La mujer que no quería ser presidenta

Por José Angel Di Mauro

Es un karma de los Kirchner: no les creen sus vaticinios. Tal vez por aventurados, quizá por ser demasiado arriesgados a la hora de jugar fuerte, pero sus anuncios suelen despertar suspicacias. Hoy refuerzan esas teorías con la fuerza que da el poder y la billetera, pero que les digan que sí no implica necesariamente que les crean.

Testigos sobran de estas circunstancias, y valga como muestra la de Miguel Dante Dovena, invitado en el verano del 85 a una quinta que los Kirchner habían alquilado en Ranelagh para pasar las vacaciones. El hoy diputado nacional kirchnerista concurrió con su señora y sus hijos y durante el asado el anfitrión lo trató de convencer para que lo ayudara a ganar la intendencia de Río Gallegos. Dovena, que lo había vencido en sendas internas en el 83 y ese mismo año, escuchó lo que sería en detalle el diagrama del proyecto general kirchnerista. Que era mucho más abarcativo que la capital santacruceña: “Vamos primero por la intendencia, después ganamos la gobernación y en veinte años estamos en la Nación”, le dijo un muy convincente Néstor Kirchner.

Dovena miró a Cristina, quien se limitó a asentir con la cabeza y dio por sentado que su esposo hablaba en serio. “Si te dice 20 años es porque en 20 años va a ser presidente”, señaló ella igual de convencida. Dovena, quien igual lo ayudó, no le creyó, y en el camino de regreso comentaba con su esposa “lo loco que está este tipo”.

El plan político de los Kirchner no sólo se cumplió a rajatabla, sino que se adelantó dos años. Tampoco le creyeron a Néstor Kirchner cuando adelantó que dejaría la presidencia en 2007, ni cuando sugirió que su esposa sería su sucesora.

De quienes planifican tan en detalle y con anticipación los pasos a seguir, no se pueden esperar improvisaciones, al menos en cuestiones tan centrales como la sucesión presidencial.

Así las cosas, nadie podría pensar que la idea de una sucesión matrimonial no haya sido algo meditado en el centro neurálgico de las decisiones centrales de este gobierno: la alcoba presidencial. Allí donde los dos únicos integrantes de la mesa chica de las decisiones -esa a la que sólo acceden Carlos Zannini y, en ocasiones, Alberto Fernández- planifican los trazos finos de su gobierno. Cristina Fernández sabía desde hace dos años que recibiría la banda presidencial de manos de su esposo, dejando de lado una frase que citó algunas veces, en los tiempos en que concedía reportajes desde el llano, e incluso deslizó como primera dama tras su primer encuentro con Hillary Clinton en Washington: “No quiero ser presidenta. Nunca me planteé tampoco ser gobernadora”.

“Lo mío es el Legislativo”, había deslizado otras veces, desechando enfáticamente las tareas ejecutivas. De hecho, quienes mejor la conocen aseguraban hace algún tiempo que ella nunca se interesó por ejercer la condición de gobernante.

Lo cual no implica que no se venga preparando desde hace tiempo para dar el gran salto que ha emprendido. Se nota por ejemplo que viene estudiando economía, una materia que no era su fuerte aunque en el Parlamento haya integrado permanentemente comisiones que tiene que ver con eso y reivindicado cuestiones como la Coparticipación, en las que trabaja desde su irrupción en la política grande, cuando trabajó en la reforma constitucional en 1994.

Ahora cita de memoria datos y cifras que hablan de las finanzas, la industria y el crecimiento, copiando el estilo de su esposo, quien debe haberle sugerido que se pusiera a estudiar como él lo hizo cuando se juramentó aprender economía a partir de una vez en la que Domingo Cavallo lo zarandeó en público durante una reunión con gobernadores.
Cristina siempre ha preferido las cuestiones jurídicas, el ámbito donde mejor se mueve y en el que siempre ha ejercido tareas centrales desde el Poder Legislativo, aun antes de que su esposo se convirtiera en Presidente.

