¿Se termina la globalización?

Por Alberto Asseff. El diputado de Juntos por el Cambio sostiene que afianzar el multilateralismo y reforzar la lucha contra el sombrío cambio climático son algunos de los objetivos que la pospandemia exigirá a todo el planeta.

Abrumados por el virus, sin embargo, no dejamos de pensar el después. Sabemos que no hay mal que dure cien años. Es lógico pues que estemos reflexionando sobre la pospandemia.  

Afrontamos dos incertidumbres que combinadas son torturantes. Una- ¿cuándo superaremos el aislamiento? – nos tiene emocionalmente conmovidos, en algunos casos – no pocos – al borde de la psicosis. La otra- ¿qué nos espera, que sobrevendrá? – nos llena de incógnitas a las que damos variadas respuestas, mayormente apresuradas y por ende generalmente erróneas.  

Existe una coincidencia: el mundo y nuestro país no serán iguales a los tiempos precedentes a la calamidad virósica que nos acecha, azota y estraga. Otro punto concordante es que a la madre naturaleza la tendremos definitivamente que tratar con más respeto. A partir de estos acuerdos, los caminos de lo que será ese futuro se bifurcan. Están los que anuncian el fin de la mundialización y el renacimiento correlativo de los soberanismos. Sin eufemismos, de los nacionalismos. Y, lo que es peor, de los populismos. Enfrente se hallan quienes sostienen que la pandemia por definición es mundial y la solución para nuestro planeta no emergerá sino de una propuesta global. Samantha Power – diplomática norteamericana – dijo acerca de la pandemia que “esto no se termina para nadie hasta que no se termine para todos”. Parece un concepto que en su simpleza encierra mucha sustancia. Suscitador de reflexiones.  

La vida de los pueblos, sus modos de trabajar, de recrearse, de socializarse, de interactuar, mutarán. De esto no existen dudas. Desde lo más sencillo –nuestras mateadas, los afectuosos abrazos y besos amistosos– hasta las aglomeraciones en festivales, playas, excursiones y tantas otras actividades como el turismo, la gastronomía y la proverbial tertulia de bar cambiarán radicalmente. El trabajo en casa, el comercio electrónico, las reuniones virtuales llegaron en la cuarentena para quedarse y ampliarse. La distancia social en el plano fabril y de servicios será un recaudo habitual en el futuro inmediato. Esos subtes a los cuales se ascendía ‘a presión’ se terminaron. Las frecuencias del transporte público se deberán diagramar inexorablemente pues la gente viajará, por fin, como la gente, todos sentados, cuidándose recíprocamente.  

Trabajar en el hogar significará mutaciones que los convenios laborales deberán recoger: se consumirá más energía, gas, telefonía, internet y se erogarán más gastos por limpieza y seguridad. Correlativamente las oficinas centrales disminuirán las facturas por esos rubros. Las personas dispondrán de más libertad, de oportunidades para ser más y mejores ‘familieros’, algo que podría coadyuvar para cimentar esa célula social básica, hoy tan golpeada. Ese tiempo perdido para trasladarse se asignará a metas plausibles.  

Existe un punto crucial: según muchos, vendrá un tiempo de estatismo desbordante. Hay voces que reprochan al sistema económico de la libre iniciativa una sobredosis de responsabilidad por este mal y, en rigor, todos los males. Sería catastrófico que la pospandemia nos depare un modelo tipo neosoviético o, como el líder caribeño proclamaba en Caracas, de ‘socialismo siglo XXI’. Con la experiencia del Estado mastodóntico que sufrimos, paradójicamente doblemente ‘omni’, presente y ausente simultáneamente, la perspectiva sería sombría y empobrecedora para todos. Adiós final para la Argentina de la movilidad social y de la clase media creciente. Un ‘hola’ para darle lugar a la Argentina mediocre, propia del sainete protagonizado por el gris empleado público, ese que descansa en la estabilidad y que vegeta de por vida, sin una pizca de creatividad ni un micrón de innovación. El empleado público tiene muy adentrado eso de que ‘clavo que sobresale es al primero que se remacha’.  

Se nos propone como panacea la ‘economía popular’ o la ‘colaborativa’. No se puede negar que temporalmente ambas pueden tributar a auxiliar a ciudadanos desgraciadamente marginados por el desplome económico, pero no parece un buen horizonte volver al trueque o a la producción limitada al autosustento familiar o vecinal.  

Estas ‘ideas’ se encabalgan en los apóstrofes que se dedicaron a los empresarios –‘miserables’– acondicionando a muchos argentinos para ubicarlos como los chivos expiatorios de nuestros padeceres. La Argentina idílica sería así sin empresarios, sin incentivos para producir excedentes, sin desigualdad. En una palabra, todos igualmente pobres.  

Para coronar este oscuro pronóstico, como la pandemia limitó las libertades y garantías individuales, incluyendo la de trabajar y ejercer industrias y comercios lícitos – Constitución dixit -, esas restricciones, ¿por qué no mantenerlas? ¿Por qué devolverlas? Si pudimos superar la asoladora pandemia con DNUs, casi sin Congreso ni Poder Judicial, ¿para qué los necesitamos en la pospandemia?  

Contrariamente, creo que la cooperación internacional, afianzar el multilateralismo y sus órganos, establecer una creciente vigencia del derecho global, reforzar la lucha contra el sombrío cambio climático son objetivos que la pospandemia exigirá a todo el planeta.  

En el plano interno, es mucho lo que hay que cambiar. Entre esas transformaciones está la de asegurar nuestras libertades –todas, incluidas las económicas-, afianzar nuestras instituciones, limitar el avance estatal, bajar los impuestos –y el déficit que causa su constante aumento- y estimular a todos los emprendedores y a quienes hacen mérito en su vida cotidiana. Todo ello, sin el más mínimo desmedro por los sentimientos de pertenencia a nuestra nación. Todo lo contrario. 

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