Por Hernán Etchaleco
Los desmanejos del Gobierno nacional durante el conflicto del campo y el actual contexto de incertidumbre económica internacional configuran un escenario de crisis que obliga a revisar planes y a atender necesidades no previstas meses atrás.
Coyunturas como las de estos días hacen que prime la mirada de corto plazo y se posterguen las decisiones estratégicas. En momentos en los que el rumbo no parece claro existe una tendencia natural a buscar respuestas en el día a día y a descartar soluciones integrales que requieren de una mirada más amplia. Pero ya lo dice el saber popular: que lo urgente no desplace lo esencial. Y muchas veces en lo esencial, en lo estratégico, está la respuesta para lo urgente.
En Argentina, la regularidad casi cronométrica con la que el país se sumerge en una “nueva crisis terminal” cada 10 años, hizo que los sucesivos gobiernos abandonen las políticas de estado por programas económicos llamados a reeditar la historia de forma periódica. Ejemplos sobran en los últimos 25 años de democracia: el Plan Austral de Alfonsín, el Plan de Convertibilidad de Menem y Cavallo y el Modelo de Acumulación con Inclusión Social de los Kirchner son sólo algunos de los casos más recientes. Estas supuestas reformas fundacionales olvidaron preservar proyectos estratégicos que, al verse frustrados, dejaron a la administración central sin herramientas clave para salir de las crisis. Se postergaron sine die planes de infraestructura, se suspendieron programas de innovación tecnológica, se descuidó el trabajo de los científicos, se aplazaron iniciativas de integración regional.
En resumidas cuentas, se echó al bote de la basura todo lo que a la larga le hubiese permitido al país vislumbrar un horizonte de recuperación y crecimiento en medio del vendaval.
Hoy nos enfrentamos a una encrucijada similar. Existen en carpeta varios proyectos que merecen sostenerse en el tiempo a pesar de las dificultades y las privaciones que presumiblemente tendremos que afrontar en los próximos dos años.
La construcción del gasoducto del NEA para garantizar el suministro del fluido desde Bolivia es un instrumento clave para el abastecimiento energético y la integración de la América del Sur. Del mismo modo, la reapertura del ferrocarril trasandino es una herramienta impostergable para que Argentina pueda llegar con sus productos a los mercados de Asia-Pacífico, los más dinámicos en la escena global y los que seguramente liderarán la recuperación económica cuando pase la crisis.
Son sólo dos ejemplos de iniciativas que no deben dejarse de lado y que deben encararse con transparencia y eficacia para que Argentina pueda de una vez por todas generar las bases de un crecimiento sólido que la haga menos vulnerable a las coyunturas internacionales.
* Hernán Etchalceco es vocero del bloque de diputados nacionales de la Coalición Cívica
Integrante del Espacio de Pensamiento Generacional