Un rayo franciscano en la política argentina

Por Jorge R. Enríquez

La elección de Francisco fue como la caída de un rayo en la escena política argentina.

El kirchnerismo quedó en las primeras horas paralizado, sin atinar a dar ninguna respuesta articulada. Se desarrollaba la sesión en la Cámara de Diputados cuando se conoció la noticia y desde la oposición se solicitó un cuarto intermedio para que los legisladores pudieran escuchar las primeras palabras del Sumo Pontífice. El jefe del bloque oficialista, que no da un paso sin la orden de la presidente, no sabía bien qué hacer. Finalmente, ya sea por una decisión “superior” o por temor, no se concedió el cuarto intermedio.

Luego se conocería el frío, escueto y distante texto de salutación al Papa de Cristina de Kichner. Un par de horas más tarde, ésta, en uno de esos cotidianos actos partidarios que realiza con la excusa de alguna inauguración intrascendente, habló 18 minutos y sobre el final le dedicó tres o cuatro al tema que en esos momentos conmovía al mundo.

Esas palabras fueron más reveladoras que la misiva oficial. La presidente nunca mencionó al Pontífice por su nombre; sólo se congratuló de que fuera “latinoamericano”. El hecho de que fuera, además, argentino, no pareció resultarle relevante. No lo elogió, no destacó sus cualidades, pero sí se encargó de darle consejos y, de paso, de señalar que su gobierno realmente había formulado una opción por los pobres, y que por eso eran tan criticado.

Lo saliente fue el tono. La señora de Kirchner gritaba, con el ceño fruncido. Como felicitación por una buena noticia, la voz y los gestos eran por lo menos curiosos… Se notaba que el hecho la había afectado y que no podía disimularlo.

En la Legislatura porteña, cuando se iba a votar una declaración de beneplácito por la elección de Francisco, el kirchnerismo y algunos bloques aliados se retiraron. Pero las reacciones en el oficialismo no fueron, esta vez, monolíticas. A los improperios de Luis D´Elía, a las infundadas acusaciones de Horacio Verbitsky, no se sumaron todos. Algunos, como Gabriel Mariotto, adoptaron una postura opuesta: elogiaron sin reservas al nuevo Papa.

Queda claro que Francisco, sin proponérselo -porque su alto magisterio está muy por encima de estas pequeñeces de pago chico-, es una piedra en el zapato del kirchnerismo.

De todas formas, luego de esa reacción inicial, hondamente visceral, y a la vista de la enorme empatía que Francisco despertaba entre todos los argentinos, la señora de Kirchner debió volver sobre sus pasos. Así, anunció que viajaría a Roma y pidió una audiencia con el nuevo Papa.

El Cardenal Bergoglio había solicitado unas catorce veces audiencia con la presidente de la Nación, la que ni siquiera se dignó a contestar su pedido. Pero en cuanto se dio la situación contraria, es decir, la solicitud de audiencia de Cristina Kirchner a Francisco, éste se la concedió inmediatamente.

No sólo eso: la honró con ser la primera Jefa de Estado a la que recibió; y en un almuerzo, que se desarrolló en un lapso prolongado, pleno de cortesía por parte del Santo Padre.
¡Qué formidable lección! ¿Sabrá aprenderla la presidenta?

Pese a que en el encuentro se mostró cordial, es muy dudoso qué así sea. No se cambia la personalidad de un día para el otro, y menos a los 60 años.

Por lo pronto, ya en la reunión con el Papa demostró su constante desubicación. Dijo en la conferencia de prensa posterior que le había pedido a Francisco su intermediación con Gran Bretaña por la cuestión de Malvinas. En primer lugar, esa cuestión era completamente ajena al objeto del encuentro, que era la salutación al Sumo Pontífice en nombre del pueblo argentino. Pero, además, ¿a quién se le puede ocurrir que Gran Bretaña aceptaría como mediador a un argentino, que por otra parte ha hecho declaraciones públicas sobre el tema en favor de la posición de su país?

También, en esas declaraciones posteriores, la presidenta relató lo que según ella le dijo el Papa, quien podía surgir para un desprevenido, si le daba crédito a esos dichos, como un fervoroso kirchnerista.

¿Cuál va a ser la postura del kirchnerismo en adelante, superados los fastos de la asunción de Francisco? Les es muy difícil seguir manteniéndolo como un enemigo, pero toda su política desde 2003 se basó en la construcción permanente de enemigos. Son horas de incertidumbre en la cúpula argentina. El factor Francisco es un elemento que aún no saben procesar.

¿Quién expresa la verdadera posición del kirchnerismo sobre el Papa por estas horas?

¿La Cristina Kirchner del miércoles, fría y desafiante? ¿La de la audiencia del lunes, cordial y afectuosa? ¿La del acto de asunción de hoy, con los ojos llenos de lágrimas? ¿Horacio González, el director de la Biblioteca Nacional, que habla de “superchería” para denostar el sentimiento religioso de millones de argentinos? ¿Verbitsky, que destila su odio dominical inventándole a Francisco un pasado siniestro? ¿D´Elía, que ve en la elección del Papa una nueva maniobra del imperialismo? ¿Carlotto, que le exige un “mea culpa”? ¿O Mariotto, que lo defiende en “6,7 y 8”?

Lo cierto es que -hasta ahora, por lo menos- los funcionarios kirchneristas no dicen una sola palabra sin el aval, aunque sea implícito, de la presidente. Por lo tanto, no podemos creer que las declaraciones hostiles de varios de ellos sean espontáneas. Menos aún la línea editorial del programa “678”, nave insignia del aparato propagandístico geoebelliano del gobierno.

En consecuencia, es forzoso concluir que la misma mujer que derrocha simpatía regalándole un mate al Papa y afecta emoción al lagrimear en San Pedro es la que ordena que se lo ataque de un modo tan impiadoso.

Abona esa interpretación un informe publicado en El Cronista Comercial, elaborado por el periodista Román Lejtman, que afirma que en las horas previas al Cónclave la embajada argentina habría operado contra el Cardenal Bergoglio, mediante “dossiers” entregados a sus pares.

En las próximas semanas tendremos indicios más firmes del rumbo del gobierno. También, del grado de tolerancia de la sociedad argentina ante tanta hipocresía.

Esperemos que todos los argentinos hayamos interpretado los signos de este nuevo tiempo, que ha comenzado con el Pontificado de Francisco, tiempo de diálogo y no de confrontación, de unión y no de división, de amor y no de odios, abrigando la firme esperanza de construir puentes que nos unan y no de edificar muros que nos separen. Ojalá que así sea.

Dr. Jorge R. Enríquez
jrenriquez2000@gmail.com
twitter: @enriquezjorge

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