La crisis terminal en Brasil, el PJ en su laberinto y el as de espadas

Por José Angel Di Mauro. Cuando nuestros socios principales comenzaban a dar muestras de una recuperación que ineludiblemente se transmitiría a nuestro país, estalló una crisis que se llevará puesto no solo a su presidente. Los aprestos en un peronismo bonaerense que está lejos de ponerse de acuerdo y las alternativas que maneja Cambiemos.

Nunca la dicha es eterna, y los buenos momentos son efímeros. Bien podría tomar estas dos sentencias Mauricio Macri para incluir en las memorias que algún día escribirá evocando las dificultades de la gestión. Mientras transcurría la última parte de su periplo oriental, marcado por acuerdos que involucran miles de millones de dólares, promesas de inversiones y el optimismo que los viajes al exterior le despiertan al Presidente, llegaron las malas noticias.

La ilusión de que finalmente comenzaran a alinearse los planetas para favorecer al fin a la administración de Cambiemos se había iniciado con una serie de indicadores económicos que a partir de marzo comenzaron a dar “para arriba”, y sobre todo la confirmación de que finalmente la recesión en Brasil había quedado atrás. Por primera vez, tras ocho trimestres de contracción, la actividad económica de nuestro principal socio se expandió durante los primeros tres meses de 2017. El despegue del Brasil traería consecuencias positivas para nuestro país, en algunos casos inmediatas, como en el rubro automotriz. Pero de manera inesperada estalló un escándalo que más temprano que tarde se llevará puesto al presidente Michel Temer, y desde entonces ese país quedó sumido en la incertidumbre. Lo que vaya a suceder, que pase cuanto antes: cuanto más tiempo demore la incertidumbre, peor.

No hay analista que considere que la crisis brasileña no impactará en la Argentina. En principio, demorará nuestra recuperación. Habrá que esperar una suba del riesgo país, y hasta eventualmente una devaluación. Las economías regionales y el sector automotriz resultarán afectados. Un dato concreto aporta el economista Dante Sica: por cada punto que crece Brasil, nuestro país crece 0,25%.

Difícilmente entonces en el futuro inmediato Brasil pueda despertar ilusiones para nuestra economía, que hace rato ha dejado de ser materia confiable para un gobierno que se hace a la idea de que deberá afrontar el desafío de llegar a las elecciones con los votantes con los bolsillos flacos. Todo un experimento que podrá marcar un antes y un después si el oficialismo resulta airoso.

Con todo, el gobierno está confiado y apuesta a la obra pública y -quién diría- a la política. En el primero de los casos, pone énfasis en el eslogan que pretende sea una marca registrada de la administración macrista: “Hacer lo que hay que hacer”, jugando con el contraste hacia el pasado. En cuanto a la política, hace el trabajo fino distrital que le facilita su condición de ser gobierno. Una señal en ese sentido dieron esta semana un grupo de gobernadores opositores, autoconvocados en la Casa de Entre Ríos. Participaron el anfitrión, Gustavo Bordet, el cordobés Juan Schiaretti, el riojano Sergio Casas, la catamarqueña Lucía Corpacci, el tucumano Juan Manzur, la fueguina Rosana Bertone, el chaqueño Domingo Peppo y el misionero Hugo Passalacqua, más el vicegobernador de la jaqueada Santa Cruz, Pablo González. Todos peronistas, menos el gobernador de Misiones, de origen radical, pero miembro del Frente de la Concordia que se vinculó mucho al kirchnerismo, pero que hoy se muestra colaborativo con el gobierno de Cambiemos. En ese almuerzo hablaron de “empezar a trabajar después de octubre por un nuevo peronismo” que ya no sea dependiente de la escenografía bonaerense, pero en un mensaje hacia la Rosada plantearon que las próximas “son elecciones distritales” y plantearon el compromiso de otorgar “gobernabilidad” a la administración central.

Ese es el trasfondo de una negociación que desarrolla el gobierno a través del ministro Rogelio Frigerio con varias provincias, de modo tal de no jugar fuerte en las elecciones locales, y que los gobernadores hagan lo propio a nivel nacional. Una jugada de difícil interpretación, pero que se puede vislumbrar con la decisión de José Manuel de la Sota de no participar como candidato en Córdoba.

