El momento pide generosidad política

Por Ernesto Sanz

En las últimas décadas, los dos principales obstáculos para consolidar en América Latina la democracia representativa han sido el golpismo militar y el populismo. Dos fenómenos que, siendo muy diferentes entre sí, en no pocas ocasiones han terminado caminando de la mano.

Golpismo y populismo tienen algo en común: ambos se nutren de la debilidad institucional del Estado. La democracia es libertad con institucionalidad en busca del progreso personal y colectivo: el poder legítimo que se asienta en la solidez de las instituciones y en el imperio de la ley. Cuando no se dan estas condiciones, la democracia está deteriorada. Afortunadamente, el golpismo militar está superado. Las experiencias han sido demasiado trágicas y los resultados, demasiado desastrosos.

Queda el populismo.

El populismo no es de derechas ni de izquierdas, es de autoritarios abrigados por diversas ideologías. El populismo no es una forma de pensar, sino una forma de ser y de actuar en política. Hay actuaciones y comportamientos populistas, pero no ideas populistas.

Los políticos que practican el populismo no tienen un proyecto para sus países, sino un proyecto de poder para sí mismos. Se basan en la manipulación de las emociones y de los estereotipos más que en la búsqueda de soluciones para los problemas reales.

Y precisamente por eso y para eso buscan la relación inmediata y directa con “su pueblo” (generalmente, sectores débiles y desprotegidos), prescindiendo en todo lo posible de la intermediación que representan las instituciones y las leyes, arrogándose demagógicamente la totalidad de la representación popular.

El gobierno populista, aunque actúe en un marco formalmente democrático, da poco valor a los instrumentos de la democracia formal.

Le interesa más ganar en la calle que ganar en las urnas. Se siente más a gusto en la arenga que en el diálogo.

La tentación populista siempre estuvo y está presente en la Argentina y, por desgracia, hoy lo está más que en ningún momento desde que recuperamos la democracia.

El kirchnerismo, que comenzó presentándose como un impulsor de la regeneración política y de la modernización, ha tardado muy poco en devenir lo contrario. Desde que por primera vez vio seriamente en peligro su poder (cuando fue derrotado en las legislativas de 2009), desarrolló con toda intensidad las peores prácticas que caracterizan a un gobierno populista con inclinaciones autoritarias. Y ese fenómeno regresivo se agudizó desde noviembre de 2010.

Hoy tenemos un gobierno que establece relaciones de alianza estratégica –que terminan siendo de dependencia–, con poderosos extorsionadores que condicionan desde fuera de las instituciones las decisiones del poder político y marcan el rumbo del país; un gobierno que se ha transformado y ha transformado a la administración del Estado en una maquinaria de reparto y conservación del poder, desentendida de la defensa del interés público general; que ha eliminado la seguridad en la vigencia de las reglas del juego político y económico, y las ha sustituido por la discrecionalidad en el cumplimiento de las leyes; que dice respetar la libertad de expresión pero tolera a quienes envían patotas a intimidar a los periodistas y medios informativos que no son de su agrado; que manipula las estadísticas oficiales para aparentar que la realidad no es como es sino como ellos quieren que sea; que ha llevado su discurso demagógico hasta el campo de la política exterior, con confrontaciones estériles y consignas para el consumo doméstico.

¿Puede decirse que la democracia argentina está en peligro? Desde un punto de vista formal, no. Desde un punto de vista material, podemos decir que está en un alarmante proceso de deterioro.

Todo esto no impulsa el progreso del país, sino que lo frena. Los países latinoamericanos que más han fortalecido sus democracias han sido también los que en los últimos años más se han fortalecido como países, más han convertido el crecimiento en desarrollo y más han ganado en peso y en prestigio internacional.

Las dos prioridades de la Argentina de 2011 son fortalecer la democracia formal y materialmente, y aprovechar la extraordinaria ocasión de progreso que tenemos. Las dos son incompatibles con cuatro años más de un gobierno como el actual.

Por eso, las elecciones de octubre no son esencialmente sobre la izquierda y la derecha. Aunque con picardía populista el gobierno las presente como una contienda entre progresistas y conservadores. Plantear límites y divisiones especulando con posicionarse es asumir un papel de reparto en la historia oficial.

El momento requiere grandeza y generosidad política. Los que queremos el cambio tenemos la obligación de hacer posible el cambio.

Yo no sé si lo que nos une a las fuerzas de la oposición es más o menos que lo que nos separa. Pero estoy convencido de que hoy, aquí y ahora, lo que nos une es más importante, más necesario y más urgente para la Argentina que lo que nos separa. Por eso estoy dispuesto a trabajar por ello hasta el límite de mis fuerzas.

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