Postales de guerra de la historia presente

Por Mariela Blanco

El mundo está pintando el gran cuadro histórico del covid-19. De cerca, todavía no es más que un gran manchón a fuerza de manotazos de supervivencia, pero me arriesgo a pensar que las generaciones futuras verán claros los trazos de lo mejor y lo peor de la raza humana.

Un análisis de las primeras repercusiones de la epidemia podría resumirse en unas pocas palabras ligeras replicadas por varios mandatarios: una “gripecita” que raramente podía causar la muerte y que, presuntamente, no iba a llegar tan rápido. Esta minimización colectiva hizo que se perdiera tanto tiempo como vidas humanas en todo el mundo.

La periodista Mariela Blanco analiza lo que va dejando la pandemia, segmentado a partir de determinados sectores.

El Gobierno argentino tomó nota de esos errores y rápido de reflejos decretó con buen tino medidas de aislamiento para ganar ese tiempo que otros gobiernos habían perdido. 

Postales de la clase media

Pero el acierto en materia de batalla sanitaria, dejó esquirlas en la ya asfixiada economía argentina y el foco de la preocupación de la sociedad poco a poco dejó de ser la lucha contra el virus y se alistó en una economía de guerra.

La foto de los primeros días de la cuarentena es la de un supermercado o mayorista atestado de gente dispuesta a llevarse papel higiénico con el cual probablemente se podría forrar el planeta tierra.

Unos 10 días después de iniciada la cuarentena, la postal que nos deja el 30 de marzo (con todo lo que implica en la clase media el fin de mes), no es la de un chango lleno sino la de una tarjeta vacía.

Asimismo, mientras el asalariado no puede dormir pensando cuándo y cómo va a cobrar, en otra cama más confortable, su empleador se desvela pensando cómo va a pagarle el sueldo a ese empleado con insomnio.

El 2 de abril -paradójicamente el Día del Veterano- algunos abuelos como soldados empezaron a formar filas en la puerta de las farmacias para vacunarse contra la gripe y el 3 de abril, ya acostumbrados a salir de sus casas, se amontonaron frente a los bancos para cobrar la jubilación atrasada.

Ricos y pobres

Los más vulnerables, los que tienen Netflix para distraerse, vieron agudizarse los problemas que ya tenían. A diferencia de la clase media, su preocupación no es qué deudas van a contraer mañana sino cómo van a sobrevivir hoy cuando ni gente en la calle queda para pedirle una limosna o una mano.

Los más acomodados nos dejan otra foto. La de un restaurante sin mozos ni turistas, la de una sala de teatro sin espectadores, la de una peluquería sin peluqueros, la de un odontólogo sin pacientes con dolor de muelas.

La división entre ricos y pobres parece un sinsentido. Habrá que ver cómo queda pintado el cuadro de la humanidad cuando hayamos matado al virus.  

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