La estrategia sinuosa de CFK, con un final que develará en un mes

Por José Angel Di Mauro. El Día de la Patria sirvió de excusa para que protagonistas de estas legislativas comenzaran a darle calor a unas elecciones en las que la economía, el pasado y las denuncias serán protagonistas. Carrió estiró la cuerda, pero se cuidó de no romperla.

Para Néstor Kirchner, la clave de la gobernabilidad se resumía en pocas palabras: “caja e intendentes del Conurbano”. Tal la definición que el propio santacruceño confiaba ante los propios cuando aceptaba revelar la fórmula para la victoria en la que confiaba y para la que trabajó desde el primer día. Por eso decidió tratar directamente con los intendentes. Por eso en los actos, el gobernador -ya fuera Felipe Solá o Daniel Scioli- oficiaba de invitado y no de anfitrión.

Discípula al fin, su esposa mantuvo la estrategia cuando lo sucedió en la primera magistratura, y la potenció al enviudar. Es lo que justifica el nivel de adhesión que Cristina Fernández de Kirchner conserva en la provincia de Buenos Aires, fundamentalmente en las zonas más populosas, con especial incidencia en la tercera sección electoral. Allí donde el oficialismo parece estar 700 mil votos abajo.

En el “súper jueves” político en que se convirtió el último 25 de Mayo, la expresidenta fue la figura central. Por peso específico y por la expectativa que sigue despertando. Y hasta por el horario, eso que el kirchnerismo aprendió a administrar tan bien en tantos años de ejercicio del show mediático. Oficialismo y oposición se repartieron la pantalla: mientras Martín Lousteau ocupó el modesto espacio de la primera tarde; Sergio Massa y Margarita Stolbizer se mostraron a la hora de los noticieros y luego salieron de gira por los canales; Marcos Peña apareció a la medianoche para tener la última palabra, como en los informes que da mensualmente en el Congreso. CFK, por su parte, copó el raiting en el horario central durante algo más de una hora y media, en un programa que tuvo formato de entrevista, aunque careció de preguntas complicadas. La exmandataria manejó los tiempos y los tonos, y cada vez que alzó la voz no encontró resistencia alguna, salvo cuando sus interlocutores intentaron avanzar en torno al papel que tendrá en las elecciones; ahí ella transparentó lo establecido previamente al señalar: “Quedamos que hablábamos hasta acá con el tema internas”.

Ya había dejado el título: “Si es necesario que sea candidata para lograr mayor cantidad de votos, lo soy”. ¿Cómo debe tomarse semejante definición? Hace una semana todos daban por seguro que no competiría, luego de que apenas unos días antes era un hecho que lo haría. Y así como en el acto en el SADOP pareció cerrar las puertas de una candidatura, al día siguiente su gente más cercana sugería lo contrario. Idas y vueltas que revelan una estrategia que seguirá así hasta el 24 de junio; para el cristinismo no es ningún negocio adelantar sus movimientos, por lo que al resto solo le cabe especular.

Lo que dejó claro es que no competirá en las PASO, jamás se sometería a semejante prueba aunque tenga todas las de ganar; Cristina no le dará cartel a nadie de su propio palo. “Hablaría muy mal de mí si me pongo a discutir con alguien que fue mi ministro durante ocho años”, dijo, bajándole el precio a Florencio Randazzo. El exministro insiste en rechazar una lista de unidad, como ha sugerido el cristinismo, y rechaza ir por afuera. Atentos a su accionar en 2015, habrá que creerle cuando dice estar dispuesto a irse a su casa si no le conceden lo que reclama. La pregunta es qué harán los intendentes que juegan con él en ese caso; tal vez sea la razón por la que sean tan pocos.

¿Y si Cristina no juega? El peronismo no tiene muchas figuras para mostrar. Si bien se conocen las desavenencias entre ambos, Daniel Scioli era número puesto para encabezar, participara o no la exmandataria, pero el exgobernador no se repone del affaire amoroso que lo mantiene en silencio desde hace dos semanas. Si bien sigue recorriendo el Conurbano como si estuviera en campaña, lo que necesita es arreglar el conflicto con Gisela Berger, y por ahora no hay señales. Y el tiempo pasa… Verónica Magario sigue siendo el nombre que se baraja para el caso de que Cristina no sea candidata, pero la intendenta de La Matanza no está convencida, aunque el desafío sea tentador: preferiría seguir al frente de un distrito que asemeja a una provincia. Pero pesará seguramente la postura de su mentor, Fernando Espinoza, que preferiría verla en el Congreso a fin de año, mientras él se propone volver a la intendencia en 2019.

