Pido la palabra

Un informe elaborado por Parlamentario revela que 113 diputados no hablaron en el recinto durante todo 2005. Luis Zamora fue el que más se extendió.

“Pido la palabra”. Esta fue la única frase que la diputada justicialista Griselda Herrera pronunció durante el período ordinario de 2005 en el recinto de la Cámara baja. Y de hecho, su participación fue mayor que la de otros 113 legisladores, que ni siquiera la solicitaron. Es decir que el 43,96 por ciento no habló en 2005.

A Herrera se le negó el pedido, con lo cual la legisladora se quedó con las ganas de participar activamente del debate. El tema es que no volvió a pedir la palabra en el resto del año, así que su participación quedó reducida a esa mínima expresión. Otros tuvieron mayor suerte, como el ex diputado de Autodeterminación y Libertad Luis Zamora, quien -pese a su baja productividad en otras áreas- en el recinto fue el más destacado a nivel oral. Su tendencia a extenderse en los discursos lo llevó al tope de un ranking elaborado por Parlamentario que midió la participación de cada uno de los diputados nacionales de acuerdo con las transcripciones taquigráficas, contando los caracteres de cada intervención. Así, durante 2005 Zamora pronunció en el recinto un total de 213.605 caracteres, a considerable distancia del resto. Aunque convengamos que no pasó oportunidad sin que se extendiera antirreglamentariamente por sobre el tiempo asignado a cada intervención.

En el segundo puesto aparece Eduardo Camaño, quien desde el sitial de la presidencia de la Cámara baja habló lo suficiente, extendiéndose más allá del simple “tiene la palabra”.

Bla, bla, bla

El año pasado fue raro en todo sentido. Las elecciones legislativas y las disputas internas en el bloque oficialista hicieron que sólo hubiera trece sesiones durante el período ordinario.

El debate en el recinto es la última instancia en que se analiza una ley, antes de su aprobación definitiva o su rechazo. Supuestamente es allí donde los legisladores deben dejar constancia de su posición frente a un determinado tema, y donde se pueden introducir las últimas modificaciones para mejorarla y superarla. Cabe aclarar que antes de esto los temas se discuten extensamente en las comisiones que los analizan.

Según un trabajo elaborado por Parlamentario, de los 257 diputados que integran la Cámara baja, poco más de la mitad -144, o sea el 56,03%- hizo uso de la palabra durante 2005. El resto -113- permaneció en un eterno silencio sin fijar posición sobre tema alguno.

Como decíamos, el informe fue elaborado extrayendo las versiones taquigráficas de cada una de las sesiones e individualizando las intervenciones de cada legislador. Imposible de medir por tiempo, una vez realizada esta separación se contaron los “caracteres” que cada uno de ellos pronunció: es decir, la cantidad de letras que los diputados utilizaron al hablar.

En total, en todo el año se pronunciaron 2.642.030 caracteres. De ese complejo filtrado surge que nada menos que el 8,08% de lo expresado a lo largo del período ordinario el año pasado correspondió a intervenciones del líder de Autodeterminación y Libertad, mientras que el ex presidente de la Cámara baja habló el 7%. Lejos de ambos aparece otra representante de la izquierda, Patricia Walsh, quien pronunció el 3,4% de los discursos, mientras la arista María América González suscribió un 2,65% de las intervenciones mensuradas. Luego siguen con porcentajes similares Carlos Alberto Tinnirello, Carlos Snopek y Héctor Polino.

Este análisis permite sacar múltiples conclusiones. Por ejemplo, resulta llamativo que en general los que más hablaron -salvo Camaño y Snopek, que poseen cargos importantes dentro del Cuerpo- son legisladores de izquierda, prueba evidente de la verborragia de ese sector del arco político. Aunque también es así por cuanto los representantes de bancadas más reducidas tienen mayores posibilidades de hacer uso de la palabra que, por ejemplo, aquellos que representan uno entre cien. Lo cual, de todos modos, no implica que necesariamente deban quedarse mudos…

Entre los que menos hablaron -pero que en definitiva sí lo hicieron- se encuentran Griselda Herrera (16 caracteres en demanda de una palabra que no le concedieron), el duhaldista Juan Carlos Correa (181, haciendo una aclaración del reglamento) y la arista Susana García (289).

