Por José Angel Di Mauro. Un episodio insólito rodeó los prolegómenos de la vuelta del gobierno al tradicional Tedeum en la Catedral Metropolitana.
Tan afecta a hablar de “la década”, Cristina vuelve este domingo a la Catedral de Buenos Aires exactamente diez años después de haber presenciado allí el Tedéum que detonó la ruptura de los Kirchner con el entonces cardenal Jorge Bergoglio. Como parte de su recompuesta relación con el hoy Papa, la mandataria reanuda la tradición que acompañó a todos los presidentes hasta que Néstor Kirchner decidió cambiarla.
¿Qué fue lo que motivó semejante enojo de parte de los Kirchner? La homilía del 25 de mayo de 2004, cuando Bergoglio hizo referencia a “las luchas internas, la ambición compulsiva y las componendas de poder que absorben las instituciones”. En otro pasaje, quien hoy el mundo conoce como Francisco expresó que “este pueblo no cree en las estratagemas mentirosas y mediocres. Tiene esperanzas, pero no se deja ilusionar con soluciones mágicas nacidas en oscuras componendas y presiones del poder. No lo confunden los discursos; se va cansando de la narcosis del vértigo, el consumismo, el exhibicionismo y los anuncios estridentes”.
“Me parece ver aquí una fuerte protesta contra los que se sienten tan incluidos que excluyen a los demás. Tan clarividentes se creen que se han vuelto ciegos, tan autosuficientes son en la administración de la ley que se han vuelto inicuos”, dijo el arzobispo en su mensaje.
El entonces presidente Kirchner no reaccionó intempestivamente. Por el contrario, al salir de la catedral calificó de “muy buena” la homilía y consultado puntualmente sobre si interpretaba que el obispo se había referido a su gobierno, consideró que el mensaje era “para todos”. Dos días después, el padre Guillermo Marcó, vocero de Bergoglio, respondió “posiblemente sí” cuando le preguntaron si aquello sobre “el exhibicionismo y los anuncios estridentes” aludía al kirchnerismo. Aunque luego aclaró que los mensajes estaban dirigidos a todo el pueblo argentino.
Más allá de posteriores aclaraciones, los Kirchner habían tomado ya una resolución para con la Iglesia en general y Bergoglio en particular. Poco antes del 25 de mayo de 2005, la Iglesia advertía sobre “el crecimiento escandaloso de la desigualdad” en un documento que escandalizó al gobierno, al punto tal que el Presidente lo calificó como propio de un partido político.
Para que no quedaran dudas de cómo veía a esos obispos, Néstor Kirchner anunció que no concurriría al Tedéum en la Catedral de Buenos Aires, razón por la cual Bergoglio decidió cancelar la ceremonia. El gobierno trasladó los festejos por el 195° aniversario de la Revolución de Mayo a Santiago del Estero, con Tedeum incluido a cargo del obispo Juan Carlos Maccarone, quien pronunció una homilía conciliadora y muy elogiosa para con sus visitantes. Maccarone era considerado uno de los obispos más afines al gobierno, que tomó prudente distancia cuando tres meses después vio al prelado envuelto en un escándalo sexual que lo obligó a renunciar ante el Papa Benedicto XVI.
Tal vez por eso Néstor Kirchner resolvió volver a la Catedral Metropolitana en 2006. En aquella homilía del 25 de mayo, Bergoglio volvió a hacérsela difícil. Advirtió que el poder y autoridad “nacen de la confianza, no de la manipulación, el amedrentamiento o la prepotencia”. Llamó a “no buscar el aplauso efímero de las masas”, y cuestionó “el internismo, la constante exclusión del que creemos contrario, la difamación y la calumnia como espacio de confrontación y choque”. A la salida del Tedeum, Alberto y Aníbal Fernández relativizaron la dureza del discurso. “Bergoglio le habló a toda la ciudadanía”, interpretó Aníbal Fernández, entonces ministro del Interior.
“Desdichado el vengativo y el rencoroso, el que busca enemigos y culpables sólo afuera, para no convivir con su amargura y resentimiento”, dijo ese mediodía Bergoglio ante un Néstor Kirchner con gesto adusto.
Ese mismo año, ante la tensión que existía entre las partes, Bergoglio ordenó a la Iglesia bajar el perfil y no hacer comentarios que pudieran afectar la relación con el gobierno. Pero su vocero deslizó un comentario que contradijo ese espíritu, al decir que “un presidente que fomenta cierta división termina siendo peligroso para todos”. En su respuesta, Kirchner redobló la apuesta: “Nuestro Dios es de todos, pero cuidado que el diablo también llega a todos, a los que usamos pantalones y a los que usan sotanas”.
En adelante, el gobierno hizo itinerantes las celebraciones y no regresó a la Catedral Metropolitana. En 2007 fue a San Rafael, Mendoza; en 2008 a Salta; luego a Puerto Iguazú (2009); Luján (2010); Resistencia (2011); Bariloche (2012) y otra vez Luján en 2013. Siempre se tomaba el recaudo de que las diócesis fueran cercanas al gobierno.
Este año encuentra a Cristina Kirchner viviendo una relación idílica con el Papa, muy distinta a la que supo tener durante su gestión y la de su esposo. Muy buena, a partir de haber sido la primera mandataria en ser recibida por el flamante Pontífice. Por eso no llamó la atención que desde el Vaticano llegara esta semana un saludo papal con motivo de la festividad de la Revolución de Mayo, ni tampoco que el gobierno se encargara de resaltarla profusamente. Es lo que acostumbra desde hace un año con toda señal proveniente de Francisco, cuyo aura decidió aprovechar cuando se convenció de que no podía cambiar el hecho de que hubiera en el mundo un argentino más poderoso que la Presidenta.
Lo que dejó perplejos a todos fue la desmentida posterior proveniente de Roma. No parecieron quedar dudas de que monseñor Guillermo Karcher, encargado de Ceremonial del Vaticano, había consultado con Francisco antes de hablar. Fiel a su estilo, el gobierno argentino comenzó a buscar responsabilidades en la Nunciatura por el blooper.
Nunca terminará de saberse cuánto de verdad hay en la vuelta atrás posterior, pero lo cierto es que en la Casa Rosada respiraron aliviados y consideraron que la situación se había resuelto satisfactoriamente. Pero que no todo sucedió como se ha explicado lo sugiere que el viernes a última hora funcionarios del gobierno seguían relacionando el episodio con una supuesta interna eclesiástica de quienes “no están satisfechos de la buena relación entre Cristina y Francisco”.
En este contexto la Presidenta volverá este domingo a la Catedral Metropolitana después de ocho años, a la espera de escuchar una homilía que sabe que será escrutada a fondo por los medios, pero que se descuenta que en el gobierno calificarán de “muy buena” y, en sus pasajes críticos, dirigida “a todos los argentinos”, y no a nadie en particular.
Si bien están expectantes por lo que el cardenal Mario Poli pueda expresar, la preocupación mayor hoy está puesta en el plano económico, donde igual que en la calle, parece haber concluido el veranito que lograron imponer en febrero las medidas del Banco Central. Más temprano que lo esperado, el dólar volvió a tornarse inestable y todos los indicadores productivos son negativos, lo que vuelve a hacer crecer la amenaza del infierno tan temido.