El desafío de aprender a convivir con Francisco

Por José Angel Di Mauro

Todos los testimonios recogidos en relación con los momentos posteriores al anuncio de la designación de Jorge Bergoglio como Papa coinciden en certificar la desazón y molestia que la misma causó en el seno del gobierno. Pero no es necesario tener esos datos para verificarlo. Fue inocultable a partir de la propia reacción oficial.

El comunicado de Presidencia salió una hora después, cuando muchos otros gobiernos ya habían pronunciado su beneplácito, y hasta el venezolano Nicolás Maduro le había atribuido a Hugo Chávez cierta “responsabilidad” ante Dios por la elección de un Papa latinoamericano. Y el tenor del comunicado oficial fue, si bien correcto, demasiado frío para el tenor de la espectacular noticia. Cuando más tarde la propia Presidenta se refirió al tema en Tecnópolis, lo hizo brevemente y no modificó demasiado el tono expresado por escrito. Los silbidos que acompañaron la mención de Bergoglio marcaron también el clima de rechazo inicial que la elección de los cardenales había causado en el kirchnerismo duro.

Quiso el destino que la noticia se conociera con el Congreso funcionando en ambas cámaras. Caja de resonancia de la política, era obvio que los legisladores se harían eco de la misma y quedó evidenciada esa misma frialdad de parte del oficialismo, que no salía de su sorpresa. En Diputados la mayoría K votó contra un cuarto intermedio que les permitiera a sus miembros ir a ver la primera aparición pública de Bergoglio como Papa. Si bien la cuestión se mechó en algunos de los discursos, al cabo de sendas sesiones, las dos cámaras expresaron pronunciamientos de beneplácito, pero el tema no mereció espacio en los debates.

Ante semejantes situaciones el kirchnerismo prefiere cuidarse en salud y sus miembros no hablan hasta no tener una línea precisa sobre qué es lo que quiere la Jefa.

Si bien Cristina suele ser más dura que lo que era su esposo, Néstor Kirchner tenía un rechazo más explícito hacia el exarzobispo de Buenos Aires. La ruptura definitiva sobrevino el 25 de mayo de 2004, cuando la homilía expresada por Bergoglio durante el Tedéum hizo referencia a “las luchas internas, la ambición compulsiva y las componendas de poder que absorben las instituciones”. En otro pasaje, quien hoy el mundo conoce como Francisco expresó que “este pueblo no cree en las estratagemas mentirosas y mediocres. Tiene esperanzas pero no se deja ilusionar con soluciones mágicas nacidas en oscuras componendas y presiones del poder. No lo confunden los discursos; se va cansando de la narcosis del vértigo, el consumismo, el exhibicionismo y los anuncios estridentes”.

“Me parece ver aquí una fuerte protesta contra los que se sienten tan incluidos que excluyen a los demás. Tan clarividentes se creen que se han vuelto ciegos, tan autosuficientes son en la administración de la ley que se han vuelto inicuos”, dijo en un mensaje en el que también hubo críticas hacia los medios de comunicación que “no tienen empacho en poner en el candelero la luz fatua de cualquier perversión, refregada día y noche por la imagen y la abundante información. Un embeleso de voyeurismo donde todo está permitido”.

Al salir de la catedral el presidente Néstor Kirchner calificó de “muy buena” la dura homilía, y consultado puntualmente sobre si interpretaba que el obispo se había referido a su gobierno, aclaró que pensaba que era “para todos”. Pero dos días después, el padre Guillermo Marcó, vocero de Bergoglio, respondió “posiblemente sí” cuando le preguntaron si aquello sobre “el exhibicionismo y los anuncios estridentes” se refería al Presidente. Aunque luego aclaró que los mensajes estaban dirigidos a todo el pueblo argentino.

Más allá de posteriores aclaraciones, los Kirchner habían tomado ya una resolución para con la Iglesia en general y Bergoglio en particular. Sorpresivamente el entonces Presidente anunció que no concurriría al Tedéum en la Catedral de Buenos Aires al año siguiente, razón por la cual el mismo fue suspendido. Y en adelante, el gobierno “federalizó” ese acontecimiento, concurriendo los 25 de mayo a diversas provincias, siempre teniendo en cuenta que las diócesis fueran más cercanas. Kirchner confirmó su encono particular, cuando dijo: “Nuestro Dios es de todos, pero cuidado que el diablo también llega a todos, a los que usamos pantalones y a los que usan sotanas”.

La relación que muchos presagiaron mejor con Cristina se agravó definitivamente cuando la crisis del campo, días en los que Bergoglio le pidió “un gesto de grandeza” a la Presidenta y mantuvo encuentros con dirigentes de la oposición y el agro.

Volvieron a encontrarse el 17 de marzo de 2010, en el despacho presidencial, en lo que las partes definieron como una reunión “cordial”, al cabo de la cual Bergoglio le recordó que en diciembre de 2011 cumpliría 75 años y se retiraría. La respuesta de Cristina es muy recordada: “Vamos a terminar el mismo año y juntos”.

Tras la muerte de Néstor Kirchner, Bergoglio ofició una misa en la Catedral Metropolitana en la que dijo que “un pueblo le pidió que lo condujera… sería una ingratitud muy grande que ese pueblo, esté de acuerdo o no esté de acuerdo con él, olvidara que este hombre fue ungido por la voluntad popular”.

Tras el anuncio sorpresivo de Benedicto XVI de retirarse como Papa -cada vez más atenta al devenir internacional-, Cristina dio muestras de que el tema le interesaba. En broma, dijo en su provincia aquello de que si hubiera sido posible, ella se anotaba como “Papisa”, pero también había hecho trascender que asistiría a la asunción del nuevo Papa. Seguramente palpitaba que se avecinaban rotundos cambios en El Vaticano, y cerca suyo se apostaba al cardenal brasileño.

Si de los argentinos se trataba, descartaba a Bergoglio por la edad, y apostaba en todo caso al cardenal Leonardo Sandri, al que recibió en la Casa Rosada el 27 de diciembre pasado. Si bien no lo consideraban cercano, en el gobierno lo veían con buenos ojos pues estaba distanciado de Bergoglio, vivía desde hacía años en el Vaticano y por lo tanto no opinaba sobre la política doméstica, ni rivalizaba con el poder político.

Razones que explican la reacción inicial respecto al Papa Francisco de parte del kirchnerismo. Pero tras esas críticas, desde la conducción se mandó a bajar los decibeles críticos, conscientes de que la imagen de Bergoglio ha escalado a niveles astronómicos en nuestro país y el mundo, de ahí que no convenga en absoluto rivalizar con él.

Por el contrario, la Presidenta mandó a confirmar de inmediato que viajaría para la coronación, tal cual había hecho trascender cuando no imaginaba quién sería el elegido, y Cancillería tramitó una reunión concedida de manera diligente por el nuevo Papa para el día previo a la ceremonia central en el Vaticano. Política al fin, Cristina sabe que ante los hechos sólo queda acotar los daños y ver el lado positivo: Bergoglio ahora es Francisco, y ya no estará ocupándose de nuestro país, sino del mundo.

Aunque en el fondo vislumbran que a partir de ahora todo lo que Francisco diga será interpretado aquí en primera persona, como así también que las tradicionales fotos de candidatos junto al Papa ahora tendrán un valor superlativo.

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