Es hora de empezar a deconstruir

Por Estela Hernández. La diputada nacional por Chubut advierte la necesidad de interpelar nuestra vida cotidiana constantemente y visibilizar los micromachismos, para poder transformar la desigualdad.

Ojalá esta cuarentena en la que debe reinar la responsabilidad, la solidaridad y la empatía bajo la premisa de cuidarnos los unos a los otros nos sirviera también a todos y todas para reflexionar y empezar a deconstruir temas que nos han atravesado históricamente. Una de esas temáticas es la que se refiere a los roles sociales y domésticos que la cultura ha impuesto a lo largo y ancho del mundo como un camino a seguir. En este sentido, mi humilde propósito con esta nota es intentar despertar algunas inquietudes y porque no hacer un llamado a modificar aquellos malos hábitos que por lo general hemos malinterpretado al interior de nuestro hogar y en la interacción social cotidiana.

Cuando uno se detiene a preguntarse qué tarea doméstica está asignada para quien, seguramente salen a la luz que en la mayoría de los casos son las mujeres las que se hacen cargo de todo lo vinculado a lo doméstico y al cuidado de los hijos o adultos, mientras que son los hombres los que se encargan de salir a trabajar o incluso realizar tareas consideradas rudas y casi exclusivas para ellos.

Si bien estas costumbres patriarcales, por lo menos en nuestro país, han ido cambiando en los últimos años, aún existen casos en los que nada parece haberse modificado y el machismo sigue apareciendo en primer plano con sus incomprensibles fundamentos cometiendo avasallamientos de derechos que se manifiestan en acciones de violencia en cualquiera de sus formas.

Con esta afirmación también me tomó la licencia para asegurar que no sólo muchos hombres conservan este pensamiento machista sino también gran parte de las mujeres que aún no se han puesto a reflexionar o no han podido hacerlo debido a las diferentes barreras que se nos presentan en la vida diaria.

En muchos hogares resuenan frases hechas como por ejemplo de eso yo no me encargo; ¿qué vamos a comer?; yo el pañal no lo cambio; esa es tarea de mujeres; esperemos a que llegue el hombre de la casa para que lo arregle; no llores como una nena; dejáme que lo hago yo porque vos no sabes hacer nada, entre otros tantos enunciados que tienen impresos una elevada carga semiológica sumamente cuestionable y que también es transmitida y naturalizada por nuestros hijos y nietos.

Ni qué hablar de la violencia económica y patrimonial que se evidencia en muchos casos y que indudablemente reduce las libertades porque implica la disminución de recursos económicos y la imposibilidad de tener control, acceso a los bienes y elegir si quiero o no seguir viviendo en ese contexto.

Si bien es cierto que estamos ante un cambio de paradigma que significa un proceso que requiere de tiempo y constancia en el llamado a reflexionar; much@s nacimos, crecimos y fuimos educad@s bajo estos tristes “principios” y costará derribarlos. El desafío está en proponemos entre todas y todos un cambio que no sólo vaya en nuestro beneficio generacional sino que sea trasversal para las otras generaciones con el fin de dejarles así un intento de sociedad más justa que también se evidencie al interior de nuestras casas.

La tarea no es sencilla pero debemos interpelar nuestra vida cotidiana constantemente y visibilizar así esos micromachismos, para poder transformar la desigualdad, el sometimiento y el maltrato en espacios de igualdad. Aunque cabe señalar que esto no se trata de una guerra ideológica contra los hombres porque en esto, todos y todas tenemos aún mucho que aprender.

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