A los malos les va mucho mejor…

Por Aníbal Hardy. El exdiputado nacional sostiene que parecería que el crimen paga los mejores intereses del mercado.

Después de ver cómo viven numerosos corruptos y de los privilegios económicos que disfrutan ellos y sus familias, a pesar de sus conocidas depredaciones contra el erario público, a los buenos ciudadanos nos les es difícil arribar a la conclusión de que a los malos les va muy bien con su proceder. Parecería que el crimen paga los mejores intereses del mercado.

Desde hace doce años se los ha podido apreciar, de que gozan de todos los privilegios que disfrutaron y que siguen disfrutando, a pesar de los cambios de gobierno. Son delincuentes 4×4- Todo terreno. Ocupan cualquier cargo sin ninguna idoneidad.

Los hay de toda laya, funcionarios, profesionales de todas las ramas, intelectuales, periodistas, empresarios, cortesanas, en fin, un muestrario de todos los tipos de individuos que se han servido durante décadas del presupuesto público.

Estos personajes reniegan de sus compromisos, pero nunca repudian su pasado. Justifican sus actos más macabros con el argumento de que defendían un ideal, pero casi nunca tienen argumentos para sostener en un debate las razones que le asistían para sus abusos. Admiten con una desfachatez inaudita que conocían los más oscuros actos del sistema pero que no podían hacer nada para cambiarlo, porque para sobrevivir se tenían que convertir en victimarios. Y aprovecharon la posibilidad.

Todos tienen un denominador común que los identifica: están orgullosos de los roles protagónicos que interpretaron sin detenerse a pensar en las penas, injusticias y víctimas que sus acciones directa o indirectamente causaron.

Cuando describen en privado sus aventuras lo hacen con jactancia, se pavonean de sus relaciones con la cúpula del poder y se regocijan de conocer los chismes más exclusivos de sus amos, porque en verdad eran y son servidores, esclavos de lujo de cualquier grupo de poder.

Paradójicamente hoy, muchos de estos renegados tienden a servir a los gobiernos e instituciones que en algún momento trataron de destruir.

El espíritu mercenario que les caracteriza no pone reparo cuando les ofrecen seguridad personal y económica, convirtiéndose en fieles devotos de quienes fueron sus enemigos mortales. Hablo de algunos dirigentes radicales y desarrollistas.

Pero entre esos renegados que en otros tiempos habrían tenido el rechazo más contundente hay unos ejemplares que merecen el mayor de los desprecios y son aquellos que justifican sus acciones pasadas responsabilizando a las víctimas de su conducta.

Estos individuos con extremo cinismo justifican complicidades y abusos y en un vil intento por escamotear su responsabilidad en el pasado colectivo, niegan valores morales, razones y derechos a quienes enfrentan el proyecto que ellos defendían.

El cinismo, la arrogancia y la prepotencia son sus atributos más conspicuos. Son egoístas porque solo piensan en su entorno más directo. La frustración les induce a justificar en los actos corruptos en que participaron y obviar su complicidad en la destrucción de una sociedad, de una economía, de un país. Desprecian a las víctimas del sistema y a la Nación en la que cometieron sus tropelías, no respetan a los que han tenido el valor de luchar por sus convicciones ni a los infelices que han padecido los abusos del régimen del que fueron partícipes.

Errar es de humanos, pero las lesiones que derivan de esos actos no pueden quedar impunes, aunque sea en el aspecto moral, y si existe un mandato ético de que se debe comprender y perdonar la falibilidad humana, esa conducta no es posible si falta un arrepentimiento que transite por la rectificación de los errores.

La prepotencia, el justificar las malas acciones, mediante el lema: Robamos pero hicimos, nos aleja de la tan promovida reconciliación. Y búsqueda de la tan mentada unidad… pero detrás de ellos…

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