El proyecto de bancarizar la Argentina

Por Daniel Novelle. Los bajos niveles de inclusión financiera en Argentina obedecen a múltiples factores: alto porcentaje de ingresos en negro, falta de formalización tributaria y demasiada documentación requerida por los bancos. Pero hay motivos menos palpables; por un lado, la crisis de 2001 terminó de fragmentar la confianza de la gente. Por otro, existe un enorme desconocimiento sobre las ventajas que trae el uso de las herramientas financieras.

De acuerdo con datos del Banco Mundial, en Argentina el 50% de la población adulta tiene una cuenta bancaria, mientras que la proporción a nivel mundial es del 62%. Dentro de la región, nuestro país esta por debajo de Chile, Brasil y Costa Rica, pero a nivel mundial la diferencia es aún mayor: en Dinamarca, Noruega o Suecia, el 100% de los adultos tiene cuenta bancaria, mientras que en Alemania u Holanda, esa cifra alcanza el 99%.

Desde hace años, el Banco Central tiene entre sus prioridades impulsar la bancarización de la mayor parte de la población. El proceso comenzó en 2001, imponiendo a las empresas la obligación de pagar los salarios mediante cuentas bancarias y continuó en 2002, con la devolución del 5% del IVA en compras con tarjetas de débito. Pero adquirió mayor impulso en los últimos tiempos con la implementación de cajas de ahorro y transferencias inmediatas gratuitas. El uso de servicios financieros formales permite ahorrar y financiarse con herramientas seguras, así como también canalizar ahorros improductivos en capital productivo.

Actualmente el sistema bancario argentino tiene 62 bancos operando, de cuales 13 son públicos y 49 privados. Sin embargo, la distribución de las sucursales y casas bancarias muestra una alta concentración en algunas regiones y deja localidades sin asistencia financiera. En un territorio de casi 73.000 kilómetros cuadrados, Formosa tiene solamente 139 cajeros automáticos, pero la mayoría están en la capital de la provincia. Catamarca y Tierra del Fuego tampoco llegan a los 150 cajeros automáticos. Lo mismo ocurre con las sucursales bancarias: de las casi 4.500 que hay en el país, más de 2.000 están distribuidas entre la Provincia de Buenos Aires y la Capital Federal.

Pero el desarrollo no se alcanza solamente con presencia de filiales y cajeros automáticos. La desconfianza en el sistema bancario generada por los vaivenes económicos, hizo que los argentinos direccionen sus ahorros a la compra de dólares o de inmuebles, sin considerar la posibilidad de volcarlos al sistema financiero a través de inversiones. En consecuencia, los bancos, al tener menos depósitos tienen menor capacidad para prestar dinero, lo que restringe el acceso al crédito de proyectos productivos. En el país hay millones de pesos y dólares durmiendo improductivamente, pero la demanda de cajas de seguridad se sigue incrementando.

La desconfianza está impregnada de otro obstáculo: la escasa comprensión de conceptos, herramientas y productos financieros. Por eso, la alfabetización financiera se convirtió en un desafío y una prioridad, tanto para el sector público como para el privado.

Los bancos y la inclusión financiera

En 2015, la autoridad monetaria nacional creó el programa El Banco Central va a la escuela, diseñado para chicos de los últimos grados de la educación primaria. El taller llegó a más de 100 escuelas primarias y 7.000 alumnos. El objetivo fue acercar contenidos de educación financiera, enfocados en el conocimiento de los medios de pago electrónicos y el funcionamiento de los bancos. Además, trabajan con el portal web Banco Central Educa, donde vuelcan contenido para niños y jóvenes.

Siguiendo esta línea, muchos bancos tomaron cartas en el asunto. Para Milagro Medrano, Gerenta de Relaciones Institucionales de Banco Macro, “la banca es sostenible en el tiempo sólo si las políticas de inclusión financiera son exitosas”. Además de ser un banco sumamente federal (más del 75% de sus filiales están repartidas en el interior del país), Banco Macro lanzó en 2015 el portal web Cuentas Sanas, una iniciativa diseñada para explicar de manera sencilla como funcionan los productos y servicios bancarios más básicos. El Macro también desarrolla talleres en todo el país con el propósito de fomentar la educación financiera, los cuales ya se dictaron en 23 ciudades de 10 provincias argentinas.

Otra iniciativa interesante la tuvo hace unos años el Banco Ciudad, que instaló una sucursal en Los Piletones, un barrio humilde de Villa Soldati. Allí, además de atender las operaciones habituales, cuentan con asistentes sociales y especialistas en microfinanzas. Para apoyar el desarrollo de los sectores más postergados, la entidad brinda la posibilidad de obtener una cuenta bancaria solamente con la presentación del DNI. También Banco Provincia, a través de su empresa de microfinanzas, viene trabajando en la bancarización e inclusión de pequeños emprendedores que no cuentan con la ayuda del sistema formal de financiamiento.

En el mes de junio, el BICE lanzó una línea llamada Primer Crédito PYME, que busca fomentar el acceso al crédito de pequeñas y medianas empresas, para que puedan financiar sus proyectos de inversión, reconversión o modernización productiva que mejorarán su competitividad. De esta manera, el BICE pone el foco en la inclusión financiera de las PYMES, un actor clave en el crecimiento y la generación de empleo.

Por su parte, el Banco Crediccop promueve acuerdos con entidades de la Economía Social. La historia de este banco se remonta a las Cajas de Crédito, que nacieron como consecuencia de la comunión personas que no eran atendidas por la banca tradicional. Es una entidad, de carácter nacional y de principios solidarios, que atiende todos los segmentos; para su presidente y diputado nacional, Carlos Heller: “los servicios financieros son de interés público, por lo cual bregamos por una legislación que proteja a los usuarios. Estamos convencidos que este enfoque contribuirá a la formalización de la economía y a la construcción de una sociedad más equitativa”.

Punto de llegada

El Banco Mundial trazó como objetivo primordial el acceso universal a los servicios financieros formales en 2020. Para acercarse a la meta, que dudosamente se alcanzará para esa fecha, tendrán que articularse políticas que impulsen una fuerte educación financiera. Los canales tradicionales (sucursales y cajeros automáticos) no son suficientes. Será necesaria una recuperación constante y paulatina de la confianza, que los bancos deberían impulsar con estímulos e incentivos. De este modo, lograrán incrementar sus carteras e ingresos, además de potenciar la economía formal.

Es un proceso que llevará tiempo, pero traerá réditos a corto plazo.

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