¿Hegemónico o débil?

Pese a que muchos lo tildan de omnipotente, Kirchner sabe de sus flaquezas. La situación en las provincias y las dificultades en el Congreso.

Por Pablo Winokur

Desde que Néstor Kirchner asumió la presidencia de la Nación muchas veces se lo acusó de ser un mandatario hegemónico. Se dijo que quería quedarse 8, 16, 20 años, que es el Presidente más poderoso de la historia, que ninguno concentró más recursos políticos y económicos que él y su gobierno.

Quienes piensan de esta manera no están equivocados: hay datos objetivos irrefutables que demuestran que este gobierno acumuló, de 2003 para acá, diversos elementos para concentrar el poder: decretos de necesidad y urgencia, facultades delegadas del Congreso, superpoderes varios, reformas judiciales favorables, son algunos recursos institucionales. La falta de sanción de una ley de Coparticipación, quedarse con impuestos clave -como las retenciones- y no repartirlos, la ausencia de una reforma impositiva -lo cual le permite al Gobierno nacional tener más “caja”-, superávit fiscal sin controles y fideicomisos, entre otros, son recursos económicos que le permiten a este Gobierno mantener bajo control a opositores, empresarios y sindicatos. Es decir, los recursos económicos traen recursos políticos.

Hasta aquí los datos que están por encima de la mesa. Pero en política no todo es lo que parece.

Grita, grita que algo quedará

Un padre que golpea a sus hijos, diría un psicólogo, no lo hace por fortaleza sino por debilidad. Un maestro que se la pasa gritando en sus clases no lo hace sino por falta de carácter.

Desde que Néstor Kirchner asumió en la Presidencia supo que uno de sus peores potenciales enemigos era el cacerolazo, que ya había derribado al menos a dos presidentes. Cacerolazos que eran aprovechados por algunos dirigentes.

A partir de esta premisa construyó su poder. Kirchner asumió -como Arturo Illia- con el 22% de los votos y que no pudo entonces legitimar su poder en las urnas. En 2005, en la primera elección nacional, en que se puso a prueba ganó aunque por poco margen.
Pero veamos qué sucederá de cara a este año electoral con este supuesto presidente hegemónico. Antes que nada un antecedente: el año pasado, en el mes de octubre, el gobernador de Misiones, Carlos Rovira, intentó reformar la Constitución local para avalar con la reelección indefinida. Néstor Kirchner decidió apostar fuertemente a ese proyecto y envió a sus ministros a hacer campaña. Pero el pueblo misionero dijo “no” y en las urnas el plan reeleccionista perdió con el 56% de los votos. Esta derrota obligó a Kirchner a ordenar un retroceso en Jujuy y la provincia de Buenos Aires donde también había ideas de reelección.

Este año el panorama tampoco se presenta alentador. Kirchner perdió en Capital Federal a manos de Mauricio Macri. Apostó fuerte a un candidato poniéndose casi como jefe de campaña, pero no logró convencer a la ciudadanía porteña. Mientras Filmus perdía en primera vuelta, Jorge Sapag, del Movimiento Popular Neuquino, se imponía frente al candidato oficialista, el radical K Horacio Quiroga. En la segunda vuelta porteña, mientras Filmus perdía con Macri, la candidata del ARI Fabiana Ríos le ganaba al oficialismo en Tierra del Fuego. Es decir que en junio el Presidente perdió tres veces por izquierda y por derecha.

Antes de eso, el gobierno se pudo arrogar algunas victorias. Ganó en Entre Ríos con el candidato impuesto por el gobernador Jorge Busti, Sergio Urribarri. Y ganó en Catamarca y Río Negro a través de la reelección de los gobernadores radicales Eduardo Brizuela del Moral y Miguel Saiz. La pregunta que queda picando es si ellos necesitaron de Kirchner para ganar o si Kirchner necesitó de ellos para presentar una victoria. El caso de Río Negro es sugestivo: el otro candidato era el hombre fuerte del presidente en el Senado, Miguel Angel Pichetto, con lo cual Kirchner iba a una victoria segura.

Alianzas circunstanciales

El resto del año también se presenta difícil para el Presidente. Santa Fe se plantea como una derrota casi segura. En las internas abiertas, en que el oficialismo llevaba dos candidatos, ganó por muy pocos votos sobre el socialista Hermes Binner, lo que prácticamente garantiza una victoria de este último en los comicios del 2 de septiembre.

En otro distrito grande (Córdoba), Kirchner no tiene candidato a gobernador propio. José Manuel de la Sota, hombre fuerte de esa provincia, es apenas un aliado circunstancial y Kirchner apenas pudo poner un candidato a vice, el ex basquetbolista Héctor “Pichi” Campana. Podrá montarse en ese triunfo -o incluso en el de Luis Juez, si éste terminara ganando- pero en el fondo todos saben que no se trata de una victoria propia.

