Con más del 50 % obtenido en las primarias, el FpV se ilusiona con superar ese porcentaje y establecer un record. Más allá de 1983, las marcas de Perón son casi imposibles de igualar. Incluso la diferencia con el segundo.
Por José Angel Di Mauro
Con las elecciones de este domingo terminará de cumplirse la primera experiencia surgida de la reforma política sancionada en 2009, cuyos objetivos imaginados entonces por Néstor Kirchner tal vez no hayan sido exactamente los que se dieron, pero a la postre el oficialismo no podrá decir que no hayan sido beneficiosos.
Fue la primera reacción del kirchnerismo luego de la derrota en las legislativas de ese año y se presentó como un gesto político para con la oposición: una apertura del diálogo que en realidad estuvo acotada a esa cuestión.
Entre otras cosas, el oficialismo buscaba eliminar las colectoras y hasta supuestamente terminar con las candidaturas testimoniales. Las primeras persisten bajo otra denominación -listas de adhesión-; sobre las testimoniales, no hay ni habrá nada que las evite. La modificación buscó favorecer a los grandes partidos y el kirchnerismo aspiraba a que aquella izquierda que por razones de representación quedara fuera de las elecciones se encolumnara detrás suyo. Algunos partidos, como el Humanista, así lo entendieron y con el fin de evitar su desaparición aceptaron alinearse con el Frente para la Victoria. Proyecto Sur fue el que más sufrió con las primarias pues quedó fuera de las presidenciales y no podrá competir legislativamente en muchos distritos.
En rigor, estas serán las elecciones con menos aspirantes presidenciales. Desde la recuperación democrática, el número de fórmulas siempre tuvo dos dígitos, hasta esta vez. Doce se presentaron en 1983; diez en el 89; 14 seis años más tarde y diez en el 99. 2003 marcó un record, con 18 fórmulas, volviendo a 14 en 2007. Diez participaron de las primarias de agosto, de las cuales sobrevivieron siete.
Amén de que el kirchnerismo pueda haber estado pensando en otra cosa cuando impulsó esta modificación del sistema, no podrá decir que el resultado no haya sido beneficioso. Fue la oposición la que no entendió qué se jugaba y pensó todo el tiempo en que el riesgo era para el más poderoso, que debería revalidar en las urnas los valores que las encuestas “amigas” sugerían. El resultado superó esas expectativas y la oposición se quedó entonces sin Norte. No haber utilizado las primarias como una interna, que es lo que eran, fue un error, entre tantos, que se han juramentado no volver a repetir. Aunque ya es tarde.
Ganadora el 14 de agosto con el 50,24 % de los votos, Cristina Fernández aspira a superar ese porcentaje para ser la presidenta electa con más votos desde la recuperación democrática. No es poco, teniendo en cuenta el antecedente de que su esposo, con 22,24 %, fue el mandatario electo con el menor porcentaje de la historia (Arturo Illia ganó en 1963 con 25,14 %), en una primera vuelta que Carlos Menem ganó por un no menos escuálido 24,45 %. El kirchnerismo no pudo superar cuatro años después a sus antecesores, pues Cristina resultó electa por el 45,29 %, cuando Carlos Menem, en el 89, había obtenido 47,49, y al ser reelecto, llegó al 49,94. Hasta De la Rúa consiguió más en 1999, con su 48,37 %. Ahora la Presidenta se ilusiona no sólo con repetir su marca de agosto, sino superar la de Raúl Alfonsín de 1983, cuando obtuvo 51,75 %.
No sería poco para un eventual segundo mandato, aunque la historia dice que cuando los presidentes argentinos van por la reelección, superan sus marcas. Pasó con Menem en el ejemplo citado, pero también con el propio Perón: electo en el 46 con el 54,4 %, escaló a 62,49 seis años más tarde. Y en el 73, obtuvo su tercera presidencia con el 61,85 %.
Afecta a los records de su administración, la Presidenta aspira también a lograr la mayor diferencia electoral con su segundo. En las primarias aventajó por más de 36 puntos a Ricardo Alfonsín. Veremos qué sucede este domingo, pero hay una vara muy grande que estableció Perón en 1973 al sacarle 37,43 puntos de distancia a la fórmula Balbín-De la Rúa.
Más allá de esas cifras, los números que en la práctica mejor cotizan en un panorama como el que se presenta hoy son los que marcarán como será la nueva Cámara de Diputados. El oficialismo no debe esperar milagros, ya pues renueva muchos diputados, que consiguió en 2007; pero una diferencia abrumadora en distritos grandes lo acercaría al quórum propio que tendrá con los aliados que se descuentan seguros, más el retorno de disidentes arrepentidos.
Propios y extraños coinciden en que la clave de esta elección ha estado en la economía. Ningún gobierno pierde una elección cuando la gente piensa que ese factor está bien. Los desaguisados de la oposición han contribuido a minar sus expectativas, pero datos positivos en materia de empleo y sobre todo un consumo en expansión, más allá de que en realidad sea una suerte de antídoto frente a la inflación, han sido las llaves del optimismo oficial.
El contexto internacional ha contribuido grandemente a favor del gobierno argentino. Así como las encuestas le preanuncian buenas noticias en materia electoral, también señalan que la gente piensa que la crisis financiera mundial no nos afectará mayormente. El gobierno ha hecho de esa percepción su discurso, a contramano incluso de la opinión de nuestros vecinos regionales. No eran de esperar gestos diferentes en vísperas electorales, pero las expectativas están puestas en el día después y, sobre todo, el camino que vendrá, si el gobierno es reelecto.
La palabra “ajuste” es rechazada en el mundo K, pero se sabe que habrá replanteos en el próximo período. Precisamente ese “beneficio” que la crisis externa proyecta sobre el estado de ánimo de los votantes es lo que perturba el horizonte. Inflación, subsidios y fuga de divisas son tres temas que deberán desvelar al futuro gabinete económico, cualquiera sea su signo.
Para el primero se piensa en una desaceleración que buscará llevar ese índice por debajo de los 20 puntos. Se intentará que las negociaciones salariales de 2012 se pacten en torno al 18 por ciento. Lo de los subsidios es, según palabras del propio oficialismo y la oposición, una bomba que debe ser desactivada con meticulosa precisión. Algunos podrán bajarse, otros no hay manera. Ninguno desaparecerá.
La fuga de capitales tuvo una última semana para el olvido. El Banco Central puso sobre la mesa 800 millones de dólares para mantener el tipo de cambio en caja la última semana de campaña, y se los llevaron todos. El país tenía al asumir Cristina 52.000 millones de dólares en reservas, y hoy están en el orden de los 48.000. Se ha usado parte de ese dinero para pagar deuda y para mantener el tipo de cambio; para el primer objetivo se utilizaron las Reservas de Libre Disponibilidad -son las que sobran una vez detraído del total el monto necesario para avalar la base monetaria al tipo de cambio vigente-, pero los economistas advierten que, al paso que vamos, las RLD se agotarán a fin de año.
El gobierno podría volver a meter mano en el artículo correspondiente de la ley para alterar el concepto de las RLD, de manera de poder usar más reservas, como hizo en 2010. Podrá también regenerarlas devaluando, o bien elevando tasas. Todo lo cual, en el marco presente de alta inflación, fuga de capitales y crisis externa, no pareciera ser lo más recomendado.