Señores miembros del Congreso de la Nacion, Pueblo de mi Patria:Venimos a dejar inauguradas las sesiones del Honorable Congreso de la Nación, conforme lo dispone el inciso 8 del artículo 99 de la Constitución de la Nación Argentina.
Nuestra ley fundamental establece ésta como la ocasión en que el Presidente da cuenta ante la Asamblea Legislativa del estado de la Nación.
De eso se trata. Tomar nota del estado en que los asuntos de la Nación se encuentran, repasar lo hasta aquí recorrido y marcar los rumbos que debemos seguir.
Sin hipocrecías, con la mano tendida para recibir los aportes que contribuyan a esclarecer más aún aquella situación, venimos a reflexionar con la finalidad de que se pueda resaltar el punto donde nos encontramos, el orden que los acontecimientos guardan y, en consecuencia el probable rumbo que seguirán los hechos.
Es un aporte que busca que podamos actuar como un conjunto, sabedores todos de cuánto podemos aportar para la prosecución de los grandes objetivos nacionales, en función de lo que ya hemos alcanzado y los logros que nos prometemos obtener.
No resulta ocioso en este momento y en este lugar recordar de donde venimos, para poder valorar la situación, en su exacta dimensión. Despojados de voluntarismos, sin subordinar a las urgencias lo que constituyen las decisiones estratégicas, ni proceder con lentitud en los procesos de modo que las tardanzas provoquen más daño que el sufrido y que estamos superando.
Son los hechos los que con toda contundencia marcan a veces cuánto hemos avanzado, cuánto nos falta por recorrer y otras tantas, cuánto cuesta reconstruir lo que ha sido destruido.
Aclaramos siempre que venimos de la más profunda crisis escalando peldaño a peldaño lo que ha sido y es el calvario de Argentina. Superando con esfuerzo lo que constituyó la peor crisis de nuestra historia.
Hemos dicho adentro y afuera del país que no somos el gobierno del default, que no somos el gobierno de la convertibilidad, que no somos el gobierno del endeudamiento eterno.
Saben todos que no lo decimos para evadir los desafíos, ni para ahondar diferencias.
Tomamos sobre nuestras espaldas, con decisión y convicciones, las responsabilidades que la hora reclama a quienes contamos en este momento histórico con la iniciativa política.
Queremos suturar las terribles heridas que produjeron las políticas erradas aplicadas en el pasado. Queremos superar la frustración en que nuestra crisis nos sumiera.
Soñamos con dejar a quienes nos sucedan, un país mejor, un país donde el próximo gobierno pueda dedicarse a consolidar, no a reconstruir, a crear, no a restaurar, a hacer crecer con dignidad, no sólo a incluir venciendo la pobreza y la indigencia.
Nuestras crisis recurrentes han obstaculizado la permanencia de las políticas correctas, nuestros errores han impedido que se continúe un mismo rumbo.
No queremos volver al pasado. Queremos, con memoria, verdad y justicia, construir las bases de un sólido futuro.
En el centro de la construcción de aquel futuro está la recuperación de la dignidad nacional, la revalorización de la autoestima del pueblo argentino y la superación de la crítica vacía, el mal augurio constante.
Queremos dejar atrás el tiempo de la profecía siempre autocumplida, apostando siempre al fracaso de los demás y anunciando que todo va a salir mal.
El descrédito no se ha limitado al papel de las instituciones, ha calado mucho más hondo en el corazón de cada uno respecto de cada uno de los otros.
Los argentinos tenemos que revalorizar el valor de la solidaridad, reaprender la actuación conjunta, revalorizar lo colectivo sin ahogar las capacidades individuales que le aportan armonía por su diversidad y pluralidad.
Tenemos que recrear los valores nacionales tras nuevos paradigmas que permitan que nuestra bandera se extienda protectora sobre cada uno de los argentinos.
Después de la larga noche, después de ver de cerca los riesgos de la autodestrucción, después de haber sufrido los que nos tocó vivir, debemos mantener rumbo constante en el sentido que nos viene mostrando lo mucho que podemos hacer, las enormes posibilidades que ofrece nuestra rápida recuperación.
Aspiramos en este tiempo en que nos tocan las más grandes responsabilidades, a crear las condiciones políticas en las que se elija en función de las mejores cualidades mostradas por cada uno y no por la capacidad de criticar las acciones de los demás.
Pensar y actuar en positivo es lo que permitirá ir corrigiendo errores, perfeccionar sistemas e instituciones y dar continuidad a esquemas de probada eficacia.
