Mauricio Macri: De la inoperancia a la banalidad del mal

Por Guillermo Justo Chaves. El dirigente de Red x Argentina denuncia el precario nivel de vida al que han descendido los argentinos.

Que Mauricio Macri diga que está caliente, pegue puñetazos sobre una mesa, o haga actings en modo enojo nos permiten sacar una sola conclusión: fracaso de un gobierno y un presidente que ha dado muestras de inoperancia en la conducción del Estado. Esa inoperancia queda en evidencia con los números de las estadísticas que no lo pueden disimular ni sus estrategas comunicacionales ni sus voceros mediáticos. La evaluación de la situación económica y social, con la inflación sin freno, el estancamiento económico, el brutal endeudamiento, el aumento de la pobreza, la pérdida de puestos de trabajo, los megatarifazos, y para colmo la profundización de la grieta, son algunos de los resultados que califican a un gobierno de la peor manera: inoperancia y fracaso.

Sin embargo, el fracaso demostrado en la impericia para conducir a la Nación no se reduce a fríos números. Detrás de las estadísticas hay historias que nos tocan a cada uno de los argentinos y que son muy dolorosas, pero que llamativamente el gobierno ha naturalizado o se hace el distraído banalizando el daño causado. Por lo que, a la inoperancia, se le suma la “banalización del sufrimiento” o más precisamente la “banalización del mal”.

La gran intelectual del siglo XX, Hannah Arendt inventó la célebre frase “la banalidad del mal”, para expresar que hay personas que actúan como parte de un sistema sin reflexionar sobre las consecuencias dañinas de esos actos. El sufrimiento de los seres humanos no es considerado, con tal que se lleven adelante órdenes superiores y se cumplan, en este caso provenientes de un dogma económico o del Fondo Monetario Internacional. De esta forma el mal causado “se banaliza”, se subestima, pasa a un segundo plano. Esto hace el elenco gobernante y aquí van algunos ejemplos concretos de lo que está sucediendo en el mundo real, que es la traducción de las estadísticas, consecuencia de la inoperancia de quienes gobiernan.

Tiempo atrás, Adriana una escribana conocida, me comentaba que hace dos años firmaba una escritura de hipoteca tras otra para jóvenes, que habían accedido a viviendas con créditos UVA. Hoy esas mismas parejas que habían llegado con toda la ilusión le consultan cómo salir de esa trampa en medio de tristes procesos de divorcios atravesados por situaciones calcadas de desesperación económica y social.

La semana pasada me encontré con Aníbal, un analista (psicólogo) a quien le preguntaba si como consecuencia de la crisis la gente había dejado el consultorio por considerarlo un gasto a recortar. Me comentaba que todo lo contrario, pese a que muchos no pueden pagar, tenía más consultas, habían retornado muchos pacientes aquejados por problemas de depresión derivados de situaciones económicas o laborales y que, por supuesto, socavaban sus estructuras y planes familiares.

Las anécdotas son infinitas. El hambre golpea de distintas formas. Familias que cambiaron sus hábitos de consumos en términos de productos que consumían antes y ahora no, como carnes y lácteos. Jefes y jefas de familia -ojo, de clase media-, que en sus horas de trabajo dejaron de almorzar para ahorrar en una comida. Madres que cocinan para cenar a las 18 horas en un cambio de hábito familiar porque ahora se come una vez por día. Innumerables ejemplos que vemos todos los días quienes caminamos las calles de Buenos Aires, o cualquier ciudad de Argentina.

El aumento de las enfermedades y accidentes cardio o cerebrovasculares es una realidad medida por la OMS, en situaciones como las que atraviesa nuestro país y que en el futuro tendremos los números. Así fue como tuvimos los datos de que entre 2001/2003 hubo 20.000 muertes de argentinos más como consecuencia de la crisis según una investigación de la Fundación Favaloro y la OMS.

Todos los días tenemos noticias de suicidios. Las vías de los trenes son el escenario de jóvenes que durante las mañanas yendo hacia sus lugares de trabajo o habiéndolo perdido, en un segundo toman la drástica decisión. Lo presencio personalmente en lo cotidiano.

La tristeza en las familias, parejas en conflicto, la furia en las calles, la violencia adentro de los hogares o los delincuentes cada vez más osados para hacerse de botines cada vez menores, pintan un escenario que no se ve caótico por ahora en la superficie -como puede serlo un estallido social- pero que tiene todos los síntomas de la desintegración.

Por último, la situación desesperante contada por las agrupaciones de inquilinos quienes revelan que el 30% de los que alquilan dejaron las viviendas por no poder pagarlas. ¿A dónde van esas personas? Más de 87.000 hogares se desconectaron de la red de gas por no poder pagar las tarifas. ¿Hasta dónde puede llegar la degradación?

La Argentina de hoy según datos publicados en los últimos días en todos los medios bajó del puesto número 29 a 47 en el ranking que mide la felicidad de los pueblos, según Naciones Unidas. Esta tabla mide aspectos reales de la vida de las personas más allá que se lo cuantifique en términos estadísticos. Evalúa bienestar, posibilidades de educación, apoyo social y algo muy importante también: expectativa de vida. Son aspectos que se utilizan para medir el desarrollo humano integral.

Así estamos hoy. Frente a los números, la dolorosa realidad, la inoperancia y el fracaso de Macri con su banalización del mal, la dirigencia política opositora debe dar respuestas a millones de argentinos que son golpeados día a día. La unidad es condición necesaria -aunque no suficiente- ante el escenario electoral que se avecina. Es tiempo de generar esperanza y una opción para sacarnos de esta pesadilla que parece no tener fin. Que nos de futuro y cambie las prioridades a favor de los argentinos.

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