo la tendencia del superávit para garantizar no sólo poder atender necesidades en el plano social y en el estímulo a las actividades productivas, sino también gozar de la suficiente autonomía como para afirmar objetivos nacionales estratégicos.

El conjunto de normas conocidas como el paquete antievasión han constituido el inicio de los profundos cambios que debemos concretar en materia impositiva. Iniciamos por exigir el cumplimiento estricto y dando el más fuerte combate contra los que no pagan sus impuestos.

Por supuesto que mantenernos en esta línea nos ha exigido decir muchas veces no. No a los intereses especiales y concentrados, no a nuevos ajustes, no a dejar subordinado el Estado a cualquier tipo de interés sectorial. Pero seguiremos sin claudicaciones por este camino de compromiso con el interés del conjunto.

Con la creación del Ministerio de Planificación Federal e Infraestructura, y con la decisión expresada desde el primer día de nuestro gobierno, se ha vuelto a planificar y a ejecutar obra pública en la Argentina, superando la visión que estigmatizaba esto como gasto improductivo. Esto ayuda a incrementar la velocidad de la recuperación económica.

Hemos mencionado ya los hospitales, las escuelas, las cárceles en construcción, los caminos en construcción. Se pusieron además en marcha demorados planes de vivienda con el Programa Federal de Reactivación de obras Fonavi en su primera y segunda etapa, se finalizaron 33 obras del PROSOFA (agua potable, ayuda social y saneamiento básico), en siete distintas provincias, se finalizaron 916 obras del Programa mejoramiento habitacional e infraestuctura básica, se inició la ejecución del Programa Mejoramiento de Barrios que alcanza a 121 localidades y beneficia a 55.517 familias.

Se inició el proceso licitatorio del Plan Federal de Transporte de Energía para interconectar el Mercado Eléctrico Mayorista con el Mercado Eléctrico del Sistema Patagónico, incluyendo obras en las estaciones transformadoras de Choele Choel y Puerto Madryn.

Se reiniciaron obras paralizadas y se licitaron e iniciaron obras prioritarias de la red vial nacional y se concretó la atención de 38.500 kilómetros de la red existente.

Se reagruparon y relicitaron los corredores viales concesionados, de aproximadamente 8.000 kilómetros, bajando de 17 a 6 el número de ellos, eliminando compensaciones por la suma de 325 millones de pesos por año, manteniendo la estructura tarifaria para el público en general y las tarifas vecinales.

Se han reactivado y proyectado inversiones del Plan Federal de control de inundaciones, rehabilitamos los servicios de saneamiento en zonas afectadas por inundaciones y se concretaron proyectos con Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay, priorizando aquellas obras que facilitan la integración regional.

Se han recuperado servicios ferroviarios de pasajeros olvidados hace diez años, se rehabilitaron 2.586 kilómetros de vías, los talleres ferroviarios de La Plata y Tafí Viejo. El ferrocarril de carga transportó 20 millones de toneladas de mercaderías. Encaramos la reconversión del Ferrocarril Belgrano Cargas reactivando ramales ociosos, se relanzó el corredor ferroviario Transpatagónico.

Se estabilizó el sistema de transporte público de pasajeros nacional e internacional normalizando la relación con los permisionarios del los servicios.

Se posibilitó la reinserción laboral de personal de empresas aéreas que habían cerrado creando una aerolínea federal de la que propiciamos su privatización.

Con los primeros préstamos del fideicomiso Complejo Industrial Nacional de las Comunicaciones, que coordina esfuerzos públicos y privados para financiar proyectos del sector privado de las comunicaciones evaluados con criterio de eficiencia económica y rentabilidad, se ha combinado espíritu emprendedor, desarrollo de nuevas tecnologías, captación de inversiones y nuevas oportunidades de renta.

En materia de comunicaciones, a la reactivación del sector que recibe órdenes de compra para la fabricación de insumos y productos, se suman compromisos de inversión por 3.100 millones de pesos.

En cuanto a tarifas, se ha diseñado un modelo de equilibrio que no afecta a los consumidores residenciales de luz y gas en ningún incremento.

Vivimos un momento de inflexión en la historia mundial, caracterizado por el fin de la guerra fría y el mundo bipolar que la caracterizaba, el que todavía no ha sido sustituído de forma expresa por ningún otro esquema. Se advierte sí, la preeminencia de una única superpotencia hegemónica.

Han caído los viejos parámetros y no han surgido todavía con claridad los nuevos pilares sobre los que se asentarán las relaciones internacionales del futuro. Caen los viejos esquemas de pensamiento, incapaces de comprender la nueva realidad mundial y las instituciones internacionales se debilitan en función de que no encuentran su nuevo rol.

Los que no deben caer son los intereses nacionales, que en nuestro caso en temas puntuales como el reclamo soberano sobre las Islas Malvinas, integran el conjunto de políticas de Estado que todos debemos defender.

En ese mundo Argentina debe tratar de ocupar con postura propia, sólida, juiciosa y digna, un lugar. Ese lugar estará siempre condicionado por su peso específico, limitado no sólo por el tamaño de nuestra economía sino también en orden a la credibilidad y previsibilidad de sus actos.

Sin embargo, en la medida que consolidemos un modelo nacional de desarrollo sustentable con equidad, en el marco de la democracia y el respeto a los derechos humanos, una digna integración es posible.

