Por Guillermo Justo Chaves
Todavía tengo bien presentes los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina. Para quienes habíamos vivido la mayor parte de nuestras vidas en democracia eran acontecimientos inéditos pero lamentablemente previsibles. La violencia en la calle, consecuencia de un país derrumbado, una sociedad cansada por la falta de respuestas de su clase dirigente que se había mostrado impotente frente a las sucesivas crisis económico-financieras que habían derivado en crisis política trajo como corolario el célebre “que se vayan todos” y consecuentemente la caída del gobierno legítimamente constituido.
Es importante hoy, cerca de las elecciones presidenciales, diez años después recordar DE DONDE VENIMOS. Y para quienes creemos que mas allá de los números que cambiaron drásticamente, resulta necesario haber reconstruido estructuralmente el país, es importante hacer pie en algunas referencias fundamentales.
En primer lugar la política. Ese término se había transformado en “mala palabra”, la dirigencia estaba cuestionada hasta tal punto que nos habíamos quedado sin política. Y ello, porque, por un lado la política no había respondido a las demandas de los ciudadanos, y por otro, consecuencia de la imposición de las ideas de corte neoliberal o neoconservador, que postulaba el criterio por el cual la racionalidad económica primaba por sobre la decisión política. Que lo científico de la ortodoxia neoliberal reemplazaba la visión humanista. Que la tecnocracia había venido a ocupar el lugar de los representantes del pueblo, de los actores con formación político-ideológica.
Y de la mano de aquello, la embestida que había sufrido el Estado –junto con la política y la democracia- a partir de 1976. El principal resultado de esos 25 años (1976-2001) había sido la derrota en la “batalla cultural”, una matriz de pensamiento había formateado la cabeza de nuestra dirigencia y de toda la sociedad, hasta pensábamos con criterios noventistas, aún sin darnos cuenta (pese a todo, hoy algunos todavía lo hacen). Teníamos un Estado desguazado, ausente y endeudado. Sin embargo, era un Estado ajustador, que gastaba poco y recaudaba poco, pese a que la presión tributaria sobre los mas necesitados siempre estaba y los poderosos tributaban nada. La matriz del modelo concentraba la riqueza en pocas manos y la brecha de la desigualdad crecía y crecía. La pobreza aumentaba. Más de 40.000 pymes cerraban, rebajaban el 13% los salarios y las jubilaciones. Teníamos alrededor de más de una docena de cuasi-monedas.
La democracia era la desilusión del pueblo. Con la democracia no se curó, no se comió y no se educó. Algunos hasta dudaban de ella. Las manifestaciones sociales y de resistencia al modelo neoconservador eran reprimidas con violencia. Los asesinatos de Kosteki y Santillán así lo acreditan. Que democracia teníamos? Un concepto de democracia reducido solo a votar cada dos años. Obviando la verdadera esencia de la democracia que es la “cultura democrática”.
Para nuestro esquema presidencialista el desconocimiento de la autoridad y el liderazgo hacía muy endeble el sistema. En política exterior, el Mercosur agonizaba y el ALCA amenazaba con terminar con los últimos resabios de autodeterminación en materia de comercio exterior. Finalmente en 2001 teníamos 24% de desocupación y 60% de pobres.
COMO ESTAMOS. El 25 de mayo de 2003 comenzó otra historia. Inesperada para muchos. Y esos ejes que mencionaba mutaron drásticamente. Con el lema de no dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada se empezó a recorrer un camino. De acción política, basado en esas convicciones que no son otra cosa que ideas que sostienen una visión del mundo y de la vida, es decir de ideología. No puede haber acción política sin visión ideológica -con el perdón de los que auguraban el fin de la historia y- por ende de las ideologías.
Y volvió la política, como herramienta de transformación de la realidad. Esa ideas que se transforman en convicciones, que se defienden y se llevan adelante a través de la acción política que, definitivamente modifica la realidad (la finalidad de la política), se comenzó a percibir cuando el poder político deja de estar subordinado al poder económico y los intereses del pueblo pasan a ocupar el lugar principal desplazando a los intereses corporativos. En términos teóricos, la política vista en clave schmittiana (Carl Schmitt), una relación conflictiva en la que hay una disputa. En nuestro caso por el poder real, por la renta, por la verdad, por la justicia, por los derechos humanos. A los dueños anteriores de todo esto no les gustó.
