Por Esteban Bullrich
Declaró el jefe de Gabinete que "nada cambia" con el proyecto de eternizar los superpoderes presupuestarios de su figura. Y es cierto, nada cambia. La Argentina sigue en una crisis institucional grave, en la que no existe el respeto por las leyes y las normas. El que está en el poder quiere acumular más poder, olvidando que cada porción de poder que suma se la quita a los ciudadanos que debería representar, y que, en una democracia, son los verdaderos dueños del poder.
Parece que olvidamos lo que nos pasó. Que las lecciones que nos deja la historia se ignoran o desconocen. Lecciones que, sin embargo, se rememoran con emoción contenida en cada discurso, en cada perorata. El saludo de Balbín a Perón es un buen ejemplo. Qué altura, qué grandeza humana se dice del gesto del líder radical. Pero pocos entienden la lección de ese gesto y de los de Perón en su tercera presidencia. La enseñanza es que no nos tomemos 25 años para reconocer a un “amigo” en el adversario. No nos tomemos 18 años de exilio para saber que “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino". No esperemos a que muera nuestro opositor para mostrarle respeto. Eso quisieron enseñar Perón y Balbín, tarde quizás, pero lo hicieron.
Sin embargo, los últimos 23 años de democracia nos demuestran que estamos sordos y ciegos a esa clase magistral. Hemos pasado de radicales y peronistas, a menemistas y anti-menemistas, luego, aliancistas-delarruistas y anti-delarruistas y terminamos en kirchenristas y anti-kirchneristas. Un largo concurso de baile donde las parejas se intercambian y las camisetas también, todo con fluidez y al ritmo caliente de un bombo que siempre golpea Tula.
Los que hoy están a favor, mañana están en contra y pasado, quién sabe. Mientras tanto el país tiene a uno de cada tres ciudadanos en la pobreza, a 1 de cada seis en la indigencia y a 7 de cada 10 jóvenes de 15 años sin poder leer y comprender textos extensos. Y Perón y Balbín, nos miran con tristeza y frustración.
Como un novel diputado, me atrevo a decirle al Jefe de Gabinete que recuerde que la historia demuestra que, tarde o temprano, las cosas cambian. Que aquellos que en la soberbia del poder violan la ley, tarde o temprano, pagan por esa misma ley. Pero además, que cuando los que están en el poder abusan de ese poder, el país entra en un círculo vicioso que termina con una grave crisis institucional e inclusive con derramamiento de sangre. Entonces, por qué no elegir otro camino, uno que esté signado por el debate de ideas y el consenso de proyectos y visiones. Por qué no usar el Congreso para alojar ese debate y esa búsqueda de consensos, en lugar de buscar reducir su figura y su función con este proyecto poco feliz.
A los senadores y diputados que votarán para “acompañar el proyecto del presidente Kirchner”, entiendan que la figura puede llegar a compararse –dentro de algunos años, cuando estén en la oposición– a la figura de la obediencia debida. No alcanzará, igual que hace 20 años, con votar “tapándose la nariz”. Si la Corte juzgó inconstitucional la obediencia debida en las fuerzas armadas, el mismo argumento no podrá ser usado, con más razón en la sociedad civil, como excusa para justificar el voto de esta aberración.
Aprendamos de la historia. Entendamos que cuando algún grupo quiere imponer sus ideas a la fuerza, contra la Constitución y las leyes, el país pierde, siempre. Es verdad, nada cambia en la Argentina hace 50 años. Pero ya es hora de que las cosas empiecen a cambiar.