Recuperar, reconstruir, reparar, es una parte de la tarea que el conjunto debe asumir. No se trata de hacerlo desde ningún lugar nostálgico, evocativo o de regreso al pasado.
Recuperar la escuela pública, reconstruir un sistema de salud pública, reparar con promoción y desarrollo social el daño provocado por la exclusión, volver a poner en pie a la industria nacional, revalorizar lo argentino, son parte de los necesarios cambios que debemos realizar para que la República Argentina construya su futuro mejor.
Recuperar, reconstruir, reparar, actuar, debe concretarse en una acción diaria y constante, con sentido de cambio.
Cambio responsable, calidad institucional, apego a la Constitución y a la ley, fuerte lucha contra la impunidad y la corrupción, políticas activas para combatir el desempleo, la pobreza y la exclusión, han sido y son parte de nuestros sueños.
No estamos dispuestos a dejar, en nombre de un pretendido pragmatismo, nuestros sueños, nuestros ideales y nuestras convicciones de lado.
Como sabemos que esos sueños no se concretarán mágicamente, estamos dispuestos dejar lo mejor de nosotros para hacerlos realidad.
Sabemos que no será fácil, porque se tocan importantes intereses. No tememos. No nos detendremos.
Sabemos que los que más impaciencia muestran son precisamente los grandes responsables de nuestra decadencia.
Los mismos que desguazaron el estado en función de sus intereses y negocios, los que se favorecieron con la pérdida y el retroceso del poder público, los mismos que se enriquecieron favorecidos por la permisividad interesada de otros tiempos, se quejan hoy por la ausencia de Estado, intentando nuevamente llevar agua para su molino a costa de los demás.
El pueblo argentino tiene memoria y sabe que los mismos que contribuyeron a generar gigantescos negocios a costa del erario público, o los que sólo supieron criticar pero fueron incapaces de resolver ni el más mínimo problema, no pueden ser los que reconstruyan el país.
Este tiempo de la historia continental y mundial está signado por el cambio a favor de los pueblos, y el pueblo argentinos es el principal protagonista de los cambios que estamos produciendo.
La resistencia a esos cambios quiere presentarnos cada problema de los existentes como producto de errores del gobierno, tratando de escudar detrás de los que se impacientan sus intenciones de preservación de sus intereses contrarios al conjunto.
Así, son funcionales unos a otros. Los partidarios del pasado y los que supuestamente quieren cambiar instantánea y mágicamente todo, se ayudan para intentar impedir cada mejora real y concreta.
Con el recuerdo de lo que nos tocó sufrir, con memoria de las responsabilidades que a cada uno le corresponden, los argentinos debemos profundizar los cambios, consolidar el crecimiento y ser optimistas respecto de nuestro futuro.
Tenemos la oportunidad y no debemos desperdiciarla. Tenemos que inaugurar una nueva época sobre la base de una política económica que asegure el crecimiento sustentable, con producción y empleo, con equilibrio fiscal, priorizando el consumo interno, la inversión, la creación de trabajo y la integración al mundo a través de la multiplicación de nuestra capacidad exportadora.
Una Argentina revitalizada por la mejora de su infraestructura con obras públicas que mejoren la calidad de vida de millones de compatriotas con mejor educación y más salud.
Tenemos que dar los pasos que nos permitan dejar atrás un país del que se adueñaron los intereses y proliferaran los genocidas, ladrones y corruptos, para ser una Nación que, sobre la base de un proyecto nacional reinstale la movilidad ascendente de modo que los hijos puedan aspirar a vivir mejor que sus padres.
Esto tiene que acompañar al cambio de los paradigmas. Los argentinos debemos poner las cosas en su lugar.
Basta de premiar al vivo, demos su lugar al inteligente. Basta de premiar la riqueza a cualquier costo, premiemos a los honestos. Basta de justificar las avivadas, premiemos al más trabajador.
Si no cambiamos en esto nos expondremos a tropezar siempre con las mismas piedras.
Tenemos que reinstalar en el centro de nuestra ética los valores de la solidaridad y asumir las responsabilidades individuales para que cada uno cumpla como debe sus obligaciones.
En medio de los viejos problemas, pero sin temores y buscando soluciones; enfrentando los que constituyen los nuevos desafíos y caminando en el buen sentido, los argentinos vivimos una etapa que debemos aprovechar para consolidar un nuevo tiempo y podemos ser racionalmente optimistas respecto de nuestro futuro.
