A 30 años del golpe

Por Patricia Vaca Narvaja, diputada por el Frente para la Victoria

¿Cómo pensar el 24 de Marzo sin fatigar lo ya dicho y los caminos trillados, sin recurrir al refugio del lugar común?

30 años constituyen una cifra elocuentemente redonda para reflexionar sobre la violencia que la fecha denota en la historia contemporánea de la Argentina. Violencia sistemática y deliberadamente planificada desde todos los organismos del Estado y sus aparatos ideológicos.

La Maquinaria criminal montada por la Dictadura Militar y sus personeros civiles clausuraron una experiencia tumultuosa, caótica pero constitucional y democrática, una época en definitiva preñada de compromiso y voluntad de cambio.

Fue el momento de la "juventud maravillosa" y de la irrupción de una generación contestataria y critica que se convertiría en la irreverente protagonista del retorno de Perón y del triunfo electoral del 11 de Marzo. Parecía que había llegado la hora de los pueblos, la voluntad mayoritaria expresada en el programa del FREJULI despertaba las esperanzas de amplios sectores de la sociedad, el Peronismo volvía al poder.

El 24 de Marzo de 1976, sin embargo, se derrocó un gobierno débil y claudicante, pero sobre todas las cosas se intentó truncar de raíz la tentativa de construir una sociedad más justa; parafraseando la demoledora "catilinaria" de Rodolfo Walsh a la junta Militar: lo que ellos liquidaron, no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez de Perón, sino la posibilidad de un proceso democrático cuyo termino ya estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses mas tarde donde el Pueblo pudiese remediar males que ellos continuaron y agravaron.

No fue una interrupción más del orden constitucional y si bien se inscribió en nuestra larga tradición de pronunciamientos y chirinadas militares, su excepcionalidad radicó en el intento de cambiar definitivamente la matriz económica, social y política de la Argentina en beneficio de intereses minoritarios y antinacionales. Fue la culminación de la aventura golpista, su perfeccionamiento, desde el 30 hasta el 76. El proceso militar se constituyó en una sofisticada condensación de todos sus precursores

La reacción oligárquica se sintió portadora de una misión restauradora de la vieja Argentina y para ello apeló a todas las herramientas posibles: Desnacionalización de la economía, destrucción del tejido social y una represión política, ideológica y cultural, de características brutales e inéditas; como denunciara Walsh "lo que ellos llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades".

Luego de sucesivos ensayos el golpe inauguró el escenario de la mayor tragedia nacional, dejando como secuelas miles de desaparecidos, exiliados y proscriptos, toda una generación fue diezmada para plasmar un calculado proyecto de exterminio. Sin embargo sus ejecutores no fueron demonios ni monstruos, eran hombres como nosotros que llevaron a cabo un plan político racional y elaborado.

Se suele decir con ligereza que lo que hicieron aquellos militares es del orden de lo impensable o lo inabordable, se olvida un punto central: que lo pensaron y lo abordaron con el mayor de los cuidados y la más grande de las determinaciones. Demonizar la barbarie equivale a poner en práctica un procedimiento solapado de absolución.

El año 1976 fue un punto de inflexión significativo no solo por el inicio de la dictadura más cruel y violenta, sino fundamentalmente por el comienzo de un proceso de reconversión económica y social que era en parte un eco de la crisis mundial desatada en 1973. Este proceso avanzaría de manera irreversible, aunque no linealmente, recorriendo dictaduras y democracias, transformando la sociedad argentina para alcanzar su clímax en la década del 90.

Después de 23 años de transición democrática, el pasado aun no fue saldado, todavía los fantasma del terrorismo de estado siguen estremeciéndonos.

.Por esto nuestro gobierno bajo el firme liderazgo político del Presidente Kirchner se ha propuesto recuperar los fundamentos éticos de las instituciones erigiendo los derechos humanos en políticas de Estado. La anulación de las leyes que garantizaban la impunidad de los imputados por delitos de lesa humanidad, y la reivindicación política de las victimas están en el sentido del mismo derrotero. Nunca más a la prepotencia intolerante de las minorías.

Una generación desaparecida nos reclama verdad y justicia, no para recuperar el pasado con espíritu vengativo ni para revolver viejas heridas, sino como afirmación del presente y apuesta al futuro. Solo la memoria y la reparación restituirán nuestra historia y saldaran viejos agravios.

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