La peor grieta: la Argentina fuera de la geopolítica mundial

Por Alberto Asseff. Es diputado nacional por el partido Unir, integrante del interbloque Juntos por el Cambio.

Hace décadas que declinamos como nación. Indicar si el inicio fue 1930 o el decenio de los cincuenta no ayuda para pensar el futuro porque nos disocia antes de empezar el camino de la recuperación. La decadencia es mucho más honda que un índice, por caso el de pobreza. En 1976 el sector pobre de nuestra sociedad no superaba el 5%, pero ya llevábamos años acumulados de caída. Sobre todo en el optimismo y en las expectativas propias de ser algo respetable en el mundo ¿Cómo pretender que los foráneos crean en nuestra potencialidad si nosotros descreemos de ella? Nuestro mal no está afuera. Se halla acá. Mora con nosotros. Convive cotidianamente entre nosotros. La deuda externa no es un maleficio impuesto por factores exógenos. Es el producto liso y llano y también funesto de nuestras ineptidudes, de nuestra mediocridad, de nuestro fracaso sobre todo dirigencial. Esa frustrante cumbre, que no representa la proverbial pujanza de nuestra nación, está contagiando para abajo su incapacidad manifiesta en su (mal) desempeño arriba.

Tres ejemplos recientes patentizan la hondura del decaimiento nacional: para la asignación universal por hijo ya no se exige la certificación previa de escolaridad, la gran condición para percibirla; cuando en el mundo desarrollado casi el 80% de los chicos de 3 años están escolarizados, acá apenas llegamos al 41; y en contraste con el aplauso que en toda la tierra se brinda a los emprendedores, acá se suspende el trámite ágil por Internet para crear empresas, sobre todo micro.

No se puede desmentir, a la luz de estos tres datos, que acá existe una objetiva intención de que no seamos más educados y más libres. No es una conjetura contrafáctica, sino lastimosamente fáctica: se le tiene miedo a la libertad y a la educación. La inferencia es tan inexorable como siniestra: un pueblo ignorante y sometido es manipulable. Esta conclusión –que está muy lejos de ser antojadiza- nos ubica fuera de la geopolítica mundial. Nos descuelga del mapa. No porque estemos lejos de Washington, París, Berlín o Pekín, sino porque estamos a años luz de las corrientes tecnológicas que están transformando al planeta, desde la cuántica hasta la inteligencia artificial y la robótica ¿Alguien supone que los tesoneros europeos, los sacrificados chinos o surcoreanos, los esforzados japoneses o los pujantes emprendedores norteamericanos forjaron los países que tienen durmiendo?

La siesta y esperando que el Estado les provea –vía abundantes, frondosas ‘políticas públicas’- las ‘soluciones’. Por supuesto que el Estado tiene un papel preponderante que es el de asegurar la libertad y la seguridad, junto con promover el bienestar con la sutileza de quien interviene sin hacerse notar.

Existen inquietantes cuestiones en el mundo. La alianza transatlántica EEUU-Europa  atraviesa por un período crítico. La “Primavera árabe” cayó en el actual escenario de inestabilidad, altamente preocupante. La lenificación del crecimiento chino, agravada por el coronavirus, parece un palo en la rueda de la locomotora mundial. Nuestra América, otrora el Mundo Nuevo, hoy es una geografía política y económica problemática por aquí y acullá.

Es decir, que la Argentina no es la única anormalidad de este mundo. Empero, es “nuestra” anormalidad. Es la que nos duele en el alma. Y más allá de las complejidades que sufren los otros, las nuestras las detectamos como muy gravosas por algunas razones que hasta resultan inexplicables.

“Para pagar debemos primero debemos crecer”. Es una aseveración equívoca pero con apariencia de verosímil. Ahora bien ¿cómo crecer si lo saliente de este gobierno ha sido en los noventa días de “gestión” subir impuestos a los que producen, a los que generan trabajo, a los que tienen sus ahorros invertidos aquí y registrados legalmente? Ergo, como no vamos a crecer, no vamos a pagar ¿Viviremos con lo nuestro? ¿Los emprendedores se irán a Montevideo, Asunción y Santa Cruz de la Sierra? ¡Qué paradoja! Los tres países que se desprendieron de nuestra nación originaria, hogaño se desarrollan a partir de nuestras trabas y decadencia.

¿Qué hacer? Lo contrario de lo que venimos realizando. Menos impuestos, menos gasto, menos despilfarro, ninguna impunidad –es la única forma de no padecer corrupción-, menos burocracia y regulaciones, menos inseguridad, personal y jurídica, menos deseducación, menos clientelismo disfrazado de asistencia social, menos vagancia, menos violencia, menos grieta. Y siguen los menos.

Asimismo, en vez de un plan “secreto” como sorprendentemente dijo tener el presidente, se le dé a conocer al país cuáles son las directrices orientativas que el gobierno impulsa para que seamos un país republicano y desarrollado.

Con una mirada optimista podría decirse que somos afortunados pues no es que tengamos que hacer más, sino menos de lo que venimos (des) haciendo.

La fórmula casi es memotécnica y por tanto sencilla: dejar de hacer lo que hace añares hacemos, es decir cambiar.

Los ejes de esa mutación están claros: educación, libertad, trabajo.

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