En este marco histórico y social y con esta conceptualización política, es que abordamos lo que sin lugar a dudas es, en esta etapa histórica, el punto nodal de la cuestión argentina.
Hemos culminado, en estos días, el proceso de canje de nuestra deuda en cesación de pagos. La mayoría de los bonistas de la Argentina y de todo el mundo han presentado al canje sus bonos.
De esta manera, con gran esfuerzo, nuestro país ha dejado atrás el default, debiendo hoy considerarse íntegramente reestructurada la deuda argentina.
Por su complejidad en cuanto a número de títulos, monedas y jurisdicciones involucradas. Por su monto. Por las particularidades de la situación mundial que determinaron la ausencia de ayuda crediticia. Por haberse realizado en el marco de una reducción neta de deuda con los organismos multilaterales de crédito internacional, el proceso ha resultado único y excepcional.
Por vez primera en la historia argentina un proceso de reestructuración de deuda ha culminado con una drástica disminución del endeudamiento del país.
La República Argentina, con las excepcionales características que hemos señalado, ha podido concretar exitosamente el más gigantesco canje de deuda en cesación de pagos de la historia mundial y lo ha hecho en el marco de la concreción de la quita más grande de la historia.
En lo local, se trata de la primera vez que un proceso de reestructuración de deuda ha tenido activa participación del Parlamento, en observancia de las distintas competencias que cada uno de los poderes tiene en materia de empréstito público.
La República Argentina ha comprometido en ese proceso esfuerzos compatibles con nuestro crecimiento y priorizado las necesidades internas de modo que se trate de un esfuerzo sustentable.
Por primera vez podrá decirse que no se pagará deuda sobre el hambre y la sed del pueblo argentino.
El día jueves de esta semana informaremos al país los números exactos, en función de operaciones de última hora todavía en curso de procesamiento. Pero vale la pena destacar que una vez más, afortunadamente, economistas y gurúes vernáculos fallaron en sus pronósticos y políticos con vocación de oráculos y pitonisas se equivocaron en sus profecías, también una vez más.
A veces pienso que uno no puede equivocarse tantas veces y hacerlo siempre de buena fe.
Intuyo que algunos, que nunca han logrado construir un éxito propio sólo se reconocen a sí mismo en el fracaso del otro, aunque ese otro sea el pueblo argentino y no como ellos creen el fracaso del gobierno de turno.
La concreción de este logro, lejos de culminar con los problemas heredados, nos pone en ocasión de asumir con la misma firmeza nuevos desafíos.
En otro orden, en estos meses entramos en la última etapa de la renegociación de los contratos de servicios públicos. Sabemos que será una etapa de dura negociación en la que también este Honorable Congreso tendrá la palabra y es importante dejar explícitamente aclarados algunos puntos.
Tenemos absolutamente en claro que se trata de la más importante discusión de intereses pendiente.
En esa discusión se decidirá, ni más ni menos, la calidad de los servicios que recibamos y las inversiones que los empresarios están dispuestos a realizar para garantizar la mejor prestación de aquellos.
El gobierno ha tomado a su cargo con responsabilidad la defensa del interés de los ciudadanos argentinos, de los usuarios de los servicios públicos y del pueblo.
El gobierno, en nombre de los ciudadanos argentinos, de los usuarios de los servicios públicos y del pueblo, exigirá contratos que aseguren la prestación del mejor servicio posible y para ello buscará comprometer las mayores inversiones de parte de quienes buscan su ganancia explotando esos servicios.
Tenemos plena conciencia que en esa discusión de intereses económicos y del modo que la resolvamos se perfilará la Argentina que sustituirá a la Argentina del saqueo, del negociado, la expoliación, el aprovechamiento de las ventajas que dan las posiciones dominantes y la ganancia fácil, garantizada a costa de los que menos tienen.
Se trata de una disputa desigual. Sabemos los formidables intereses, concretos y puntuales que están en juego.
Vaya por caso un ejemplo, una rápida aproximación al problema. De los 7.800 millones que los medios de comunicación, es decir la prensa oral, escrita o televisada, facturaron el año pasado en concepto de publicidad en nuestro país, la publicidad oficial apenas supera los 100 millones y el conjunto de las empresas que son su contraparte en esta negociación gastaron directa o indirectamente casi 1.200 millones.
Esto explica muchas cosas. Sólo se trata de saber leer.