A esa batalla cultural por recuperar la política, se le sumó el Estado. Recobró la autonomía a partir de su desendeudamiento (no solo al reducir la deuda externa en términos históricos sino también a partir de la acumulación de reservas) y con esa fuerza se ubicó en el centro del dispositivo social, económico y cultural, desplazando al “mercado”. A través de un rol proactivo empezamos a sentir cerca el objetivo de cambiar el modelo agroexportador por otro de matriz productiva diversificada (agroindustrial) e inclusión social. Con la herramienta de la administración del tipo de cambio y los derechos a las exportaciones.
A la idea de crecimiento, que de hecho fue la década de mayor crecimiento de la historia argentina -8% anual del PBI promedio-, se sumó la de desarrollo. El desarrollo de una nación se asienta sobre las bases de la infraestructura y la educación. No hay un lugar de Argentina donde no haya una obra nueva y al mismo tiempo la inversión en educación pasó del 2% al 6% del PBI. Es decir infraestructura + educación: las claves del desarrollo.
Entonces, surgió un Estado amigo, inteligente, a través de un gobierno que en materia de política exterior recuperó protagonismo, pasando a integrar el G20, a liderar el G77 mas China, a terminar definitivamente con el ALCA en 2005, a dar nacimiento a la UNASUR y al mismo tiempo fortalecer el MERCOSUR y equilibrarlo con la incorporación de nuevos socios, cerrando la ecuación energética de la región.
En materia de política económica, con el crecimiento récord de la década en 200 años de historia, con los superávit gemelos (fiscal y comercial) con un Estado que invierte mucho; totalmente diferente al escuálido superávit fiscal de los 90 con un Estado insignificante, además de financiado con lo producido por las privatizaciones. Con la recuperación de la capacidad de administrar los fondos de las jubilaciones y pensiones que permitió profundizar las políticas sociales.
Esas políticas sociales que generaron el cambio mas extraordinario en los últimos años: la implementación de la asignación universal por hijo. La movilidad de las jubilaciones, el camino hacia la universalización de las jubilaciones (96%) y pensiones, muestran con números la política distributiva. Así como las políticas educativas con el 6% del PBI en materia de inversión, las más de 1000 escuelas construidas y el plan Conectar Igualdad. Finalmente las política de empleo con una reducción del 24% al 7.5% del desempleo, la creación de 5.000.000 de puestos de trabajo y mas de 140.000 pymes.
Recuperamos una verdadera democracia. No la democracia formal. La real. Con participación popular a través de la distribución del poder, distribución de la riqueza y distribución con democratización de la información (ley de servicios de comunicación audiovisual). Finalmente la reforma política. A los que dudaban de la democracia se les respondió con mas democracia.
Y por supuesto, se recuperó el liderazgo. Para adentro, a partir de la reconstrucción de la autoridad presidencial y el rescate de la capacidad de decisión. Para afuera, a partir del rol protagónico conduciendo el G20, el G77 y fundamentalmente, en la secretaría general de UNASUR.
HACIA DONDE VAMOS. El rumbo está marcado, lo que viene es una etapa de esperanza y desafíos. Esa esperanza perdida en 2001 que había clausurado el futuro es la que motiva hoy los grandes desafíos. Profundizar el modelo implica seguir trabajando para terminar con la desigualdad, buscar la inclusión, insistir con la justicia social a través de una mas equitativa distribución del ingreso, luchar contra la pobreza, la discriminación, el desempleo o la precariedad laboral. Implica pensar la Argentina en términos de sus recursos estratégicos: tierra, agua, alimentos y energía. No importa a que fuerza política pertenezcamos, como decía la Presidenta, nuestra lealtad es hacia Argentina. El mito del viento de cola ha quedado en lo anecdótico. Séneca, pensador romano, decía que no existe el viento de cola para quien no sabe hacia donde va.
Cuando en el mundo las naciones no encuentran el camino para salir de la crisis. Nosotros hemos encontrado el rumbo. No estamos frente a una época de cambios. Estamos en presencia de un CAMBIO DE EPOCA. Las transformaciones de los últimos años marcan otro horizonte epocal que la Presidenta interpreta y el pueblo lo sabe. Gobernar en definitiva es eso. La palabra proviene de “kubernao” que significa timonear el barco, y si pensamos en llegar a buen puerto, la experiencia de los últimos años nos muestra indudablemente que la persona indicada para cumplir con el objetivo de llevar a la Argentina al puerto del desarrollo y la igualdad de oportunidades es Cristina Fernández de Kirchner.
Cháves es director del Instituto Nacional de Capacitación Política