Representación y participación

Por Roberto Samar

Recientemente en un reportaje a Pagina 12, el filósofo y teórico político Tony Negri sostuvo que “la representación es la ausencia de la participación”. Probablemente, su pensamiento está en línea con el discurso de “que se vayan todos” del 2001 y es coherente con las expresiones actuales de los indignados en Europa.

En ese sentido, a partir de la crisis que vivimos hace una década, el pueblo argentino tomó conciencia de que tenía el poder real. Que podíamos dejar sin efecto un decreto presidencial como fue la imposición del Estado de Sitio, saliendo masivamente a las calles. Que asqueados de un modelo de impunidad y ajuste, podíamos generar primero la renuncia de un ministro de economía y forzar la huida de un presidente después. Es decir, recordamos que: en la democracia el pueblo es el soberano.

En ese marco, y paradójicamente con un discurso negador de la política, la política renació. Nos juntamos en asambleas barriales, la vida se transformó en una movilización casi permanente. Después de años de letargo, de una década de cultura Menemista basada en el escepticismo y la resignación, volvimos a discutir y a cuestionar lo establecido.

Sin referentes, las asambleas discutían en las plazas. Todos los jueves una multitud pedía la renuncia de la mayoría automática de la Corte Suprema. Cacerolazos marcaban la opinión crítica de la clase media, mientras crecían los movimientos sociales.

El sueño de Negri parecía hacerse realidad. Una multitud trabajando en red, plural. “La multitud se compone de innumerables diferencias internas que nunca podrán reducirse a una unidad, ni a una identidad única” Sin centro, sin jerarquías parecía escribirse la historia. La democracia se sentía como un espacio de permanente participación directa.

En ese sentido para el filosofo, “la multitud emergerá para expresarse autónomamente y gobernarse a sí misma”. Esto se basa en que ésta no se “somete al dominio de uno”.

Sin embargo, ese movimiento al desconocer cualquier tipo de organización y liderazgo tenían fuerza para cuestionar lo establecido, pero no capacidad de institucionalizar políticas y establecer transformaciones profundas.

Lo interesante fue que ese momento histórico nos permitió como sociedad dimensionar nuestro poder como pueblo. Que nosotros somos desde nuestra resignación o lucha los que escribimos la historia. Sin esa etapa y ese aprendizaje no hubiera habido renovación de la Corte Suprema, ni integración regional, ni reapertura de los juicios a los responsables del último genocidio. Esa crisis nos demostró que lo impensado es posible. Kirchner, interpretó ese momento y logró institucionalizar esas transformaciones.

Hoy vivimos un momento de más inclusión y más cambio, donde se reconstruyó una identidad colectiva. Recuperamos la idea de pueblo como sujeto histórico, nos volvimos a referenciar en Latinoamérica. Construimos un populismo transformador que desborda y amplia nuestra democracia implementando nuevos derechos.

Hoy en Argentina representación y participación se retroalimentan en los nuevos cambios.

Roberto Samar es licenciado en Comunicación Social

Docente de Filosofía Política Moderna UNLZ

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