La jugada maestra con la que Cristina dio vuelta la historia

La decisión de la expresidenta de bajar un escalón en la fórmula presidencial y poner en su lugar a Alberto Fernández, con quien había estado distanciada 9 años, fue la clave de la vuelta del peronismo al poder.

Por José Angel Di Mauro

Cristina Fernández de Kirchner no se caracterizaba por sus aciertos cuando de elegir candidatos se trataba. Carga con dos cruces en la materia: siempre se le recuerda haber elegido al hoy preso Amado Boudou como compañero de fórmula en 2011, y ni qué decir de cuando se inclinó por Aníbal Fernández como candidato a gobernador bonaerense en 2015. Hay otros cuestionamientos que se le hacen, como no haber habilitado una interna entre Daniel Scioli y Florencio Randazzo en las presidenciales que terminó ganando Mauricio Macri en el balotaje; o bien haberse rehusado ella a participar de una PASO con su otrora ministro del Interior y Transporte en 2017. Pero esas ya son otras cuestiones que admiten más de una interpretación.

En materia de candidatos, este año habrá que reconocer que les tapó la boca a todos sus detractores. Es el caso de Axel Kicillof, su otrora ministro de Economía, al que ella sugirió a poco de dejar el poder que comenzara a caminar la provincia de Buenos Aires, convencida de su potencialidad en ese distrito. Su triunfo por 14 puntos sobre María Eugenia Vidal habla por sí solo del acierto de la exmandataria.

El otro caso es el más importante y motivo de esta nota: Alberto Fernández. Su otrora jefe de Gabinete, del que se enemistó fuertemente cuando aquel abandonó su gobierno en 2008, tras la crisis con el campo, fue el elegido por la expresidenta para acompañarlo en la fórmula presidencial… pero invirtiendo el orden de presentación.

Fue una jugada maestra y absolutamente inesperada para el gobierno, que en esa, como en tantos otras cuestiones de sus cuatro años de gestión, no tuvo plan B. Ni lo vio venir.

Fue como la falta de financiamiento, que a principios de 2018 motivó una baja de tasas en Estados Unidos y que nos obligó a acudir presurosos al Fondo Monetario Internacional en busca de ayuda. Para muchos, ahí firmó su sentencia.

Los operadores de la campaña de Cambiemos estuvieron siempre convencidos de dos cosas: que Cristina Fernández de Kirchner sería candidata presidencial, y que el peronismo no iba a unirse. Una cosa iba pegada a la otra. Al final, ella no fue candidata presidencial y el peronismo logró la impensada unidad: fin de la historia.

Propios y extraños se sorprendieron la mañana del sábado 18 de mayo pasado cuando encontraron en la cuenta de Twitter de la hoy vicepresidente electa un audio en el que ella contaba que le había propuesto a Alberto Fernández ser su compañero de fórmula, pero no como vice, sino siendo ella segunda.

“Le he pedido a Alberto Fernández que encabece la fórmula que integraremos juntos, él como candidato a presidente y yo como candidata a vice, para participar en las próximas elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias”, fue el anuncio con el que puso patas para arriba la estrategia oficial de campaña. Un video posteado en las redes sociales -justamente el ámbito donde siempre Cambiemos hizo pata ancha-, fue la vía a través de la cual Cristina le asestó al gobierno un sacudón de proporciones. “Primero la Patria, segundo el movimiento y por último, una mujer”, decía en un pasaje de la pieza oratoria que conmovió al mundo ese fin de semana.

Una semana antes, Cristina Kirchner se había deshecho en elogios respecto de su ahora compañero de fórmula. Nadie sospechó entonces lo que se estaba gestando cuando el jueves 10 de mayo, durante la presentación en la Feria del Libro de su libro “Sinceramente”, ella contó que la idea de escribir ese éxito editorial había sido de Alberto Fernández. “Vino y me dijo que lo angustiaban las cosas que se decían de mí, de Néstor, de nuestra familia y de nuestra Nación. Me dijo: ‘me da mucha angustia, vos tenés que salir a contar eso y tantas otras cosas’”.

Nadie advirtió entonces que el hecho de que Alberto Fernández hubiese sido sentado en primera fila, justo al lado de Estela de Carlotto, significaba mucho más que lo que se especuló entonces: que ella estaba pensando en él nuevamente como jefe de Gabinete de un eventual nuevo mandato presidencial suyo.

Por esos días los ojos del gobierno se habían puesto en él, no como eventual rival, sino porque le atribuían haber operado para que la Corte Suprema resolviera frenar el proceso a la expresidenta que tenía fecha de comienzo para el 21 de mayo. La diputada Paula Olivetto sugirió que Alberto Fernández se había reunido con un integrante de la Corte, para operar en ese sentido.

Estamos hablando del juicio por el desvío de la obra pública, ese por el cual la expresidenta estuvo sentada en el banquillo hace una semana, retando con dureza a los integrantes del tribunal oral que la juzga, pues al final la Corte volvió sobre sus pasos y el juicio no sufrió alteraciones.

El gobierno nacional acusó el impacto y tardó en reaccionar, convencido de que solo una medida sorpresiva y de intensidad semejante podía servirle para recuperar la iniciativa. Fue la génesis de la elección de Miguel Angel Pichetto como compañero de fórmula de Mauricio Macri, cuando la experiencia de Alternativa Federal como fuerza capaz de mantener dividido al peronismo se frustró definitivamente.

La fórmula Fernández-Fernández se presentó formalmente en un acto político realizado en Merlo el 25 de mayo. Dos semanas después Alberto, puesto en su rol de operador, jefe de su campaña y candidato presidencial, se reunía con Sergio Massa para tomar un café pactado durante una entrevista televisiva y terminaban de abrochar la unidad de peronismo. Los peores fantasmas para el gobierno nacional, el factor imprevisto que nunca pensó que fuera a suceder, se concretaba.

El resultado, previsible, es el que este martes devuelve al peronismo a la Casa Rosada.

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