Por Dulce Granados. El presente es un texto de respuesta en referencia a comentarios periodísticos que vinculan la trayectoria legislativa de la diputada con el término “nepotismo”.
“Pensar en la familia a la hora de armar los equipos de gobierno “se denomina nepotismo, y es muy habitual en la provincia de Buenos Aires”. De este modo comienza, a grandes rasgos, una nota en la que, dentro de una extensa lista, también aparece mi nombre. Por esa razón quiero hacerles llegar mis dos puntos de vista respecto de la mención específica que se hace a mi persona en esa nota con un tema que ya hace años se ha vuelto recurrente en los medios y que ya he explicado –sin claros resultados, por lo que veo- en más de una oportunidad: sobre “mi apellido”.
En primer lugar me gustaría aclararles que llevo con muchísimo orgullo mis dos apellidos: mi apellido paterno, Visconti, por ser hija de Abel Visconti, del Dúo Los Visconti. Y a pesar de que hace más de 60 años que se ha nombrado en el ambiente folclórico el apellido “Visconti”; no es menor -después de más de 30 años trabajando para la Provincia de Buenos Aires- el apellido Granados. Hace ya más de 30 años que soy una activa militante política con una trayectoria que no se apoya en ningún apellido sino en mi trabajo personal e incansable. Llevo muchísimos años en la vida política, regional, provincial y nacional. Por lo que siento la gran responsabilidad de responder una vez más para aclarar mi independencia política y profesional del apellido marital.
En mi caso particular, aunque para ustedes resulte evidente que por el simple hecho de estar casada con Alejandro Granados fue él quien permitió mi ingreso a la política, debo contradecirlos con hechos concretos: en el momento de asumir mi primer mandato como Diputada Nacional, en el año 1993 por el distrito de Esteban Echeverría, no es él quien me coloca en esas listas.
El espacio legislativo que ocupé en aquella oportunidad lo gané gracias a la Ley de cupo femenino, a mi extensa militancia anterior, y lo mantuve con el trabajo territorial en el distrito al que pertenezco y que sirvió, entre otras cosas, para que algunos años después con la creación de Ezeiza como nuevo Municipio –al separarse de Esteban Echeverría- mi esposo arribara a la política ejecutiva en 1995 como el primer Intendente de Ezeiza siendo yo la precursora y responsable de su campaña a intendente.
No hace falta, entonces, realizar un análisis mucho más profundo para sacar las cuentas: Alejandro Granados asume como Intendente municipal en 1995 por el distrito de Ezeiza, mientras que yo llevaba mi segundo año como diputada en el Congreso de La Nación. Es de deducción sencilla, y está a la vista de todos por una simple correlación cronológica, que antecedo a mi esposo en un cargo político y partidario como Consejera del Partido Justicialista de Esteban Echeverría, mucho antes de lo que puedan o quieran dar entender como una maniobra de “introducir”, “colocar”, “acomodar”, “instalar”, “beneficiar” (o cualquier otro término que les permita la idea misma de nepotismo) a un familiar –en este caso a mí como cónyuge- en el ámbito político.
No es mi caso, y aunque si así hubiera sido no se “coloca” a alguien que trabajó duramente en el territorio y además favorecida por la encuestas y la voluntad popular. De hecho, llevo ya mi cuarto período como Diputada de la Nación, que intercalo con un período como Diputada de la Provincia de Buenos Aires.
Deben saber, además, que estoy de acuerdo con la ley de “reforma política” presentada por el ejecutivo bonaerense, con la que podremos dar un debate serio y responsable respecto de una reforma política real, profunda y a conciencia.
No soy quién para evaluar o condenar las prácticas de nepotismo suponiendo, claro, que el término se aplique correctamente en cada uno de los casos. Sin embargo, mi accionar político y legislativo en ese camino demuestra que mi posición ante el hecho de tener en primer lugar a la familia a la hora de armar los equipos de gobierno ha sido siempre la misma.
Porque lo he dicho en reiteradas ocasiones y, lamentablemente, no han tenido el eco suficiente como para que este tema esté zanjado de manera definitiva.
Yo sigo siendo la misma persona.
Soy la misma persona que levanta hace años la voz en contra de la continuidad indefinida de los cargos ejecutivos, que ni se delegan ni se heredan.
Soy la misma persona que se negó a presentarse en las últimas elecciones de mi distrito precisamente por este tema, bajándome por mi propio pie de una lista donde tres ya éramos muchos. De modo que me gustaría que no se me involucre en una lógica borgiana que está realmente lejos de la realidad.
Por supuesto que al no estar prohibido ni tipificado ni legislado, no podemos cercenar el derecho de nadie, sea familiar o no, cercano o no, a candidatearse u ocupar un cargo dentro de los equipos ejecutivos y o legislativos. Por eso la propuesta debe ser plantearnos y debatir una reforma profunda y sincera que, lejos de confundir más las cosas, nos permita clarificar el punto de madurez política al que todos deseamos llegar como pueblo.
En cuanto a Alejandro Granados les aclaro que en línea sucesora entre hijos, hermano y nietos, más él mismo, suman un total de 11 apellidos Granados. Yo tengo algo más que dos apellidos. Tengo la confianza de los que me llevaron a la integrar las listas que son el pueblo, constituido por hombres y mujeres de mi Distrito de Ezeiza.