Más allá de las cabezas de listas, a Cristina le interesa discutir el interior de las mismas. Durante sus años en el poder se acostumbró a reservar todos los lugares exclusivamente a los leales, de ahí que dejara en ambas cámaras un número tan grande de ultra K, muchos de los cuales terminan a fin de año sus mandatos. La expresidenta sabe que ya no tiene injerencia en las listas del interior, por lo que se propone monopolizar el armado bonaerense. Aunque una cosa es que ella figure en las listas y otra que no.

Habrá que reconocer la capacidad de movilización del massismo, que así como en 2015 llenó el José Amalfitani, ahora hizo lo propio en el Direct TV Arena de Tortuguitas. La estrategia de la dupla de “1País” -tal el nombre del frente que armaron- apunta a no hablar del pasado, sino de los problemas del presente, por eso hacen eje en la economía, a la espera de que ese factor prevalezca en la campaña. Plantean que hay que dejar de lado “la grieta”, pero lo que buscan desesperadamente es esquivar la polarización que puede dejarlos terceros lejos, el peor de los mundos. Aunque también intentó Sergio Massa hacer su aporte a la polarización al proclamar la disyuntiva de “elegir entre un gobierno de ricos y otro de ladrones”.

El armado dentro del oficialismo aparenta ser más apacible, aunque puertas adentro se advierten las tensiones lógicas de espacios donde hay que repartir entre las fuerzas que integran Cambiemos. La UCR tiene la promesa de que le respetarán las bancas que expone, pero quiere más y en ciertos distritos las discusiones están lejos de ser amistosas. Y la Coalición Cívica, como parte del acuerdo para que Elisa Carrió no insistiera en jugar en la Provincia y encabece en Capital Federal, pide nueve lugares. Lilita querría tres diputados en la Ciudad, otros tantos en provincia de Buenos Aires, uno en Santa Fe, uno en Córdoba, uno en Chaco y otro en Mendoza o Entre Ríos. Pero la relación se tensó a partir del sábado de la semana pasada cuando encendió luces de alarma al advertir sobre un “cansancio moral”, y -peor- al señalar que “nunca creí que me podría pasar esto en un gobierno de Cambiemos”.

Cuando días después volvió a reclamar la salida de Silvia Majdalani, y le dijo a Marcelo Longobardi “no sé qué voy a hacer si la sigue sosteniendo”, pareció que la sangre llegaba al río. Trascendió que el Presidente se molestó en serio por semejante ultimátum, pero el pragmatismo de Lilita llegó a tiempo para evitar el desmadre: ratificó su pertenencia “al gobierno de Cambiemos” y aclaró que su relación con Mauricio Macri “es excelente y sincera”. Al día siguiente redobló su alineamiento al asegurar que jamás romperá Cambiemos.

Con más cintura política que muchos de los que la tildan de inestable, Carrió sabe que la sociedad que la respalda no le perdonaría que pateara el tablero. Más allá de que en su momento abandonó la Alianza, no tiene la menor intención de ser la “Chacho” Alvarez de Cambiemos. Que le pregunten sino a los encuestadores cuantos puntos ha caído la imagen de Martín Lousteau desde que abandonó la embajada en Estados Unidos para venir a hacer campaña a Buenos Aires…

Con sus modos peculiares, Carrió logra mientras tanto ciertos objetivos. Por ejemplo y muy especialmente logró sacar al gobierno de la modorra de meses en los que deliberadamente se desentendió de la investigación de los sobornos que Odebrechet confesó haber pagado en la Argentina. A partir del accionar de Carrió y la verificación de que el kirchnerismo actúa sobre ese tema como acusador, en lugar de acusado, el gobierno llegó a la conclusión de que los brasileños quieren imponer sus condiciones y por eso el único nombre salpicado ha sido hasta ahora el de Gustavo Arribas, amigo personal de Macri. Se sabe que hay una maraña de exfuncionarios K, políticos y, sobre todo, empresarios, empeñados en que no avance la investigación sobre los destinatarios de los 35 millones de dólares pagados como coimas. Una cifra, dicho sea de paso, fue establecida por la propia Odebrecht.

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