Por José Angel Di Mauro. El silencio presidencial sólo se interrumpió para desautorizar a un ultra K. Las calles siguen ganadas por las protestas. Las alternativas que maneja el gobierno.
Referente de Néstor Kirchner en los 70, Carlos Kunkel se ganó para siempre la atención del exmandatario, algo que su viuda respeta. Con tal antecedente, el diputado del FpV siempre manejó información privilegiada y se animó a decir cosas sabiendo que no sería desautorizado luego. O más probablemente lo haría con el guiño oficial, como cuando en 2005 anticipó el desembarco de Cristina en territorio bonaerense, como candidata a senadora. Ratificó su condición de excelentísima fuente cuando en 2007 presagió la candidatura presidencial de la primera dama, en lugar de la reelección de su esposo.
Por eso cuando Kunkel dijo imaginar a Cristina Kirchner candidata “a algo” en 2015, nadie pensó que se estuviese cortando solo. Nadie imaginó que al día siguiente la Presidenta interrumpiría su silencio para refutarlo desde El Calafate a través de la agencia oficial Télam.
Hay quienes se resisten a pensar en una metida de pata del influyente diputado, y prefieren imaginar una puesta en escena en la que el de Kunkel sería el primer escalón hacia un esperado operativo clamor a instrumentar dentro de 18 meses, el plazo que el propio legislador dio en sus declaraciones. Está claro que Cristina no podría ser candidata a senadora, pues en los distritos donde ella puede postularse recién se elegirán representantes para la Cámara alta en 2017. En ese caso la hoy mandataria debería ser diputada, cargo que ya ocupó entre 1997 y 2001, y que no es precisamente lo que más le gusta. Hay quienes la han imaginado también candidata a gobernadora bonaerense, cuestión de apuntalar de manera fenomenal a un candidato presidencial kirchnerista. Antes debería asegurarse que a partir de 2015 el mandatario del primer Estado argentino no tendrá la dependencia del poder central que hoy ostenta.
Pero Cristina desmintió de plano la posibilidad de ser candidata sin darle tiempo siquiera a que tomara un poco más de un vuelo que se limitó a la tarde del feriado navideño y la mitad de la mañana siguiente. No suena a operación convincente. Más bien pareciera haber sido el deseo nomás de un ultrakirchnerista que quiso hacer su aporte para contrarrestar el “síndrome del pato rengo”, al que tanto teme el mundo K. Y una prueba más de que el círculo que tiene acceso a la Presidenta es muy reducido, en esta coyuntura post operatoria, más allá de que formalmente Cristina se haya reintegrado al trabajo.
Dicen los que más parecen saber de la actualidad presidencial que no es que la jefa de Estado se haya desentendido del día a día, sino que simplemente está haciendo caso a los médicos. Que ha dejado la administración del gobierno en manos de su jefe de Gabinete, pero ella está al tanto de absolutamente todo lo que sucede y mantiene el privilegio de tener la última palabra. Y que está satisfecha con haber dispuesto así las cosas, porque se ahorra el desgaste que hubiera implicado tener que exponer desde el atril ante las actuales circunstancias impuestas por los cortes de luz y el consiguiente clima de inestabilidad social que se vive en las calles.
Sorprendió a muchos el silencio oficial, que cumplió tres semanas, desde el discurso del festejo del 10 de diciembre que le dejó al oficialismo un resabio amargo porque entienden que se empañó al final, con la profusa difusión de imágenes de la Presidenta bailando, que entienden “malintencionada”.
El manual K dice que hay que mantenerse alejado de los conflictos que no han sido provocados por el propio kirchnerismo. Esa postura fue modificada solo en ocasión de las inundaciones en La Plata. Con el reposo post operatorio como excusa, se retomó esa actitud frente a los saqueos y los cortes de luz. En el gobierno están convencidos de que el discurso beligerante que debería esperarse de CFK no le aportaría nada positivo a su imagen.
La brasa caliente -nunca más adecuado el término- quedó en manos de Jorge Capitanich, que tras sus auspiciosas dos primeras semanas de gestión se internó en un campo de espinas. Ya maltrecho lo había dejado la crisis de las rebeliones policiales, pero ahora las protestas por la falta de luz lo magullaron aun más. Es que se trata de un tema en el que no hay decisiones que puedan adoptar para mejorar la situación, ni anuncio que compense las penurias.
La jugada más sorpresiva corrió por cuenta del jefe de Gabinete cuando el viernes anunció la intención de traspasarle el servicio eléctrico a la Ciudad y la Provincia. Sería la panacea para la Nación, que se desentendería de un tema que sólo se soluciona con plata que escasea, o tarifazos de fuerte costo político, que preferiría que pagaran otros. Ni Macri ni Scioli están dispuestos ni en condiciones de hacerse cargo del servicio, ni de regentear a las empresas; uno lo dirá sin reparos, el otro de la manera más sutil, pero el no está asegurado.
Con todo, en el gobierno celebraban el viernes por la tarde que si bien las protestas iban en aumento, las diatribas apuntaran mayoritariamente hacia las empresas distribuidoras de energía. Perciben los funcionarios que el reclamo más contundente que se le hace al gobierno es que proceda a estatizar las empresas. Es algo que no hará. Debería hacerse cargo de inversiones con un dinero que no tiene y se quedaría además sin chivo expiatorio.
Ahora en cambio sólo los entendidos reparan en que el Estado nacional es parte activa de las compañías cuestionadas. Más allá de la cuota parte que le asiste al gobierno por haber mantenido congeladas las tarifas -madre de todos los problemas- y no haber controlado como corresponde a través del ENRE, el 25% de Edenor le pertenece al Estado nacional, a partir de haberse quedado con las acciones que estaban en poder de las AFJP que el kirchnerismo estatizó. De tal manera, 5 de los 12 directores de esa empresa pertenecen al Estado. Es más, fueron designados por el hoy ministro de Economía Axel Kicillof.
Como las AFJP no tenían acciones de Edesur, ahí el Estado no tiene participación, pero sí cuenta con un veedor, Luis Barletta -vicepresidente del ENRE-, cuya función es fiscalizar y controlar toda la administración. Ante los micrófonos podrán decir lo que quieran, pero sería preocupante enterarse de que el gobierno ha sido tomado por sorpresa en esta emergencia.
La esperanza hoy está en aguardar que la temperatura descienda un poco, que baje la actividad por el feriado y apostar al receso por las vacaciones de enero. La confianza es lo último que se pierde en el gobierno, donde un funcionario del área de Julio De Vido confesaba contrariado el viernes, cual jugador de fútbol: “No estamos ligando”.
Como para contrariar aquella frase atribuida a Dante Dovena -hoy embajador argentino ante Uruguay-, referida a la suerte proverbial de Néstor Kirchner: “La mujer ideal tiene los ojos de Elizabeth Taylor, las tetas de Sofía Loren... y el culo de Néstor Kirchner”. Hoy parece que la suerte ha cambiado.