A diferencia de Kirchner, le seduce mucho la política internacional. Mucho más diplomática, le encantan los encuentros con figuras de la política de otros países, que a su esposo tanto fastidian. Y desde hace tiempo estudia los avatares internacionales, parangonando permanentemente las experiencias de otros países con las del nuestro.

Cristina asegura tener mucha convicción nacional, lo cual no significa aislamiento, sino identidad y pertenencia. Fernández de Kirchner dice sentir envidia por sociedades como la brasileña y la chilena, que siempre han tenido una convicción nacional que no pasa sólo por sus dirigentes políticos, sino también por su empresariado, su burguesía, su periodismo. Es más, siempre que puede pone el ejemplo de las burguesías brasileña y chilena, en comparación con “los idiotas de acá”, tales sus palabras.

Muchos le critican su soberbia y su forma de vestir. Ella ha dicho que no podía “disfrazarse de lo que no es” para hacer campaña. Es verdad que siempre se vistió de manera lujosa y pueden dar fe de ello sus compañeros legisladores desde que irrumpió en 1995 en lo que se conoce como “el viejo Senado”. La pintura y los costosos vestidos no fueron impedimento para que confrontara con fervor contra las políticas oficiales de su propio partido. Quienes mejor la conocen, admite que “soberbia siempre fue”, aunque esa característica se ha potenciado a partir de su acceso al poder.

De todos modos, su punto débil no pasa por los vestidos ni la pintura, que es una característica que trae desde los 14 años. Ni siquiera por la inexperiencia en el Ejecutivo: comenzó a cumplir tareas junto a su esposo desde que en 1983 él encabezó la Caja de Previsión Social de Santa Cruz en el gobierno de Arturo Puricelli; fue su secretaria Legal y Técnica durante el primer tramo de su intendencia en Río Gallegos y luego encabezó tareas centrales como diputada provincial -llegó a presidir la Legislatura santacruceña- y sucesivamente senadora, diputada y senadora nacional. Siempre al lado de su esposo intendente/gobernador/presidente, se descarta que sabe de qué se trata gobernar.

Su punto débil pasa por lo que nunca se le ha visto hacer: negociar. Ariete del proyecto kirchnerista, Cristina siempre usó la confrontación como elemento de construcción de poder; la negociación se la dejaba a su esposo, más pragmático. Aspero y poco sutil, Néstor Kirchner ha admitido que su manera de manejarse en política ha sido siempre pegar dos veces, para sentarse luego a negociar ya con terreno ganado. Ella siempre ha pegado, jamás se sentó a negociar ni tuvo necesidad de hacerlo. La búsqueda de consensos es una cualidad que le es ajena.

A la luz de los hechos, todos los analistas coinciden en destacar que la decisión del Presidente de no apelar a buscar la reelección fue un acierto. El kirchnerismo ofrece así una perfil renovado para un nuevo período, sin el lastre aparente de una imagen que puede lucir desgastada y sobre todo sin el peligro seguro del asecho interno que comenzaría a generarse cuando empezara a gestarse la sucesión para 2011.

Kirchner se irá como deseaba: con una imagen positiva impensada para un presidente argentino con cuatro años de ejercicio. A su esposa le queda la tarea de ofrecer una cara mejorada del kirchnerismo, capaz de revertir el bajo nivel de aceptación que cosecha en grandes centros urbanos, según ha mostrado el conteo de votos.

El 10 de diciembre Cristina se convertirá en la primera mujer en asumir la presidencia elegida por los votos. A partir del día siguiente, su esposo comenzará a trabajar, desde un segundo plano, por trabajar en la construcción del poder que les asegure un tercer período a partir de 2011. Ella deberá ocuparse de generar las condiciones para no minar ese camino. Pero lo seguro es que, a diferencia de lo que hiciera su esposo, ella no anticipará que en 2011 vaya a volverse para su casa.

Di Mauro es autor de la biografía “Cristina K. La dama rebelde”

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