La mujer que decía no querer ser presidenta

Por José Angel Di Mauro

La última vez que lo dijo públicamente fue durante el primer viaje que hizo acompañando a su esposo presidente a los Estados Unidos. En esa ocasión la cita era en Nueva York, por una reunión de las Naciones Unidas, pero Cristina Fernández se hizo “una escapada” a Washington para sacarse el gusto de conocer y ser fotografiada con Hillary Clinton. La acompañó un grupo de periodistas que había viajado con la comitiva presidencial y a la vuelta, ante una consulta puntual, lo dijo: “No quiero ser presidenta. Nunca me planteé tampoco ser gobernadora”.

Fue a mediados de 2003; no se volvió a hablar del tema.

Una de estas dos cosas las cumplió, y era precisamente una de las especulaciones permanentes que periódicamente hacía el periodismo respecto a su futuro político, imaginándola siempre como la sucesora natural de su esposo… al frente de la gobernación santacruceña.

Mentes febriles la imaginaron sucediendo a Néstor Kirchner en Santa Cruz en 2003. El marido había asumido la presidencia de la Nación en mayo y los gobernadores de casi todas las provincias fueron elegidos en octubre. La duda se planteaba sobre quién podría competir en la provincia del Presidente, donde Kirchner había gobernado durante los últimos doce años, y un razonamiento primario llevaba a pensar en Cristina Fernández de Kirchner, por cuya cabeza -y la de su esposo, todo lo deciden juntos en materia de proyectos políticos- jamás pasó esa alternativa. ¿Cómo iba a dividirse el matrimonio de esa manera, cambiando ella la posibilidad de ser una primera dama de perfil bajo pero omnipresente, por los riesgos de encabezar la gobernación de una provincia que en el futuro daría muestras de lo indómita que puede llegar a ser?

Ni siquiera pensó suceder a su esposo en esa provincia cuando la Constitución provincial impedía la reelección. Exactamente diez años atrás, al cabo de un año en el que la habían echado del bloque oficialista del Senado y su popularidad era muy alta, ante la pregunta de si sería gobernadora, ella aclaraba que, ocasionalmente, ya lo había sido antes que su esposo -cuando ante la destitución del gobernador Del Val ocupaba virtualmente la vicegobernación-, pero sugería no anticiparse a los hechos. A la postre, Kirchner modificó la Carta Magna provincial una y otra vez, permitiendo su propia reelección dos veces.

No fue necesario jugar la dama, como sí lo hizo el matrimonio en 2005, cuando Cristina se convirtió en la apuesta fuerte del proyecto K para pelear la que un vocero kirchnerista definió como “la madre de todas las batallas”. El ámbito elegido fue el vital territorio bonaerense y el rival el duhaldismo, encabezado nada menos que por Hilda “Chiche” Duhalde. De haber perdido esa elección, difícilmente el kirchnerismo se hubiese repuesto alguna vez. En cambio, el triunfo abrumador que consagró a Cristina Kirchner senadora bonaerense, decidió la apuesta máxima que se concretaría dos años después: dejarle a ella la presidencia.

“Lo mío es el Legislativo”

Lo dijo una y mil veces, ante diversas consultas, cuando el diálogo con el periodismo era permanente. No había llegado junto a su esposo a la presidencia, y era mucho más conocida que Néstor Kirchner por el gran público por su fuerte presencia en el Parlamento, siempre desafiante a los oficialismos de turno, a los que en general pertenecía pero enfrentaba.
A la hora de desechar enfáticamente tareas ejecutivas, aclaraba que “lo mío es el Legislativo”. Quienes mejor la conocen, incluso, aseguraban hasta hace algún tiempo que Cristina nunca se interesó por ejercer la condición de gobernante.

Por el contrario, analistas de peso advertían a la hora de sopesar su techo que uno de sus lastres era que nunca pudo demostrar capacidad de organización política ni fue reconocida como una “conductora”. En rigor, “más que una organizadora de poder alternativo, es una provocadora del poder”, dijo a quien esto escribe un consultor de peso cuando era Néstor el que extendía su poder en forma ilimitada.

Pero ya en el mundo la miraban de otra forma. Aun antes de que en la Argentina la imaginaran como futura presidenta, los medios extranjeros se planteaban cuál podría ser su techo. La publicación americana Knight Ridder preguntaba en vísperas de la asunción de Kirchner en 2003: “¿Qué se obtiene de juntar a Hillary Rodham Clinton con Evita Perón? En Argentina la respuesta parece ser Cristina Kirchner, la próxima primera dama”.

“Ella tiene mejor dicción, es más atractiva, tiene mejor presencia. Mucha gente dice que votaría por ella antes que por él (…) Literalmente se considera que Cristina Kirchner es Hillary Clinton a la inversa: “Primero fue senadora y después primera dama”, señalaba dicha publicación. La esposa de Bill, está peleando la candidatura presidencial de los Estados Unidos; la de Néstor, ya consiguió la de Argentina.

Marca registrada

Muchos le critican su soberbia y su forma de vestir. Ella ha dicho que no podía “disfrazarse de lo que no es” para hacer campaña. Es verdad que siempre se vistió de manera lujosa y pueden dar fe de ello sus compañeros legisladores desde que irrumpió en 1995 en lo que se conoce como “el viejo Senado”. Quienes mejor la conocen, admite que “soberbia siempre fue”, aunque esa característica se ha potenciado a partir de su acceso al poder.

De todos modos, su punto débil no pasa por los vestidos ni la pintura, que es una característica que trae desde los 14 años. Ni siquiera por la inexperiencia en el Ejecutivo: comenzó a cumplir tareas junto a su esposo desde que en 1983 él encabezó la Caja de Previsión Social de Santa Cruz en el gobierno de Arturo Puricelli; fue su secretaria Legal y Técnica durante el primer tramo de su intendencia en Río Gallegos y luego encabezó tareas centrales como diputada provincial -llegó a presidir la Legislatura santacruceña-, y sucesivamente senadora, diputada y senadora nacional. Siempre al lado de su esposo intendente/gobernador/presidente, habrá que concluir que sabe de qué se trata gobernar.

Su punto débil pasa por lo que nunca se le ha visto hacer: negociar. Ariete del proyecto kirchnerista, Cristina siempre usó la confrontación como elemento de construcción de poder; la negociación se la dejaba a su esposo, más pragmático. Aspero y poco sutil, Néstor Kirchner ha admitido que su manera de manejarse en política ha sido siempre pegar dos veces, para sentarse luego a negociar ya con terreno ganado. Ella siempre ha pegado, jamás se sentó a negociar ni tuvo necesidad de hacerlo. La búsqueda de consensos es una cualidad que le resulta ajena.

Kirchner se va como deseaba: con una imagen positiva impensada para un presidente argentino con cuatro años de ejercicio. A su esposa le queda la tarea de ofrecer una cara mejorada del kirchnerismo, capaz de revertir el bajo nivel de aceptación que cosecha en grandes centros urbanos.

Este lunes Cristina se convertirá en la primera mujer en asumir la presidencia elegida por los votos. A partir del día siguiente, su esposo comenzará a trabajar, desde un segundo plano, en la construcción del poder que les asegure un tercer período a partir de 2011. Ella deberá ocuparse de generar las condiciones para no minar ese camino, con la firme convicción de que esa hipotética reelección le estará reservada a ella.

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