La grieta, la peor de las pestes

Por Mariela Blanco. En tiempos contemporáneos de pandemia, recordemos qué sucedía en Buenos Aires cuando la fiebre amarilla.

Si bien es cierto que el coronavirus es democrático y que no conoce de ideologías, también es cierto que haciendo una revisión histórica de otras pestes, la grieta afloró siempre y se enquistó con más fuerza que las enfermedades.

Durante la epidemia de la fiebre amarilla que mató al 7% de la población porteña se asoció a la enfermedad con la pobreza.

Por aquel verano de 1871 hubo persecución a los inmigrantes porque erróneamente se creía que el contagio era de persona a persona y que los causantes de la propagación eran los extranjeros que llegaban en los barcos y se hacinaban en San Telmo.

La policía ingresaba a los conventillos y quemaba sus pocas pertenencias presuntamente infectadas.

La división entre ricos y pobres no fue dialéctica, fue geográfica.

Las clases más acomodadas emigraban al norte porteño para alejarse de los insalubres barrios del sur a los que se culpaba de esta epidemia. Hubo marginación, racismo y ataques xenófobos por aquel entonces.

La otra grieta fue política. ¿Era correcto que el Estado abandonara la ciudad dejándola a las buenas de Dios? Vemos: El primero en huir fue el Presidente de la Nación, Domingo Faustino Sarmiento. Detrás se encolumnaron los integrantes de todos los poderes. No quedó personal de la administración pública, no sesionaron los legisladores, y los tribunales quedaron vacíos.

La ausencia del Estado fue tan mortal como la epidemia. Los funcionarios no sólo emprendieron el éxodo sino que ignoraron la orden impuesta de prohibir desembarcos en el puerto y la aduana porque la economía tenía los números en rojo.

Recrudecieron las internas políticas entre las autoridades del gobierno.

Por su parte, la prensa condenó la actitud poco heroica de quienes debían dar el ejemplo e hicieron todo mal.

Para atender a las víctimas, precisamente un grupo de periodistas y masones formaron una Comisión Popular de Salubridad Pública que se llevó la vida de algunos de sus miembros. La Iglesia auxilió a los niños que quedaban huérfanos. En paralelo a estas nobles acciones, hubo especuladores que subían los precios de los alimentos y de los ataúdes, rateros disfrazados de enfermeros que ingresaban a las casas a llevarse lo poco que quedaba.

Lo mejor y lo peor del ser humano se vio entre los meses de enero y junio que duró la epidemia.

Y también hubo una “grieta ilustrada” que hizo que se perdieran más de 20 años para dar crédito a las investigaciones del médico cubano Juan Carlos Finlay que descubrió que el mosquito era el agente intermediario de la enfermedad.

Finlay atrapó, clasificó y le puso el cuerpo al aedes aegypti y presentó en 1881 “la teoría del mosquito”, pero se lo tildó loco pues su problema de dicción le jugó en contra.

Al día de hoy, no se sabe si no le aprobaron la investigación o la tartamudez al doctor Finlay.

¿La ignorancia, la imbecilidad y la necedad habrá sido la responsable de matar a gran parte de esos 13 mil víctimas de la Fiebre Amarilla? Ojalá esta revisión sirva para no cometer los errores del pasado  Tenemos una oportunidad.

Mariela Blanco es periodista. Autora del libro “Leyendas de ladrillos y adoquines”

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password