El FpV se tomó más en serio las primarias y se notó en el resultado
Los derrotados siguen encontrando razones para la descomunal derrota sufrida en las primarias. Ahora quieren preservar al Congreso de una mayoría kirchnerista. Cómo quedaría el Parlamento de repetirse estos resultados.
Por José Angel Di Mauro
Los mejores presagios del oficialismo ubicaban la segura victoria de Cristina Fernández en el orden del 45%. Con un margen de error de dos puntos, para arriba o para abajo. La oposición se ilusionaba con que la Presidenta no alcanzara los 40 puntos, o que apenas los arañara.
El plan del Frente para la Victoria incluía una performance gris de la oposición, con sus dos principales exponentes muy cercanos en el resultado, cuestión de que después ninguno aceptara bajar sus pretensiones para octubre. Los radicales descorchaban champán si alcanzaban los 25 puntos, según confió un hombre muy allegado a Ricardo Alfonsín; en el peor de los casos, se veían pasando por poco el 20%, cifra que igual les dejaba margen para el optimismo. Una sensación que incluía a un Duhalde no sumando más de 18 puntos.
Este último a su vez tenía un umbral de optimismo mucho más grande. Sospechaba la mala performance que a la postre tuvo la UCR -aunque no en semejantes niveles-, pero se imaginaba destinatario exclusivo de ese “voto útil”, sospechando que con ello podría superar los 25 puntos, con los que podría sentarse a negociar una abdicación radical, a cambio de la participación en un futuro gobierno de coalición. Unos y otros daban por descontado que Hermes Binner apenas orillaría los dos dígitos.
Para el oficialismo no sólo se alinearon los planetas: fue la tormenta perfecta. Cristina superó los 50 puntos; Alfonsín y Duhalde no sólo no se sacaron distancia, sino que quedaron pegados en un insólito empate, y con una tan magra cosecha de votos que ni en las peores pesadillas hubieran imaginado. Encima, el cuarto quedó a sólo dos puntos y con un enorme margen para crecer y tal vez ser segundo en octubre…
Tan sorprendidos estaban los derrotados, que cerrados los comicios insistían en tener diez puntos más de los que a la postre sumaron. Y tan despistados se veían, que un hombre en el bunker duhaldista rechazaba los datos que ya estaban presagiando el paso del “huracán Cristina” diciendo que, de ser reales esos números, el gobierno debería estar oficializándolos. Desconocía esa incrédula fuente que las normas prohíben la difusión de cifras hasta tres horas después de cerrados los comicios.
La falta de información certera podría vincularse con la extraña falta de fiscales de la que adoleció la oposición en general. En Capital Federal llamó la atención la presencia en la gran mayoría de las mesas de no más de dos fiscales. De los cuales, uno siempre correspondía al Frente para la Victoria, partido al que no le faltaron fiscales en ninguna de las 86.000 mesas. En cambio, la escasez para la oposición se tornó dramática en el resto del país y fundamentalmente en la gigantesca provincia de Buenos Aires. Se sabe que el sistema electoral argentino no deja demasiado margen para el fraude… siempre y cuando haya fiscales atentos, avispados y, sobre todo, presentes. Igual, la abrumada oposición prefirió no ampararse en la excusa de las irregularidades.
El kirchnerismo no es culpable de las carencias de la oposición, ni de que ésta no se haya tomado las primaras tan en serio como sí lo hizo el oficialismo. Una cosa es segura: los derrotados de hoy jamás volverán a presentarse a una elección primaria con candidatos resueltos a dedo. El radicalismo nunca terminará de explicarse cómo es que teniendo hasta hace menos de un año tres candidatos presidenciales que podrían haber potenciado sus posibilidades, terminó forzando que dos se bajaran. La justificación de contar anticipadamente con un candidato consagrado era organizarle una gira internacional de fuste que lo mostrara en el mundo como posible presidente de la Argentina; pero Alfonsín apenas pudo contar con una breve escala en Europa de la que ni siquiera se difundieron fotos. Si hasta más atención mereció su retiro de unos días en un spa de Entre Ríos para dejar de fumar…
Eduardo Duhalde a su vez se arrepintió esta semana por haberse peleado con Alberto Rodríguez Saá. No necesariamente deberían haber acordado una improbable fórmula conjunta; si en lugar de la patética interna regional que terminó en papelón hubieran resuelto su disputa en estas primarias, como prevé el espíritu de la ley, hoy contarían con al menos 20 puntos que les hubiera permitido ir con otro ánimo a octubre.
Peor le fue a Elisa Carrió, la candidata que hizo una mayor autocrítica y tal vez la que más se equivocó para esta elección. No sólo por haber resuelto presentar a su partido en soledad, sino porque en su momento desechó un planteo unificador argumentando que cuantos más candidatos presentaran, mejor. El kirchnerismo, agradecido.
La Coalición Cívica será la fuerza que más sufrirá en el Parlamento. De los 18 miembros que tiene, producto de la muy buena elección de 2007, si las elecciones resultaran como fueron las primarias, sólo mantendría un escaño de los 12 que pone en juego.
Precisamente ese es ahora el modesto objetivo que la oposición se ha impuesto: retener los cargos provinciales que expone y evitar que el huracán también los arrase legislativamente. En principio, para el Senado retendría las 17 bancas que arriesga y seguirá teniendo mayoría. En Diputados, aun repitiendo la excelente elección del 14, no llegará a tener quórum propio.
La razón es que esta elección viene a compensar la muy buena de hace cuatro años. Un ejemplo de la exigua ventaja que puede sacar es la provincia de Buenos Aires, donde debe renovar 20 bancas, pues en 2007 obtuvo un 46% de los votos. El domingo pasado consiguió 53%, pero esos siete puntos de diferencia sólo le valen un diputado más.
Ante las advertencias sobre un poder hegemónico, el jefe del FpV en Diputados, Agustín Rossi, se muestra moderado, aclarando que de ningún modo podrán tener quórum propio. En efecto, en caso de repetirse en octubre la arrasadora victoria de las primarias, el kirchnerismo pasaría de tener un bloque de 87 diputados, a 118. Le faltarían once para el quórum propio, pero siempre cuenta con la lealtad de los siete del radicalismo K santiagueño, más los dos que quedarán de Nuevo Encuentro (Sabbatella y compañía). Sólo le faltarían tres diputados, que más temprano que tarde llegarán desde el peronismo no kirchnerista, donde hay más de un par que ya están pensando cuando será el mejor momento de dar el salto.
El objetivo de la oposición es entonces evitar que el 50,07% del domingo se repita en octubre. Oficialistas entusiastas arriesgan que, tras la barrida del 14, el 23/10 superarán esa marca. Difícil, pues en varias provincias se juegan las gobernaciones y el esfuerzo opositor allí será mayor que en las primarias. Mendoza, Río Negro y Entre Ríos son algunos de los distritos donde difícilmente se mantengan porcentajes tan amplios.
Otro ejemplo de que el kirchnerismo tomó esta elección con más responsabilidad que la oposición, que descansaba en la creencia de que el gasto lo tenía que hacer el oficialismo, que si no llegaba a reunir ocho millones de votos, no podría revalidar el concepto de imbatibilidad que había acuñado. Ironía del destino, ocho millones fue la ventaja que Cristina le sacó al segundo.
Para la oposición, fue la tormenta perfecta. Y quienes hayan visto la película sabrán cómo terminó.