Lo que el relato oficial esconde

Por Julio Cobos

En los últimos años, pero más aún durante 2012, observamos un desfase entre lo que se relata y la realidad. Además, hay cosas que no se dicen, pero que existen.

Se enarbola la bandera de la defensa de los que menos tienen, pero faltan políticas para revertir lo que más ataca al ya de por sí débil poder adquisitivo de miles de argentinos: la inflación. Según el Indec, la inflación de 2012 fue de 10,8%, cuando claramente fue superior al 25% anual. Es imposible planificar sin diagnóstico y más difícil aún diagnosticar a partir de índices alejados de la realidad.

La recaudación creció un 25%, igual que la inflación. Del total recaudado, el 18% provino del impuesto a las ganancias, lo que afecta directamente el bolsillo del trabajador. Comparado con 2011, se recaudaron 30.000 millones de pesos más con este impuesto, a costa del sueldo de policías, docentes y enfermeros.

El comercio internacional argentino tuvo un año complejo: finalizó con un 7% menos en las importaciones y un saldo negativo de 3% en las exportaciones; se resintieron mercados en el exterior y se complicó la situación de las empresas, tanto para colocar sus productos como para traer los materiales necesarios.

De los 52.000 millones de dólares de reservas que supimos tener, hoy contamos con 43.000 millones. Durante el año pasado se perdieron 3200 millones de dólares en reservas.

El dólar oficial no se puede comprar y sólo ha servido para subsidiar viajes al exterior. El dólar paralelo ronda los ocho pesos.

La nafta aumentó un 35%: llegó a 7 pesos el litro. Esto se traslada directamente al precio de los productos.

La Asignación Universal por Hijo, que sigue sin contar con una ley que la respalde, ha perdido en tres años más del 50% de su nivel de compra.

En infraestructura se prometen muchas obras, pero son pocas las que se hacen. Las falencias en cuanto a infraestructura vial, transporte, salud y vivienda son cada vez más evidentes.

La falta de inversión en energía nos pone al borde del colapso energético. Importamos 11.000 millones de dólares en energía, prácticamente igual que el saldo de la balanza comercial.

Atravesamos un notable deterioro en la calidad educativa, con grandes deficiencias en cuanto a la formación de las nuevas generaciones y con más de un millón de adolescentes sin estudio ni trabajo.

En lo político-institucional, el Poder Ejecutivo avanza sobre los otros dos y el Poder Judicial, particularmente, es objeto de diversas presiones.

La lucha contra un medio de comunicación nos tuvo ocupados durante todo el año, sin poner el foco en las noticias, sino en los medios que las reproducen. ¿Es un diario o un grupo empresario más importante que la desocupación, la inseguridad, la pobreza?

Este panorama es percibido por todos los actores políticos, opositores y oficialistas. Lamentablemente, la política de presión e intimidación expresada de diferentes formas hace que gobernadores, intendentes y legisladores, en ocasiones, callen y acepten esas imposiciones.

Negar estas dificultades genera costos a toda la sociedad. Son los Estados provinciales y municipales quienes han aumentado en forma exponencial los impuestos y tasas para tratar de corregir el desequilibrio existente.

Pérdida de institucionalidad, deterioro de los pilares de la economía, falta de sinceramiento y dificultad para escuchar voces diferentes muestran un diagnóstico complejo. La Argentina requiere un golpe de timón, lo que implica: sincerar las estadísticas; planificar una disminución progresiva de la inflación; corregir las asimetrías producidas por el impuesto a las ganancias, elevando los mínimos; salir del cepo cambiario, y clarificar el sistema de cambio para evitar un mercado paralelo. Además, promover las exportaciones sin asfixiar las importaciones, procurando recuperar los mercados perdidos y abriendo nuevos; incentivar la inversión a través de la disminución de los costos logísticos. También, en lo político institucional, respetar la independencia de los poderes y la diversidad de criterios.

En definitiva, más allá de las particularidades del relato oficial y sus omisiones, urge recapacitar y actuar de una vez por todas, para ajustar estos desequilibrios políticos, económicos e institucionales.

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