Hambre: “Yo, argentino”

Por Aníbal Hardy. El exdiputado nacional le pida a todos los postulantes que “dejen el palabreo grandilocuente”, porque “comer es verbo y no un sustantivo pomposo y demagógico”.

Según cuenta uno de los mitos populares, el “yo, argentino” tuvo su origen en una de las habituales cacerías de extranjeros, sospechados de anarquistas, comunistas, socialistas. Al estallar la guerra del 1914, era presidente Roque Sáenz Peña, quien proclamó la neutralidad de nuestro país, al sucederlo dos años después, Hipólito Yrigoyen continuó esa política. Eran tiempos en que muchos miembros de la alta sociedad argentina, artistas y escritores acostumbraban pasar largas temporadas recorriendo Europa. La guerra los sorprendió allí sin que muchos pudieran cruzar nuevamente el Atlántico, y ante cualquier dificultad que se les presentaba con las autoridades de los bandos en pugna, exhibían el pasaporte, acompañado de la frase “Yo, argentino”. Pasada la guerra, quedó esta frase como una declaración de prescindencia.

Cuando alguien no quiere verse en una situación capaz de comprometerlo asegura: “Yo, argentino”. Una frase que confiere la mejor de las visas para el desentendimiento. El tiempo terminó haciendo de esa afirmación, el símbolo de la despreocupación, del “nada tengo que ver” o del “a mí que me importa”…

El hambre tiene culpables, está planificado, y los motivos es que el hambre es un disciplinador social que forma parte del proyecto de quiénes continúan beneficiándose con la concentración económica. En Argentina, como en otros lugares del mundo, existen quienes dicen preocuparse por esta realidad, así hablan del hambre desde el Gobierno, el gremialismo, las grandes corporaciones económicas, y otros organismos, pero es claro que esa preocupación sólo es cinismo. La gran paradoja argentina, es que los mismos burócratas que reinan en la columna vertebral del movimiento obrero organizado, han sido bautizados hace mucho tiempo como “los gordos”, y no es justamente hambre lo que tienen. No es justamente el hambre lo que les puede llegar a importar.

No hay hambre ni hambrientos, sin la presencia cuasi invisible de una casta saqueadora. Muchos hambreadores hoy son legitimados por la democracia representativa, que miran a los ciudadanos con caras de sorprendidos y dicen: Hambre: “Yo argentino”. Esta tragedia, silenciosa para quienes no quieren escuchar ni ver, no es una fatalidad escrita en proceso natural alguno. En realidad el hambre tiene culpables que trabajan para la desigualdad social desde siempre. Son muchos los que a lo largo de nuestra historia han comido y disfrutado de riquezas gracias al hambre de muchos otros. Una de sus causas: La corrupción.

Por eso es procedente transliterar lo que se lee en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “411.- Entre las deformaciones del sistema democrático, la corrupción política es una de las más graves porque traiciona al mismo tiempo los principios de la moral y las normas de la justicia social; compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones. La corrupción distorsiona de raíz el papel de las instituciones representativas, porque las usa como terreno de intercambio político entre peticiones clientelistas y prestaciones de los gobernantes. De este modo, las opciones políticas favorecen los objetivos limitados de quienes poseen los medios para influenciarlas e impiden la realización del bien común de todos los ciudadanos”.

En este año electoral, los que quieran ser presidentes, gobernadores, diputados, senadores o concejales, deben dejar los discursos de autoelogio, porque sobra ya el palabreo grandilocuente, y apremian soluciones reales y efectivas, porque comer es verbo y no un sustantivo pomposo y demagógico.

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