También resulta llamativo el caso de las autoridades del Cuerpo. Eduardo Camaño no sólo dirigió las sesiones, sino que además se trenzó muchas veces en discusiones con sus pares, ya fuera sobre la interpretación del reglamento o respecto a los tópicos que se discutían en cada ocasión. Eso lo llevó a ocupar el podio entre los más verborrágicos. Sin embargo, los casos de Eduardo Arnold y Rafael Cambareri -vicepresidentes 1° y 2° respectivamente- que reemplazaron sucesivamente al dirigente duhaldista en la presidencia de la Cámara, sólo hablaron para conceder la palabra. Arnold pronunció 9.993 caracteres y Cambareri apenas 557.

En boca cerrada…

Un dato llamativo es que muchas figuras conocidas que integraban la Cámara hasta el año pasado no hablaron durante 2005. Entre ellas las más importantes son el actual presidente del Comité Radical, Roberto Iglesias -¿prueba de su marginación en el bloque?-, Irma Roy, el ex futbolista Antonio Rattín, el ex jefe de la Side Oscar Rodríguez o el ex ministro de Obras Públicas bonaerense Hugo Toledo, conocido alguien al que le gusta mucho hablar.

También fue notoria la ausencia de José Roselli, la ex gobernadora de San Luis Alicia Lemme, Cristián Ritondo, Fernando Montoya, Jesús Mínguez, Víctor Zimmermann y Hugo Franco. Por su parte, Encarnación Lozano -vicepresidenta 3° del Cuerpo- nunca pidió la palabra y ni siquiera tuvo oportunidad de ejercer la presidencia de la Cámara.

No obstante esto es importante aclarar que la participación en el debate no determina la cantidad o calidad del trabajo legislativo. De hecho, antes que un tema ingrese al recinto -cuando se decide introducirlo en la reunión de labor parlamentaria- también se estipula quiénes serán los que darán el discurso defendiendo o atacando al proyecto en cuestión.

Allí se establece que al principio un miembro informante -en general el autor del proyecto o el presidente de la comisión respectiva- defienda la iniciativa. Y luego un miembro de cada bloque -en general el especialista en el tema- expone el punto de vista de su bancada. Esto explica porqué legisladores como Snopek, Jorge Argüello o Juan Manuel Urtubey hablan mucho, dada la importancia de las comisiones que encabezan. También Olinda Montenegro o Marta Maffei -que expusieron la postura de sus bloques en el debate por la educación técnica- o Luis Molinari Romero y Jorge Vanossi, que intervinieron pocas veces, pero con largos discursos.

Al finalizar el debate el jefe de bloque esboza las conclusiones. Entre los jefes de bloque, José María Díaz Bancalari (titular del justicialismo durante la mayoría de las sesiones) pronunció 27.305 caracteres; Horacio Pernasetti 29.274; Eduardo Macaluse 37.632 y Jorge Rivas 26.065, por mencionar a algunos de los bloques que más integrantes poseen.

En el medio, algunos piden la palabra cuando su posición difiere de la del resto de sus compañeros de bancada. Pero en general existe una tendencia a evitar que muchos se expidan sobre cada tema: caso contrario las sesiones serían verdaderamente interminables. Así, quienes otrora poseyeron cargos importantes o fueron figuras políticas destacadas, hoy sólo opinan en los homenajes o para hacer alguna disquisición técnica. Humberto Roggero, Saúl Ubaldini, Mario Negri, Leopoldo Moreau, Jorge Villaverde y Oscar Lamberto fueron algunos ejemplos de esto. Los dos primeros, por ejemplo, sólo hablaron una vez en el homenaje a Juan Pablo II con motivo de su deceso.

También el reglamento de la Cámara permite que los discursos no se pronuncien -para ahorrar tiempo- pero los contenidos del mismo sean ingresados en las versiones taquigráficas. En ese caso, no fueron contabilizados en el informe de Parlamentario.

A buen entendedor…

Los Premios Parlamentario -en que los conocedores de la actividad del Congreso votan a los legisladores más laboriosos-, o contar cuántos proyectos presentó cada uno son otras formas -cualitativas y cuantitativas- de medir la actividad de un legislador. El mecanismo ahora expuesto incorpora otra forma de análisis. Claro que ninguna de ellas es definitiva ni totalizadora de la actividad de un diputado o senador. Y esto debe remarcarse con énfasis.

En este caso, un legislador puede querer callarse durante la sesión, pero tal vez realizó un profundo trabajo en comisiones o se despachó verbalmente en las reuniones de bloque.

Sin embargo, la aquí expuesta es una herramienta más que permite evaluar cuánto y cómo trabaja cada uno de los que integran el Congreso.

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