Pero más allá de lo que suceda en las elecciones en cada distrito, la que cuenta de manera especial porque será la que defina los titulares del día después, es la de la provincia de Buenos Aires. Allí el peronismo presenta un panorama complejo que tiene pendiente al gobierno nacional, convencido de que su suerte depende de las candidaturas que presente el peronismo y de la cohesión que ese sector transmita. En ese contexto Florencio Randazzo inició de manera virtual -ya que no formal- su campaña mostrándose con el padre Pepe en Villa La Cárcova. Y a través del video que difundió su verdadero jefe de campaña, el intendente de San Martín Gabriel Katopodis, se escuchó su voz tildando de “insensible” al gobierno nacional y confesando sentir “la obligación casi de ser candidatos”.

El exministro, que venía mostrando cierta debilidad al deshilacharse la liga de intendentes con la que esperaba contar, ganó fuerza a partir de la fallida reunión convocada por el kirchnerismo duro y La Cámpora, que numerosos intendentes decidieron “vaciar” por “presencias indeseables”. El desaire que sufrió sobre todo Máximo Kirchner fue un mensaje contundente: si la expresidente no le pone el cuerpo a la elección no será lo mismo, y tampoco estarán dispuestos en ese caso a hacer lugar a los nombres que pida el cristinismo en las listas.

Mirando con detenimiento lo que sus principales adversarios hacen está Cambiemos, que parece tener más o menos ordenada las listas, pero sabe de sus carencias, sobre todo en la tercera sección electoral, donde hoy admiten estar 700 mil votos abajo. Muchos dan por definidos los nombres, pero no tienen apuro por anunciarlos. Una calificada fuente bonaerense admitió a este medio que los candidatos probables son los que circulan -Esteban Bullrich, Facundo Manes, que figuran para encabezar las listas-, pero “nada está definido”. Esperarán hasta el último día, anticipó esta semana Rogelio Frigerio. ¿No sería conveniente adelantarse, tratándose de nombres que habrá que instalar? No lo creen así en el oficialismo, donde confían tener al as de espadas que esta última semana hizo un raíd mediático en el que volvió a mostrar que puesta en campaña es cosa seria: la gobernadora.

Pero si algo tiene claro María Eugenia Vidal es que no debe descuidar la gestión, para no exhibir flancos débiles. Un conflicto abierto sigue siendo el de los docentes, donde el gobierno provincial piensa haber ganado la batalla mediática, pero en la medida que persista podría volvérsele en contra. Al menos ya se definió la interna del SUTEBA, donde Roberto Baradel resultaba ser “el mal menor” ante la izquierda dura. En el gobierno provincial reconocen al sector que encabezaba Romina del Pla como “un sindicalismo más cristalino, pero son irreductibles, no podríamos negociar nada con ellos”. Sorteada esa instancia, la gobernadora cree que ya están dadas las condiciones para cerrar esa paritaria, pero por lo bajo advierten en su entorno que “si no lo hacen es porque Baradel quiere mantener el conflicto hasta después de las elecciones para beneficiar al kirchnerismo”.

Otro tema que siempre es complejo para los gobiernos bonaerenses es el de la seguridad. Ahí la gobernadora acaba de cambiar al jefe de la Policía, en una medida que desde el gobierno provincial trataron de minimizar, negando un conflicto. Según pudo saber este medio, sí había ciertas desinteligencias, y citaron puntualmente una. Cuando el año pasado la gobernadora dispuso un aumento especial para los policías que patrullan, el comisario Pablo Bressi expresó su desacuerdo, entendiendo que el incremento debía extenderse a toda la fuerza. Cuentan que cuando Vidal le dijo al nuevo jefe, Rubén Perroni, lo que quería con la policía, y que ello incluía investigar a fondo la corrupción en la fuerza, el comisario estuvo de acuerdo. La idea de la gobernadora es “investigar todo, no vamos a cajonear nada”. Admite que es una premisa “muy difícil”, y que esa tarea va a llevar años, al punto que no va a estar solucionado el problema durante su mandato, pero “había que comenzar de una buena vez, si queremos lograrlo”.

A propósito de su mandato, María Eugenia Vidal aclara que no piensa en su reelección. No sabe qué va a pasar en 2019 y advierte que eso lo tiene que hablar no solo con Mauricio Macri, sino también con su familia. Y obviamente no piensa en postularse para presidenta en 2019. “Ni se me ocurre”, dice, convencida de que el candidato tiene que ser Macri. “Siempre cierra sus ciclos así; lo hizo en Boca, en el gobierno de la Ciudad… Unos primeros cuatro años duros, de cambio, y una segunda etapa donde se ven los cambios que impulsa”, señala la gobernadora como jefa de campaña.

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