Pocas luces

Si el cambio de huso horario ha permitido un importante ahorro de energía, ¿por qué no se lo implementó antes? ¿Por qué se tardó cuatro años y medio en sincerar una situación palpable?

Por José Angel Di Mauro
Sería pecar de malintencionados adjudicarle al actual Gobierno la responsabilidad absoluta de la crisis energética. Esta habla en cambio de una falta de planificación general que engloba a anteriores administraciones y que no tiene en la actual una excepción, por más que desde lo alto se insista en afirmar lo contrario.

Pero sí puede y debe responsabilizarse a la gestión actual -por tratarse en la práctica de una continuación de la anterior- por la falta de previsiones tomadas a cuatro años y medio frente a un tema sobre el que todos alertaban y respecto al cual el kirchnerismo asumió una postura que es casi una patología, por cuanto ha sido reiterada frente a otras cuestiones: la manera menos costosa, en términos políticos, de enfrentar un problema, es negarlo.

Si nadie le adjudicaba inicialmente la entera responsabilidad respecto de la crisis al proyecto K, no se entendió nunca la ambición por rechazar de plano su existencia. El único esbozo en ese sentido fue, al promediar la gestión de Néstor Kirchner, la implementación del PUREE, que más que un plan de ahorro pareció el esbozo de un aumento encubierto.

Se siguió negando la crisis aun cuando los inviernos comenzaron a ser más crudos y debió apretarse a las industrias para que discontinuaran sus producciones, cuestión de no alterar el abastecimiento residencial. Algo que conspira justamente con un modelo basado en el crecimiento.

Así y todo se siguió sistemáticamente negando la existencia de una crisis energética.

Nuestros vecinos y principales socios comerciales, los brasileños, no tuvieron problemas en asumir en su momento una crisis de magnitud cuando la sufrieron y hasta adoptaron medidas que expresaban la preocupación pertinente. Por ejemplo, prohibiendo la realización de espectáculos deportivos nocturnos. Lo cual genera un efecto multiplicador: va en consonancia con la proclamada intención de ahorrar energía y genera en el usuario la sensación de que debe hacer su contribución en el mismo sentido.

Y hace pocos días, previendo la posibilidad de que falte energía este año o el próximo, como consecuencia de la actual sequía, el presidente Lula Da Silva anunció medidas para la producción adicional de electricidad. Previsión, que le dicen.
Negando la existencia de semejante problema difícilmente pueda esperarse que la gente consuma menos energía -que además es barata-, sobre todo cuando tiene la sensación de que desde el poder central no lo hacen.

Habrá que reconocérsele, entonces, a la actual Administración el valor al menos de haber sabido reconocer la existencia del problema. Y toda una señal al respecto fue que la primera ley pedida al Congreso haya sido la que modificó el huso horario. Lo cuestionable no es haberle reclamado a los legisladores trabajar entre las fiestas, sino, que esa decisión fuera adoptada de buenas a primeras, en plena temporada, sin tiempo para adaptar al organismo, como se hace en todas partes del mundo y como se hará -si no se les ocurre cambiar otra vez- a partir de fin de año aquí también.

Fue una muestra de autoridad de parte del Gobierno, que dejó una vez más al Congreso cumpliendo un papel meramente burocrático. Un ámbito testimonial donde se escuchan voces -algunas disidentes-, pero cuyo final se descuenta de antemano. Las circunstancias dejaron al Parlamento sin la posibilidad de discutir como se debe el tema, aunque convengamos que un Congreso anterior, no hace tantos años, se ocupó largamente de la cuestión.

El cambio que no fue

Recordarán los memoriosos al entonces senador Pedro del Piero, frepasista él, argumentando a favor del cambio horario. La norma finalmente fue aprobada, pero eran tiempos de De la Rúa y no hace falta recordar que ese era un gobierno al que todo le costaba y en el que tal era su propio estado deliberativo, que hasta la sociedad se contagiaba y todo, absolutamente todo, era pasible de discusión.

El cambio de hora había dejado de implementarse durante la administración menemista, pero el cambio de huso horario dispuesto por ley en la gestión delarruista desató insólitas polémicas alentadas incluso desde determinados medios de difusión interesados en potenciar todo factor de irritabilidad. ¿Consecuencia? El Gobierno dispuso dar marcha atrás con la modificación a escasas horas de comenzar a implementarse, para desconcierto de quienes la promovían.

Y encima, ni siquiera pudo sacar partido de su disposición, ya que fue el gobernador Carlos Ruckauf quien se encargó de dar la noticia al salir de una reunión con el presidente Fernando de la Rúa.

Convengamos que el gobierno de Cristina Fernández transita en las antípodas de aquel aliancista en materia de solidez institucional. Y una prueba la dio la manera como se impuso la modificación horaria: se decidió entre cuatro paredes en lo alto del poder, se anunció, se aprobó y se puso en marcha. Y ni siquiera se escucharon cuestionamientos de parte de las gobernaciones cordilleranas, cuyas sociedades padecen la incongruencia de un horario que no los favorece. La postura de San Luis es, en este sentido, una previsible anécdota.

La pregunta del millón es si alcanzará con ese ahorro, que incluye una mediática puesta en escena con intercambio de lámparas de bajo consumo, y un polémico conteo de equipos de aire encomendado al diligente sindicato de encargados de edificios por el no menos polémico Guillermo Moreno.

El ministro de Planificación Social proclamó en los primeros días de implementación del cambio horario que el mismo había permitido un ahorro de energía cercano al 6%. Sonó promisorio, tal vez exagerado considerado el poco tiempo, pero resultaba por lo menos curioso que quien hiciera el anuncio fuera el mismo encargado del área de los últimos cuatro años. Así hubiera permitido ese plan la mitad de ahorro, ¿por qué entonces no se implementó antes, habida cuenta de sus beneficios?

La propia Presidenta y el jefe de Gabinete salieron a explicar la crisis en su idioma. Admitieron la cercanía del colapso, pero la adjudicaron a un efecto del boom del consumo. La culpa la tiene la clase media que salió a arrasar con los escaparates de las casas de artículos para el hogar, tras descubrir los beneficios de los maravillosos split. En rigor, no es ése el problema, sino otro más serio y complejo.

El boom del consumo no es más que la confirmación de que un importante porcentaje de la población que, en efecto, ha visto incrementados sus ingresos, apela a la compra voraz de bienes de consumo… por temor a la inflación. Y porque no tiene otra alternativa. Sabe que, sin créditos que les permitan acceder a la vivienda propia o una más grande, el ahorro para bienes superiores carece de sentido. La mejor opción es gastar el dinero ahora.

De ahorrar en los bancos ni hablar -por algo será- y de ahí el éxito de los centros turísticos y los locales de venta.

Algunos advierten que ya es tarde; que la crisis tan temida como rebatida ya está entre nosotros y que todo es cuestión de rezar para que no haga ni mucho calor ni tanto frío. Muchos sostienen que lo único que evitó el colapso fue la suerte gigantesca que acompañó siempre a Néstor Kirchner, que -nevada al margen- evitó que los peores temores se plasmaran en realidad.

Al diputado nacional Dante Dovena se le adjudica una frase referida a la suerte del santacruceño: “La mujer ideal tiene los ojos de Elizabeth Taylor, las tetas de Sofía Loren… y el culo de Néstor Kirchner”. Con el tiempo, el chiste se fue aggiornando, cambiando los nombres de las mujeres según los gustos de cada época, pero el final siempre se mantuvo inmodificable.

Habrá que ver si Cristina Fernández de Kirchner goza de semejante estrella.

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