Con la certeza de que la paz y el desarrollo pueden reforzarse mutuamente, tratamos de integrarnos al mundo con sustento en relaciones equilibradas, soberanas e independientes tendientes al fortalecimiento de la paz y la seguridad asentadas en el derecho internacional, el multilateralismo, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la defensa de los derechos humanos.

Corregir los problemas de inserción de países en desarrollo en la economía internacional es presupuesto básico para generar consensos y estabilidad. Son esos elementos indispensables para reducir el nivel de conflictividad mundial.

El camino del fortalecimiento del consumo interno de los países en desarrollo y el favorecimiento de una apertura simétrica de los mercados internacionales contribuirá a ese objetivo.

La nueva estrategia de inserción internacional debe basarse en el concepto de la integración productiva, con fuerte interacción de aquellas naciones que poseen complementación comercial mutua.

Por eso debemos reforzar y ampliar el Mercosur. Por eso pensamos que no nos servirá cualquier Acuerdo de Libre Comercio de las Américas. El Acuerdo posible será aquel que reconozca las diversidades y permita los beneficios mutuos. Un acuerdo no puede ser un camino de una sola vía, de prosperidad en una sola dirección. Un acuerdo debe hacerse cargo de las fuertes asimetrías existentes, si no, profundizará la injusticia y ocasionará el quiebre de nuestras economías.

Debemos hacer entender al mundo que la subsistencia de las barreras arancelarias y para-arancelarias y la política de subsidios y el proteccionismo de los países centrales, opone trabas al comercio internacional y obstaculiza el crecimiento de los países en desarrollo.

La herida lacerante que en nuestra Patria provocaron los atentados contra la Embajada y la AMIA ha transformado al esclarecimiento de estos aberrantes crímenes en una cuestión de Estado y nos comprometen a una frontal lucha contra el terrorismo internacional

En sintonía con esto, para profundizar la investigación e impedir encubrimientos, se dispuso la apertura total de los archivos y ordenado la investigación sobre aquellos, posibilitando una activa colaboración con la justicia y las entidades -que lucharon tanto tiempo en soledad- a ya diez años de su criminal concreción.

Lo hecho en estos intensos nueve meses de gestión no cabe en un discurso. La Jefatura de Gabinete y el conjunto de ministros cumplen en la fecha con la presentación, en los términos del inciso 10 del artículo 100 de nuestra Constitución Nacional, de la Memoria Detallada del estado de la Nación en lo relativo al negocio de sus respectivos Departamentos, lo que nos exime de entrar en más detalles en nuestro informe, en honor a la brevedad.

Aquí hemos tratado de abordar los aspectos centrales de la gestión, los grandes rasgos, delinear el rumbo que los hechos marcan como el nuevo rumbo de los argentinos. De la sociedad y de su gobierno.

Seguramente nos han quedado en el tintero muchos hechos destacables, muchas jornadas de intenso trabajo, muchas horas de reflexión, de debate y de lucha. No importa. No debe importarnos ningún pequeño olvido, pues sabemos que marchamos en el rumbo correcto.

Si tuviéramos que definir el estado de la Nación Argentina debiéramos decir: Argentina está haciéndose cargo de sus problemas, trabajando intensamente para salir de ellos y superarlos. El estado de nuestra Patria es la expectativa, es la esperanza, es el compromiso para dar todas las batallas que sean necesarias para salir adelante.

No superaremos nuestros problemas sin un profundo cambio en las conductas. Se trata de mirar y pensar diferente, respetar los derechos y hacerse cargo de las obligaciones, de los deberes. Asumir con nueva lógica la necesidad de superar definitivamente los que hemos identificados como nuestros problemas centrales.

Hay una Argentina residual, destruida por las huellas de lo que nos pasó. La que queremos superar. Y está la Argentina de nuestros sueños, la que queremos construir, la que estamos construyendo.

Ese debe ser el Proyecto Argentino. Hemos puesto al gobierno del lado de la gente, del lado de nuestro pueblo. A nuestro modo, con nuestro estilo, hemos sacado al gobierno de los despachos a la calle, a los barrios a los pueblos y a las ciudades donde nuestra gente vive, trabaja, sufre y lucha.

Para acallar el rumor de los intereses mezquinos, que sólo piensan en su propia ganancia, para no detenerse a contestar a aquellos que diariamente destilan sus odios, sus envidias y hasta sus fracasos, como otros hasta la defensa de sus inconfesables fines, tenemos que aprender a escuchar. Escuchar al pueblo. Esa es una principal virtud democrática.

Yo escucho y seguiré escuchando a los ciudadanos. Dialogando con ellos, sin intermediarios ni exégetas. Me entero de sus necesidades por boca de ellos mismos. Así voy conociendo sus preocupaciones. Trato de resolver y si me equivoco, corrijo.

Sé que no soy el dueño de la verdad, ni tengo la verdad revelada. Pero creo en mi verdad relativa, en lo que son mis verdades y mis convicciones.

Nadie debe creer que esta es sólo mi batalla. Nadie nunca pudo solo. Necesito la ayuda de todos.

Tenemos que dar muchas batallas. Batalla contra el hambre, contra la pobreza, contra la incomprensión. En definitiva la batalla para que nuestra bandera nos cobije de verdad a todos.

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