Por José Angel Di Mauro
Blindada por la avalancha de votos que posibilitó su reelección, Cristina de Kirchner no esperó a iniciar su segundo mandato para poner en marcha las políticas que durante el mismo deberán darle a su gestión un baño de realidad que contrasta con los mensajes escuchados ayer nomás, durante la campaña.
En un mundo que además se complica, con una crisis interminable que abraza a los países desarrollados y contagia inexorablemente a nuestro socio más preciado, Brasil. Hasta en China las cosas parecen complicarse y para colmo la semana cerró con la soja en su precio más bajo del año, lo cual es verdaderamente una mala noticia. No es que 407 dólares por tonelada sean un precio exiguo -aun por arriba de los 200 dólares la soja es muy buen negocio-, sino porque las cuentas nacionales están hechas en base a un valor de más de 500. Si el precio de lo que para la Argentina es el “petróleo verde” se aplasta en relación con las expectativas, la necesidad de recursos será aun más extrema.
En ese marco es que la Presidenta ocupó una vez más el rol principal en el panorama político de la semana. Con por lo menos un discurso diario hasta que el jueves por la tarde partió rumbo a Santa Cruz, Cristina se encargó personalmente de detallar el rumbo de esta nueva fase del modelo, que ha definido como “sintonía fina”. Mientras sus principales funcionarios se ocupan de anunciar las medidas menos placenteras, ella marca la cancha e identifica nuevos “enemigos”.
En ese marco es notorio que, pasadas las elecciones, la oposición no tiene lugar en sus mensajes. No es para menos, tras la “desaparición” electoral patentizada el 23 de octubre. Alguien que no participó del comicio, el jefe de Gobierno porteño, es el único dirigente opositor que esquivó el desastre electoral, por lo cual ha sido destinatario de las únicas referencias presidenciales hacia la oposición, críticas por supuesto. El lugar que tampoco esta semana ocuparon los medios habitualmente fustigados por la verba kirchnerista, le correspondió al sindicalismo.
Llamó la atención que Cristina pusiera frente a su trinchera a algunos gremios a los que citó puntualmente, como los aeronáuticos, pero dejó también al alcance de la onda expansiva de sus discursos al moyanismo en general. Un sector que acusó el golpe al reprochar a través de uno de sus miembros que la Presidenta abortara públicamente el proyecto del reparto de ganancias entre los trabajadores, en lugar de decírselos en privado. Eso no sucederá: al menos en lo inmediato, no hay prevista ninguna reunión entre Cristina y la cúpula cegetista.
Los sindicalistas saben bien que están en la mira y que el próximo objetivo de esta readecuación del “modelo” será la pauta sindical para el próximo año. Consciente de que la inflación es un problema, más allá de que no vaya a admitirlo públicamente nunca como tal -suficiente es con que la haya mencionado esta semana cuatro veces en un solo discurso-, la Presidenta no quiere contener los desbordes para 2012, y espera que la pauta en las paritarias se mantenga en el orden del 18 %.
Ese número es parte de la seducción que la Presidenta viene ejerciendo sobre los empresarios en general y los industriales en particular. Cada vez que el kirchnerismo ha planteado constituir un enemigo, ha hecho lugar para nuevos aliados. Con la Unión Industrial ha desgranado el menú habitual para atraerla a sus orillas, que va desde subir a sus miembros al avión presidencial en los viajes al exterior, hasta aceptar la invitación a concurrir a sus eventos. Fue precisamente en el cierre de la Conferencia Industrial en el Hotel Hilton donde Cristina dio su largo discurso de 57 minutos, uno de los dos más sustanciosos de la última semana.
Y allí sonó como música para los oídos de Ignacio de Mendiguren y compañía cuando la Presidenta le bajó el pulgar al proyecto para repartir ganancias.
Algo que quisieran escuchar también los empresarios en general es el demorado anuncio presidencial sobre el nuevo Gabinete. Quedan poco más de diez días para la reasunción y todavía persiste el misterio al respecto; esta semana habrá sólo cuatro días hábiles y dos de ellos Cristina los pasará en Venezuela, por lo que los anuncios podrían demorarse hasta los días previos a la jura. Bien al estilo cristinista de estirar los tiempos al máximo para alargar el suspenso, habrá que pensar que recién a partir del 7 de diciembre la Presidenta anunciaría a quienes la acompañarán en su nueva etapa.
Claro que no sólo los empresarios están inquietos con eso: peor están los propios protagonistas, que se preocupan por mantener oculta la tensión que los embarga al ignorar cuales serán sus destinos. Por ser los tiempos del Congreso distintos, la incertidumbre allí comenzará a despejarse esta semana en la Cámara alta, ya que el miércoles está prevista la jura de los nuevos senadores y para entonces deberá definirse quien ocupará la presidencia provisional y en consecuencia el segundo lugar en la sucesión presidencial. Se afirma que ese lugar será esta vez para una mujer y la elegida sería la esposa del gobernador tucumano, Beatriz Rojkes de Alperovich. Ante la consulta puntual, en el despacho de la senadora contestan con una sonrisa nerviosa: “No sabemos nada”, juran.
Una incertidumbre que alcanza a los propios jefes de bloques kirchneristas, que se imaginan reconfirmados en sus cargos, pero no han recibido ninguna señal al respecto. La indefinición se extiende a las propias presidencias de las comisiones que recuperará en masa el kirchnerismo a partir de diciembre. Un diputado oficialista contaba esta semana a parlamentario.com cómo había sido designado en 2005 presidente de una comisión importante: “De Vido sugirió mi nombre, para contrarrestar la figura de Carrió que también iba a estar ahí”, señaló el legislador K que marcaba así una gran diferencia con los tiempos en que Néstor Kirchner vivía. Hoy a ningún ministro se le ocurre levantar el teléfono para sugerir tal o cual nombre, pues ni ellos mismos saben si seguirán en sus cargos.
Un caso puntual es el del titular de Agricultura y Ganadería, Julián Domínguez. Diputado nacional electo, es para muchos número puesto para la presidencia de la Cámara de Diputados. Pero si bien ya tiene todo listo para el desembarco parlamentario, no está seguro de que el mismo se concrete, en cuyo caso ha hecho saber su predisposición a seguir al frente de la cartera donde ha tenido una gestión muy valorada por la propia mandataria.
El estilo de Cristina es similar al que mantenía cuando su esposo estaba vivo, pero recargado en muchos aspectos. El celo en evitar las filtraciones es realmente extremo, y es uno de sus puntos más claros. La confrontación con parte del sindicalismo -una apuesta que muchos definen como “ganancia pura” frente a las capas medias de la sociedad- podría ser otro rasgo.
Enemigos nuevos y amigos nuevos. En ese último rubro habrá que incluir, como dijimos, a los industriales, pero también a la Iglesia Católica y al gobierno norteamericano. No así a los políticos de la oposición, que sólo serán aceptados en los casos que adhieran incondicionalmente a los postulados de Cristina.