De los cuatro distritos grandes sólo queda la provincia de Buenos Aires. Allí también se vio en problemas y obligado a alianzas para no sufrir una derrota. Tuvo que mudar a su vicepresidente, Daniel Scioli -con quien había tenido serios conflictos al principio de su mandato- para que el ex motonauta compita por el distrito más importante del país. Esto tiene tres importantes riesgos: aún la Justicia no determinó si él puede competir (dado que tiene domicilio en Capital Federal) y -en caso de que a Scioli le vaya bien- puede estar creando una potencial competencia interna de cara al 2011; Scioli hoy es aliado, pero no deja de ser una amenaza. El tercer riesgo ya se hizo realidad: muchos dentro del Gobierno dicen que el hoy candidato bonaerense podría haber derrotado a Mauricio Macri en las elecciones porteñas. Kirchner ganará un distrito pero perdió en otro.

No sólo en los distritos grandes hay problemas. La Rioja tuvo su crisis institucional también a principios de este año. El vicegobernador Luis Beder Herrera encabezó un juicio político contra el entonces gobernador Angel Maza, aliado al gobierno. Kirchner intentó solapadamente impedir el proceso, pero no lo logró: la Legislatura destituyó a Maza y convocó a elecciones. El Gobierno -enojado con Beder Herrera por contradecir su orden- trató de repatriar a Jorge Yoma, embajador en México, exiliado luego que Kirchner pactara con su enemigo político Angel Maza. Pero Yoma se excusó y adujo motivos personales y el kirchnerismo se vio obligado a pactar con Beder Herrera, quien deberá competir contra Carlos Saúl Menem.

También en Salta tendrá problemas. El gobernador Juan Carlos Romero ya puso a su candidato, Walter Wayar. Romero es un justicialista opositor al kirchnerismo, por lo que el Gobierno puso a su propio candidato, Juan Manuel Urtubey, quien irá en alianza con un sector del Partido Renovador de Salta. No obstante, hasta los más optimistas dicen que no se le podrá ganar a Romero en su distrito.

Y, por último, y no menos importante, en Santa Cruz también hay problemas. El desgaste sufrido por tres gobernadores en menos de cuatro años y una crisis política sin precedentes en la provincia dejan al oficialismo en una mala posición. Ya el Gobierno habría bajado la posibilidad de que la hermana del Presidente, Alicia Kirchner, compita en ese territorio. En su lugar iría el actual gobernador, Daniel Peralta. Por parte del radicalismo estaría casi definida la candidatura del actual senador nacional, Alfredo Martínez (resta una interna que ganaría sin problemas) y los boinas blancas están muy esperanzados. Saben que el desgaste del Gobierno es grande y creen que las figuras del propio Martínez y del intendente de Río Gallegos, Héctor Roquel, traccionarían muy fuerte. No obstante, reconocen que no será fácil.

¿Y en el Congreso?

El Congreso tampoco es un territorio del todo amigable para el kirchnerismo. Si bien cada vez que lo intentó impuso su punto de vista, existen varias fisuras internas. Tanto los bloques de Diputados como del Senado manifiestan la existencia de problemas internos, en especial por su conducción.

En el caso de Agustín Rossi todavía los más experimentados le echan en cara su falta de solidez parlamentaria: no confían en él como conductor. En la Cámara alta, si bien Miguel Angel Pichetto es un conocedor de la jerga parlamentaria -y ha demostrado sus reflejos en múltiples ocasiones- no goza de la simpatía de sus colegas de bancada. ¿Habrá que ver si esto afecta en algún momento el trabajo en el recinto?

Ya en la práctica hubo algunos problemas. Tal vez el más importante se dio con el tratamiento de la ley de corresponsabilidad gremial para los trabajadores rurales, que tuvo una férrea resistencia en el Senado. Tras varios meses de intentos de sanción, el Gobierno se vio obligado a aceptar modificaciones a su proyecto original, lo cual le valió un enfrentamiento con el líder del sindicato de UATRE, Gerónimo Venegas.

Pero no es la única ley que despierta resistencias. Desde 2003 no lograron la aprobación del protocolo antitabaco (se oponen las provincias tabacaleras), y legisladores del interior ya advirtieron que no le será fácil derogar los artículos de la ley Cafiero que impiden que la ciudad de Buenos Aires tenga su policía propia, al menos si se insiste con que la transferencia se haga con recursos del Estado Nacional.

O la modificación del Código de Justicia Militar que también conlleva críticas. También se vio obligado a retirar el pie del acelerador, retirar propuestas (por ejemplo, la modificación de la Auditoria General de la Nación) o a omitir presentar otras.

Kirchner se sabe débil y eso es una traba a la hora de gobernar. Cada paso que da está mediado por esa situación. Sabe que cada vez que sucedió algún percance en su propio gobierno o en los subnacionales (sean de su color político o no) la gente volvió a salir con cacerolas a reclamar que se vayan todos (¡sí, todos!).

Kirchner lo sabe y utiliza la billetera para acallar críticas, domesticar a propios y ajenos, y construir poder. El problema es que algún día la billetera se acaba…

Kirchner lo sabe, y tal vez eso explique muchas de sus actitudes. La oposición lo muestra como un Presidente omnipotente que no respeta las normas republicanas. Pero la realidad puertas para adentro es bien distinta.

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