Un sentido abrazo a La Rioja

Por Hugo Domingo Bruera. El general retirado y exsecretario del Ejército recuerda la destacada carrera del ahora ministro de Gobierno Alejandro Moriconi.

Recibí un mensaje desde La Rioja y me subí rápidamente al auto para transitar los 900 km. que la separan de Rosario. Cuando llegué, los medios transmitían la tristeza de la gente, su gran arraigo cristiano, motorizaba más profundamente su condolencia por los derechos violados y hasta impotencia y algo de culpa. Un cadete de la Policía provincial había muerto, víctima de la prepotencia humana.

En consecuencia, mi amigo Alejandro Moriconi, de inagotable condición humana, necesaria para el momento, asumiría ahora como ministro de Gobierno. Años atrás, habíamos trabajado juntos en la Secretaría general del Ejército desde donde acompañamos, sobrellevando las lógicas resistencias; la política de Derechos Humanos nacional e internacionalmente aceptadas. Sus méritos lo hicieron Jefe del Regimiento Riojano. Se integró tanto al pueblo provinciano que la conducción militar de entonces, (Cuyo principal exponente hoy está preso), sintió celos y lo relevaron a destiempo. Pero Alejandro es un tipo fiel a sus convicciones y pidió el retiro. Al otro día un matutino local titulaba afectuosamente la primera página: “Moriconi deja el Regimiento, pero no La Rioja”. Me comuniqué desde Perú a donde me habían enviado también a destiempo. Aunque con pena por la incertidumbre que vendría, elogié su decisión: “Quédese donde lo quieran y no dónde lo desprecien”. También yo estaba donde más me apreciaban, en el Ejército Peruano, en el cual pasé mis últimos días de General activo.

Me vinieron a la memoria, hechos que, aunque de mayor peso histórico, de mecanismos institucionales similares. El más emblemático, el del General Perón, (Querido u odiado, asunto aparte), reconocido internacionalmente por su labor por los derechos sociales, no fue reivindicado como propio por la institución que lo formó, hasta el siglo XXI.

Alejandro comenzó una nueva vida civil. Su titulación de abogado le permitió abrir su estudio y dar clases en la Universidad. La gran cultura y capacidad de comunicación lo hicieron frecuentar medios locales con escritos contundentes en favor de los derechos de la gente. Trabajó en el Tribunal Superior de Justicia, obtuvo otras licenciaturas y se doctoró en Relaciones Internacionales. Su trabajo como abogado, resultó muy importante para el Gobierno. La Universidad de Massachusetts, también lo contó entre sus egresados de post grados.

Y allí estuvimos la tarde anterior a la ceremonia. En su hogar, tan humilde como sus orígenes, conversado sobre el futuro, mate por medio. Al día siguiente, juraba como ministro de Gobierno, Justicia, Seguridad y Derechos Humanos. Encontré a varias personalidades que pasaron por este Congreso Nacional: Alejandra Oviedo, Griselda Herrera, el “Gitano” Quintela y algún conocido más. Ningún otro militar estaba allí, y de nuevo la institución castrense, perdía la oportunidad de reivindicar la pertenencia de alguien meritorio. Al finalizar, el gobernador nos invitó a ambos a su oficina. Sus palabras fueron de alguien compungido por el hecho doloroso, pero con fe en enderezar las circunstancias. Me pareció un gran hombre. Agradeció que estuviera acompañando al amigo. Nos invadía la nostalgia, la tristeza por el hecho desgraciado en la Escuela de Policía y a la vez la emoción por tan noble y ardua tarea al distinguido amigo quefuera mi discípulo y que lo mostraba tan decididamente comprometido. Nos abrazamos y nos despedimos. Yo… que les voy a decir: …yo tenía los ojos llenos de lágrimas.

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