La ciudad y el país

Por Hugo Martini

Es curioso cómo funciona la política en la Argentina. La mayor parte de los dirigentes, los analistas y los periodistas aseguraban hace sólo 60 días que Mauricio Macri ganaría en la primera vuelta para Jefe de Gobierno pero perdería, irremediablemente, en la segunda. El que pensaba lo contrario no entendía de política. Esas mismas personas son las que ahora, frente a la posibilidad de su victoria el domingo 24 de junio, declaran que es incomprensible que no tome posición frente a la elección presidencial de octubre.

O sea, de alguna manera, que empiece a jugar afuera de la ciudad que todavía no conquistó ni gobierna.

Es formidable el desconocimiento de lo que significa el valor de gobernar un territorio. Pareciera que es mucho más apasionante vivir elaborando sofisticados argumentos teóricos para demostrar que tenemos razón. La izquierda y la derecha contemporánea padecen, por lo menos en la Argentina, de esa pasión estética: no alcanzan nunca el objetivo pero pueden explicarlo mejor que nadie.

Mientras tanto gobierna Kirchner que, obviamente, no pertenece a la izquierda o la derecha. Pertenece a otra raza de personajes políticos cuyo objetivo es conquistar y conservar el poder todo el tiempo que puedan. ¿Para qué? Para conservar el poder y nadie debería buscarle una segunda intención.

El Presidente lleva ventaja porque entiende, como nadie, la idea de la apropiación territorial: cuatro años Intendente de Río Gallegos, doce Gobernador de Santa Cruz, cuatro como Presidente. No necesita explicar el objetivo de alcanzar y mantener el poder, vive en él. Todos los que lo rodean saben que cantan y bailan en la misma ronda, o son despedidos. La izquierda y la derecha, bien gracias.

La construcción de un espacio opositor en la Argentina necesita de dirigentes que entiendan que los que tienen que cambiar son ellos, no la realidad. Dirigentes que acepten –honestamente- que en sus peleas aldeanas gana el gobierno, que el enemigo no es el que está enfrente sino los problemas que afectan a la gente.

Toda la victoria de Macri en Buenos Aires está sostenida en ideas muy simples:

1. Para construir algo hay que tener un pedazo de tierra.

2. El Presidente no es el enemigo principal –ni durante ni después de la campaña- para dirigir la ciudad.

3. La gente está harta de las peleas y las “roscas” entre los dirigentes.

4. “Por cada agresión una propuesta” es una expresión tan esquemática que vuelve loco al espíritu refinado de los intelectuales. Porque la vida no puede ser tan simple.

La contribución más importante de Mauricio Macri a la construcción de un espacio opositor en octubre no es que se defina por uno u otro de los futuros candidatos presidenciales. El aporte más importante sería que los candidatos se pregunten por qué Macri ganó en Buenos Aires.

El gobierno lee que es la victoria de la “derecha conservadora neoliberal”. ¿Cuál es la lectura de la oposición?

La Argentina esta necesitando un nuevo sistema de partidos después de la fenomenal crisis que llegó a la superficie en diciembre de 2001. Este esfuerzo debe corporizarse en dirigentes que empiecen a mirar la realidad con otros ojos y no repitan, ciegos, a los personajes imprudentes y supuestamente hábiles y cultos que, por acción u omisión, trajeron a Kirchner.

Pregunta: ¿esos dirigentes son los que están o los que están llegando? Es probable que el futuro se parezca a los que en 1976 no tenían quince años.

Siempre hay excepciones.

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