Tucumán no permitió el relanzamiento esperado

Por José Angel Di Mauro. El candidato oficialista apostaba un pleno en Tucumán y todo terminó saliendo de la peor manera. El plan para rediseñar la campaña sigue adelante y a través de terceros ahora Scioli sugiere lo que no puede decir.

Era un secreto a voces que Daniel Scioli estaba ansioso por llegar a la elección de Tucumán, para mostrarse allí levantándole el brazo al vencedor, celebrando así una resonante victoria que le permitiese comenzar a formar un rediseño de su campaña para octubre, luego de la sucesión de maltragos que debió sobrellevar a partir de las PASO. Estaba convencido de un triunfo holgado de Juan Manzur, porque así se lo había garantizado el propio José Alperovich, en función de las encuestas y los números de la elección del 9 de agosto como dato irrefutable. Ese día, la fórmula Scioli-Zannini le sacó 37 puntos de ventaja a Cambiemos, y 21 a la sumatoria de Macri y Massa.

Se sabe que el eje principal de la estrategia del candidato del FpV es recostarse en los gobernadores oficialistas, cuestión de darle a su campaña una impronta bien peronista, sector que aspira a captar en su conjunto con el objetivo de ganar en primera vuelta, su obsesión. Por eso fue el miércoles previo a la elección tucumana a esa provincia, para mostrarse rodeado de gobernadores y garantizarse la capitalización del triunfo de cuatro días después. Y el domingo viajó temprano a Tucumán, convencido de ser la figura central de los festejos.

En lugar de ello, quedó involucrado en el tortuoso laberinto en que se convirtió esa elección. No hubo festejos y más protagonismo terminó teniendo su rival Mauricio Macri, que a último momento decidió viajar para denunciar junto a José Cano lo que hacía varios días temían y ese domingo terminó confirmándose.

Tal como estaban las cosas, nada bueno podía salir de la elección en esa provincia, pero nadie podía imaginar que todo terminaría saliendo tan mal: denuncias de todo tipo en la elección, quema de urnas incluida; la represión a la masiva marcha del lunes, y la reiteración de movilizaciones durante el resto de la semana; con las protestas contra un sistema electoral arcaico que permitieron la hasta entonces impensada reunión de la oposición, brindando la fotografía preciada de Macri junto a Massa; con la esposa del gobernador tucumano dando otra vez la nota con un discurso en el Senado que le valió una denuncia ante el INADI…

A esta altura, el resultado de Tucumán es lo de menos. Puede haber ganado Manzur, como todo parece indicar, pero para el candidato presidencial oficialista ha sido casi una derrota.

Porque ya venía muy conversada la cuestión del sistema electoral desde que en las PASO la preocupación central de los candidatos pasó a ser garantizar la fiscalización de los comicios, ante la amenaza cierta de arbitrar los medios para inclinar la votación en el sentido del más fuerte. En Tucumán había serios temores, con el antecedente de las PASO, día en el que los macristas están seguros de que sus socios radicales no pusieron demasiado esmero en fiscalizar, reservándose todos los esfuerzos para la elección para gobernador.

Los sucesos en esa provincia fueron tema excluyente en el Congreso, que por primera vez en el año tuvo sesionando a las dos cámaras simultáneamente. Y en ambas ese tema y el del asesinato del militante radical jujeño generaron encendidos debates. Fuera del recinto, legisladores de la oposición confiaban en privado los peores métodos puestos en práctica no solo en los comicios tucumanos, sino de todo el país. Una diputada catamarqueña que fue candidata el 9 de agosto detallaba algunos de los manejos escandalosos que se dieron en su provincia durante una elección cuyo botón de muestra fue la aparición de un sobre que además del voto contenía 300 pesos… Conocedora del paño, iba más lejos al sugerir que “el fraude está tan bien armado que si abren las urnas en Tucumán, seguramente encontrarán que los votos que dicen tener están. Por eso el gobernador se anima a decir que las abran si quieren”.

Otro legislador cuyano contaba la utilización del “voto cadena”, que para ser puesto en práctica necesita apenas un sobre con la firma del presidente de mesa. Alguien falsifica esa firma y el sistema comienza a rodar… Para tratar de contrarrestarlo en parte, el legislador sugería cambiar los colores de los bolígrafos con los que el presidente de mesa firma, cuestión de dificultar la trampa.

Una diputada del PRO que fue fiscal general durante las PASO en un colegio de La Matanza aportaba su experiencia en esa difícil elección: “De diez presidentes aparecieron cinco, y de los cinco que no aparecieron, el FpV trataba de poner a sus fiscales como presidentes de mesa, cosa que no se puede hacer”. Aseguró que “trataron de patotear al pobre empleado del Correo”, y obviamente enfatizó en el robo de boletas. “Desaparecían boletas a lo loco, no dábamos abasto para reponer”. Un puntero de un candidato del FpV que perdió en Quilmes contaba a este medio el mecanismo sistemático de robo de boletas coronado finalmente en un colegio donde “se agotaron” las de la oposición… y arrasó el Frente para la Victoria.

Pero a estas prácticas “habituales” ahora se agregan maniobras en la elaboración o carga de los telegramas que consignan los resultados. Si el problema está ahí, no hay boleta única, ni voto electrónico que valga… Para encontrar la raíz del problema tal vez haya que tener en cuenta que la Argentina es uno de los pocos países donde la elección está a cargo del propio Poder Ejecutivo; el cambio del sistema electoral que finalmente debe abordarse debería contemplar en principio ese detalle.

En pleno debate sobre el sistema electoral, el candidato Sergio Massa se las arregló para ocupar el centro de la escena pidiendo cambiar la manera de votar y sugiriendo alternativas. Resultaba curioso en quien tras emitir su voto en las PASO sugería “terminar con el cuento de que en la Argentina se hace fraude”.

Lo que debería cambiarse definitivamente son los sistemas provinciales donde se permiten sistemas como el tucumano, que habilita el “acople”, una deformación de la ley de lemas creado para que nadie saque los pies del plato. Lo usa el oficialismo para evitar que los que quedan fuera de las listas terminen jugando para otro; el resultado son miles de candidatos, y peleas internas como las que se vivieron en esa caótica elección.

Daniel Scioli, está dicho, esperaba Tucumán para reencauzar la campaña. Se dice que los gobernadores le habían pedido que tras las PASO comenzara a ser “más Scioli” que soldado de Cristina. Los hechos que se sucedieron desde esa elección, inundaciones -sobre todo- incluidas, no le permitieron despegarse.

Sin embargo sobre el final de la semana comenzaron a aparecer señales en ese sentido. Primero apareció el salteño Juan Manuel Urtubey -cabeza visible de los gobernadores que le sugerían “sciolizarse”- hablando de un posible arreglo con los fondos buitre, admitiendo la pobreza -reivindicando de paso a Carlitos Tevez-, reconociendo que los productores de su provincia “están casi fundidos” y hasta admitiendo que Juan Manzur asumirá con “una mancha” de origen que es la controvertida elección que lo consagró. Luego los sindicalistas Gerardo Martínez y Antonio Caló anunciaron que Scioli les garantizó que si es presidente modificará el impuesto a las Ganancias, viejo reclamo gremial y promesa de la oposición.

Voceros peronistas anticipando lo que el candidato no puede decir pero se supone que piensa. Esa sería ahora la estrategia, mientras Scioli se las arregla para surfear dialécticamente. Habrá que ver la reacción de Cristina.

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