Por Ricardo Raúl Benedetti. El autor expresa su desconfianza de las conducciones políticas piramidales como el presidencialismo
La exaltación mediática de un político, la ocultación de sus defectos, el perdón de sus pecados y el realce desmedido de sus virtudes para transformarlo en un mito viviente, desconfigura en él su visión de la realidad, y nos sumerge en una apatía peligrosa de las cuestiones de la cosa pública, cortándonos la posibilidad de crecer y alcanzar al fin la adultez social.
En pleno siglo XXI, continuamos en la búsqueda de un salvador, de un líder político que guíe a las masas mágicamente, convirtiéndolo en un caudillo de palabra santa para todo pensamiento que exprese, replicando en todos los medios posibles su imagen radiante y aforismos dignos de un prócer, otorgándole un halo prodigioso que le da a las masas la sensación de sentirse protegida, siendo provista de todo lo necesario para su existencia.
Aunque al tiempo nos demos cuenta que todo resulta ser parte de un meditado esquema de marketing y publicidad para encumbrar a este líder, claudicamos en nuestras iniciativas personales de trascendencia social, confiriendo derechos y obligaciones que por responsabilidades compartidas, nos corresponde administrar, como el espacio público en común, la salud, educación, etc.
No existe un solo programa de crecimiento progresivo, que surja de la impronta de un solo líder político. Tan solo consumarán algunas ideas que al tiempo serán tergiversadas como un relato perfecto, hasta transformarlas en hitos históricos populares, con el objetivo de perpetuarse en el gobierno a través del carismático apego que esta persona causó, encerrando a los pueblos en una disputa estéril de poderes, y limitando sus potencialidades para el beneficio de todo desarrollo social.
¿Y qué tipo de dirigentes sociales creamos en estos últimos tiempos? Salvo algunas excepciones de buen talante, vemos una gran mayoría de líderes autoritarios, creídos en poseer la absoluta verdad; mesiánicos, déspotas, abusivos, corruptos, manipuladores, tan solo deseosos de más fama y poder, la misma que al inicio de su trayecto como cuerpo social, nos relajó al punto de abandonarnos en esa corresponsabilidad ciudadana, dejándola toda en unas pocas manos.
Cada vez descreo más de las conducciones políticas piramidales como el presidencialismo, incluso la seguimos sosteniendo a sabiendas de los ejemplares beneficios que vemos en los sistemas parlamentarios, o en administraciones privadas exitosas como Google o Twitter sin una cabeza visiblemente expuesta en las decisiones, lideradas por múltiples equipos especializados en distintas temáticas, y desprovistos de personalismos que no hacen más que restringir la evolución y crecimiento progresivo de cualquier grupo social.
En épocas de eficientes tecnologías de comunicación interpersonal y transmisión inmediata del conocimiento, el liderazgo político permanente que recayó hasta ahora en una sola persona, se ha vuelto anacrónico, incluso es nocivo y perjudicial a las actuales exigencias sociales.
No existe persona alguna que pueda dar respuesta a todo desafío, es imposible incluso que un grupo interdisciplinario pueda hacerlo.
Terminar con los liderazgos unipersonales será vital para el despegue exitoso de cualquier nación. Reemplazarlos por administraciones colectivas, conformando estructuras de poder colegiadas y específicas en cada área, realzando la tarea en equipo en la búsqueda de los objetivos a cumplir, nos hará crecer y salvará de estos líderes perjudiciales, siendo el desafío político más importante de este nuevo tiempo que nos toca transitar.
Ricardo Raúl Benedetti
Secretario de Acción Política
Unión por Todos
@Ricbenedetti