Quizás una nueva oportunidad

Por Juan Carlos Toso

La muerte de Nestor Kirchner no solo ha producido una importante baja en el escenario político argentino, sino que –al mejor estilo de los viejos caudillos populistas, omnipresentes y omnipotentes- deja un vacío en un sector del peronismo multicefálico y también en la dirección del Gobierno Nacional, donde su viuda, Cristina Fernandez –que nunca tuvo en sus manos las riendas del poder total- enfrenta hoy una verdadera de danza de lobos que la asedian, olfateando una eventual y transitoria debilidad presidencial, para mejorar un posicionamiento individual en esta próxima etapa de su gestión gubernativa.

El país tuvo la débil esperanza de que la Presidenta, en su dolor, tuviese un acto de grandeza e hiciese una clara demostración de que el odio y el rencor, tan caros a su esposo fallecido, llegasen a formar parte de un pasado que merecía ser enterrado junto a él.

Por el contrario, el kirchnerismo, fiel al estilo de su jefe, mostró nuevamente el desprecio por lo institucional y se negó a velar sus restos en el Congreso, como hubiese correspondido. Repitiendo un inocultable legado de resentimiento, insistió en la confrontación al prohibir la presencia del ex presidente Duhalde (que paradójicamente fue quien los entronizó en el poder) la del actual vicepresidente, Cobos y de los principales referentes de la oposición que, de buena fe pero equivocados, solo pretendieron acercar sus respetuosos saludos al cónyuge del político fallecido.

Si bien es cierto que hubo una multitud acongojada –en parte espontánea y en parte conducida- que se hizo presente para despedir al líder desaparecido y que acompañó las exequias, aquí y en Río Gallegos (aunque con evidentes gestos de agresividad hacia quienes no compartieron las ideas de Néstor Kirchner), también lo fue que una cantidad mucho mayor -no televisada- continuó su actividad normalmente porque no se sintió parte de una concentración, que abarcó tanto a curiosos como a seguidores, empecinada en proclamar una reinvidicación setentista.

Es deseable, tal vez posible, que los argentinos aprendamos de la historia de estos últimos siete años a no permanecer indiferentes y mirar como ajeno el acontecer diario y si en cambio a participar en la gestión de la cosa pública, para que la vida democrática y no la hegemonía, el consenso y no la imposición sectaria, la comprensión y no el odio fraticida, nos permita vivir en paz.

Recordemos que forjar políticas públicas no es el privilegio de un grupo encaramado en el poder, sino el resultado de la diaria participación ciudadana en velar por el goce de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones que nos compete a cada uno, reclamando y haciéndolas valer cuando alguno de los integrantes de los poderes del Estado olvide que la Constitución les impone, entre otros cometidos, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para todos los habitantes y no solo para unos pocos privilegiados por el dedo del poder.

Dejemos pues, que Néstor Kirchner descanse en paz y, con ello, nos libere de tanto enfrentamiento y diatriba.

Juan Carlos Toso es Auditor General de la Ciudad de Buenos Aires
tosojc@yahoo.com

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