Urge eutanasia para un mal invento

Por Daniel Bosque. Ante el desbarajuste del tarifazo del gas, el autor sugiere barajar y dar de nuevo. Admitir el fracaso de la experiencia y replantear todo de nuevo.

Ya está. Ya fue. Y mientras más tiempo demore el gobierno en prolongar su agonía, en decretar su muerte, no hará otra cosa que perder las afinidades y simpatías que tanto le costó conquistar.

No lo dicen en público, porque sería traicionar códigos y juramentos, pero al interior de las gasíferas, las supuestas beneficiarias del tarifazo, ya se admite que el enredo los ha colmado. Y no son pocos los que piensan que todavía puede venir lo peor.

“Vamos a ir viendo” era la respuesta fácil de los funcionarios del cuestionado MINEM, y también de los gerentes más talibanes. Pero, previsiblemente, las energy tax han traído zozobra a millones de consumidores. Como la derrota es huérfana, ahora cuesta hacerse cargo. Y si alguien cree, en los despachos oficiales o de las empresas prestatarias de que un per saltum legitimará lo que lo opinión pública está condenando, está en un error.

Probablemente no hayan leído la letra chica y se guiaron por los dichos de sus asesores. Hace poco más de un mes, nada, Rogelio Frigerio y los gobernadores peronistas que le abrazan corrieron del volante a Juan José Aranguren e hicieron su Congreso de Tucumán 2016 del Gas para anunciar la Resolución 99 (400 y 500% para todos y todas). Poco ha sobrevivido la criatura porque resulta que no resolvía el fondo de la cuestión. El invento era tramposo, tenía en su base angular el sistema de penalizaciones que urdió el kirchnerismo en su era de congelamientos y subsidios.

Así es la Argentina. Este fin de semana, buscando explicaciones, las transportadoras y distribuidoras se lamentaban de que este otoño hizo mucho frío. Como si un vendedor de paraguas se quejara de tanta lluvia. Ya pasó el Bicentenario con sus desfiles y se fue don Juan Carlos.

Ahora sólo queda que el cuadro tarifario 2016, tan anhelado por las empresas y sus accionistas sea enterrado, con o sin honores, con o sin Aranguren, el gran candidato a pato de la boda.

La mentada readecuación no ha sido otra cosa que otra chapuza nacional, la gran última del segundo centenario. Los sueños compartidos de empresarios y burócratas que no ven más allá de sus narices. Mauricio Macri puede dar todos los consejos que quiera sobre el ahorro y la eficiencia energética de los ciudadanos. Pero este es el momento de rebobinar. Y de refacturar.

Toda receta es bienvenida: financiaciones, cuotas, tarifas planas. Pero el quid de la cuestión es cuanto cobrarle al usuario – cliente – consumidor.

Nadie habla de volver a las estrambóticas tarifas K. Se trata de hacer las cosas bien, como pide la población, jaqueada por sus pequeños y apretados números de gas, electricidad y agua. Es una oportunidad inigualable para desmentir las críticas opositoras de que este es “el gobierno de los ricos”. Para comenzar el tercer centenario con un poco de sensatez.

Francisco Badía Vidal, el catalán que condujo Gas Natural BAN en los albores de la privatización, decía con entusiasmo que un cliente insatisfecho es un fracaso para cualquier compañía de servicios públicos. La suma, entre todos los abonados a los servicios esenciales, este año da millones. Sólo cabe barajar y dar de nuevo.

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