Como en los 90, Cristina tendrá que valerse sola

Un repaso de sus tiempos como legisladora nacional, pero desde el llano, permite imaginar los tiempos que a la Presidenta le esperan en la soledad del poder.

Por José Di Mauro

“¿Qué voy a hacer sin vos?”, le dijo más de una vez a modo de reproche Cristina Fernández a su esposo, cuando lo regañaba por desatender los consejos médicos. Está claro que Néstor Kirchner no le hizo caso: por el contrario, vivió siempre al límite, así practicó la política; no debe sorprender entonces este desenlace tras dos serios episodios coronarios.

¿Qué voy a hacer sin vos?, es la pregunta que debe haberse repetido más de una vez desde la mañana del miércoles. Las respuestas tendrá que encontrarlas en su gente de confianza, pero más que nada en su propia fortaleza. Para tener una idea de lo que viene, la Presidenta deberá remontarse a sus comienzos en la política grande, cuando desembarcó en el Senado de la Nación, absolutamente desconocida por el gran público y hasta por sus colegas y, sobre todo, lejos de su esposo, por entonces un gobernador patagónico.

Tenía sólo 39 años y asumió como senadora en 1995. Al hacerlo, atrajo para sí todas las miradas: atractiva en un ámbito mayoritariamente masculino, también era elegante y joven. Estuvieron en su asunción su esposo, su hijo varón de 23 años y su hija de 5 años recién cumplidos. Ella juró sola, vestida con un tailleur rosa con pantalones, la mano derecha extendida sobre la Biblia; seria y con su flequillo característico.

Inmediatamente ocuparía la banca en la que adquirió notoriedad, pero esta vez lo haría en compañía de su hija Florencia, que se había sentado en ella antes que su madre. No obstante, la atención periodística se la llevaba entonces otra mujer que juraba en la misma sesión: Graciela Fernández Meijide.

Cristina de Kirchner fue el ariete del proyecto político que conformaba con su marido gobernador. Como tal, supo enfrentarse hasta con sus pares de la propia bancada oficialista que comandaba el entrerriano Augusto Alasino, al punto tal que -en un hecho inédito- terminaron echándola del bloque. Una situación que a todas luces terminó favoreciéndola.

Durante su gestión legislativa se acostumbró a vivir lejos de su esposo, y sobre todo de su pequeña hija, razón por la cual Florencia fue siempre más apegada al padre. De martes a jueves en Buenos Aires -en su departamento de Uruguay y Juncal- para cumplir funciones legislativas, así vivió Cristina entre 1995 y 2003, cuando su marido llegó a la presidencia.

Buena parte de esos años en compañía de su hijo Máximo, quien cursó en ese transcurso las carreras de Derecho y Periodismo, sucesivamente, aunque sin terminar ninguna de las dos.

Es así que durante ocho años hizo política a dos mil kilómetros de NK. En contacto permanente, con objetivos claramente bien delineados, pero durante todo ese tiempo ella fue protagonista central de la gran política, mientras que Néstor Kirchner era para el gran público un ignoto gobernador. “El esposo de”, si se quiere.

Ejemplo de ello es que al asumir su marido la presidencia, Cristina debió dar un notorio paso al costado, cuestión de quedar en un segundo plano y evitar opacar a Néstor. Altas fuentes de la Casa de Gobierno confiaron a quien esto escribe, en los primeros meses de la presidencia de NK, que ella seguía teniendo mejor imagen que él, pero esas encuestas no se difundían por razones obvias.

Tan alto era el vuelo propio que adquirió Cristina, que en 1998, cuando Néstor Kirchner era el gobernador que más firmemente apoyaba a Eduardo Duhalde en su intento de llegar a la presidencia de la Nación, el entonces mandatario bonaerense llegó a pensar en ella para que lo acompañara en la fórmula que debía enfrentar a la de la Alianza, porque suponía podría atraer los votos del progresismo. Finalmente fue dejada de lado, ante la visión bonaerense de que “sólo tenía votos en Santa Cruz”.

“La rebelde”, como se la llamó en esos tiempos, mantuvo un juego propio totalmente diferenciado de su esposo gobernador, aunque con pasos claramente delineados en el marco de una estrategia conjunta. Y siempre estuvo claro que el objetivo era la presidencia de la Nación; tanto como que el encargado de ejercerla sería el varón.

Así hicieron campaña cada uno por su cuenta, cosa que generó comentarios, porque llamaba la atención que no aparecieran juntos. Lo cierto es que sólo compartieron escenario con Kirchner ya presidente y siendo ella candidata por Buenos Aires, en 2005. Ni en Santa Cruz aparecían juntos, donde cuando ella hacía campaña para los cargos para los que competía, si Néstor Kirchner la acompañaba, no subía al escenario.

“Siempre fue así”, decía gente de su entorno; pero en la campaña presidencial de 2003 quedó más marcado el hecho de que no compartieran escenario, cuestión de que ella no opacara al candidato presidencial. Ellos lo explicaban comparándose con los Clinton, de quienes tomaban su eslogan: su voto vale dos. Compre uno y se lleva dos Kirchner, decían, y alardeaban con que Néstor Kirchner era el único candidato que podía estar en dos lugares al mismo tiempo.

Pero siempre quedó muy bien delineado que mientras Cristina Kirchner era ideal para el plano legislativo, Néstor era el Ejecutivo. Por eso se abrieron interrogantes respecto de la gestión de Cristina. Sobre todo en su capacidad negociadora.

Es que si bien se sabe que ninguno de los dos integrantes del matrimonio era partidario de los consensos, él siempre tuvo la capacidad de negociar, aunque lo hiciera después de avanzar tres pasos, para estar dispuesto a retroceder luego uno. Característica que abandonó cuando ya no estuvo él al frente del Ejecutivo.

Ella nunca necesitó negociar cuando ejerció cargos legislativos. Y durante sus tres años como presidenta, el de Cristina no fue ni por lejos un gobierno conciliador. Se le achacó siempre esa “culpa” a su esposo. Se verá si ella compartía tal tesitura.

Acostumbrada a consultar todo con su compañero, desde ahora deberá tomar sola las decisiones. Le valdrá la experiencia de haber estado 35 años junto a su esposo. Y esos ocho que pasó valiéndose sola, brillando con luz propia.

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