El aborto, al margen de la fe

Por Aníbal Hardy. El autor sostiene quela vida humana comienza con la concepción, y que, por lo tanto, no es competencia de los legisladores decidir sobre el irrenunciable derecho a la vida.

El nacimiento de un niño es una radical innovación de realidad: la aparición de una realidad nueva. Se dirá tal vez que no propiamente nueva, ya que se deriva o viene de sus padres. Es cierto, y mucho más: de los padres, de los abuelos, de todos los antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter viene de ahí. El hijo deriva de todo lo enumerado, es reductible a ello. Es un ser, ciertamente animado y no inerte, diferente de todo lo demás, en muchos sentidos única, un único, su destrucción mediante el aborto es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único.

El derecho a la vida no es una cuestión propia del derecho positivo. No está al alcance de legisladores ni de los jueces. La vida humana no es una concesión graciosa que brinda el Estado. Es, para los creyentes un don de Dios, y para los no creyentes, un derecho humano por excelencia.

La Corte Suprema de Justicia de la Nación, (CSJN) cuando emitieron el fallo estableciendo que los abortos en casos de violación no necesitan autorización judicial, utiliza una alarmante pobreza argumental al desconocer el valor intrínseco de la vida humana, apartándose por completo de postulados que no debieran hoy ser discutidos, como que; la vida humana comienza con la concepción; que se produce en el instante mismo en que el espermatozoide fecunda al óvulo; desde ese mismo instante existe una persona humana, legalmente un niño, cuya vida debe estar tutelada por el ordenamiento jurídico: “Esa vida es independiente de la vida de la madre que la lleva en su seno” e indisponible para todos. Por todo ello, nadie puede arrogarse el derecho de legislar ni fallar concediendo o negando la vida.

Existe una contradicción absurda de quienes son partidarios del aborto y, a la vez, cuestionan la pena de muerte. Sostienen el valor absoluto de la vida humana de los delincuentes más aberrantes y relativizan hasta su desaparición cuando se trata de la vida del ser humano más inocente e indefenso. Llegan a lo irracional de indicar que basta que una mujer que dice estar embarazada como consecuencia de una violación presente una simple declaración jurada para solicitar se le practique un aborto, por un médico matriculado.

Además, como políticos no hay que ser incautos, el aborto y control de la natalidad son la ejecución del plan de “Crecimiento Demográfico Cero”, inspirado por Washington, ante el incremento de la población de los países subdesarrollados, que pone en peligro la economía y la seguridad nacional de los Estados Unidos, proponiendo como solución los programas de control demográfico en dichos países, y que se llevan a cabo fomentando el aborto y la anticoncepción, que son tácticas funcionales a los intereses antiargentinos, tácticas estas a las que adhieren las ingenuas izquierdas, los grupos homosexualistas y feministas.

Hay que hacer votos para que se respete y promueva la cultura de la vida; de todo ser humano en cualquier etapa de su gestación. Encontrar los mecanismos afectivos, psicológicos y económicos para contener y apoyar a la mujer que no desea tener el hijo que crece en sus entrañas, haya sido violada o no, y, si no desea conservarlo, haga uso de esa maravillosa institución de amor que es la adopción. Enfrentar con coraje a quienes pretenden, como dioses, se disponga de la vida ajena, tanto el ejercicio de la recta razón como la aplicación de la lógica más elemental, alcanzan para comprender el carácter antinatural, inhumano y criminal del aborto.

Sin hacer mención a norma religiosa alguna, a la luz de la razón ateos, o agnósticos, además de nosotros los creyentes, se puede inferir perfectamente a la misma conclusión reprobatoria y la inadmisibilidad del aborto, “al margen de la fe”.

Muchos ciudadanos lamentan profundamente esta medida firmada por jueces y apoyada sin titubeos por legisladores, que muchas veces no nos representan ni como políticos, ni como argentinos, y menos como personas.

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