Elegía al general Manuel Belgrano, el adelantado de la Patria

Por Rodolfo D. Giacomozzi. A 250 años de su nacimiento, un recorrido extenso de la vida del creador de la bandera nacional, en lo que representa un homenaje de la mutual aduanera.

En la ciudad de Buenos Aires, ese 3 de junio de 1770 que era domingo, Doménico y María Josefa daban a luz. El milagro del nacimiento hacía que la naturaleza se salga con la suya y nos anuncie el futuro en un moisés. Ese niño pródigo vendría no solo con el pan bajo el brazo, sino también con el don de alimentar con sus preces de libertad y dignidad la patria que soñara.

La hija mayor de la familia -María Florencia- con sus 12 años, junto a los otros seis hermanitos menores se aferran a la canastilla…ha llegado Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús.

María Josefa González Casero, porteña, hija de una tradicional familia caditana y genovesa, contrajo matrimonio a los 15 años con Domingo Francisco Cayetano Belgrano, natural de Oneglia -Vía Carmine 90-, progenitores ellos de dieciséis hijos durante veintitrés año.

El solar que habitaron, era de material, tenía una sola planta y un altillo. En el frente una amplia puerta de dos hojas daba acceso al zaguán, con grandes habitaciones y ventanas enrejadas que se disponían a ambos lados de la entrada. Sobre la puerta principal se sobreponía un balcón con un arco barroco que daba a la azotea y en ella a ambos lados se extendían barandas con balaustres de formas romboidal. Los registros indican que el solar estaba muy bien amueblado y las ventanas tenían cortinas adornadas con volantas y madroños. En el patio había un aljibe, cuyo pozo de agua hoy lo resguardamos como patrimonio; su parte superior o brocal se trasladó al Cabildo en tiempos de la demolición de la Casa donde nació el prócer.

Ella, María Josefa, no solo sostendrá la crianza de ese verdadero jardín de infantes… se pondrá al hombro la educación de todos los niños, el control de más de una docena de personal -entre domésticos y sirvientes mulatos- que convivieron desde 1757 en ese amplio solar de calle Piran. Los fondos con su patio, su quinta y los castaños traídos de Cádiz, daban a la calle Del Rosario, barrio de Monserrat. Agreguemos a lo domestico la defensa a ultranza de su marido acuciado por pleitos estaduales de los cuales saldrá finalmente airoso. “La casa no descansa sobre el suelo, sino sobre la mujer de la casa, que la sostiene!”.

En esa Ciudad Trinitaria y Puerto de los Buenos Aires para 1776 se celebraba la creación por Carlos III del Virreinato de las Provincias del Rio de la Plata, reemplazando a Lima en ser punto comercial estratégico de salida comercial hacia Europa. Contemplada desde la ribera, la ciudad ofrecía un aspecto desolado, con casas de una sola planta de techos con tejas. Veredas de ladrillos y calles de tierra en sus veinte manzanas frente al rio, el ejido central con el Cabildo, la plaza de armas, la Aduana, Almacenes, cuarteles y no muy lejos Santo Domingo, a metros del solar de la familia Belgrano. El censo de 1778 databa una población de 27.294 habitantes. Con mayoría de población blanca, el restante 20% lo integraban esclavos, negros y mulatos y el 5% eran clericós y frailes.

Para entonces, la enseñanza tenía carácter de privilegio. Los maestros solo enseñaban a españoles e indios. Las escuelas Pías, que dependían de las parroquias daban enseñanza gratuitas y elemental a mulatos y mestizos. Las escuelas particulares con aval del Cabildo, permitían a los maestros enseñar en sus casas a comerciantes y gente pudiente. Las Escuelas de Convento, impartían instrucción más avanzada dirigida a las clases más pudientes y que habilitaba el ingreso a las universidades. San Ignacio, San Francisco, La Merced y Santo Domingo estaban en esa línea de dictado de enseñanza.

A la Escuela de Dios, del Convento de San Pedro Telmo -luego Santo Domingo-, concurrirá Manuel Belgrano, al igual que todos sus hermanos, a cursar primeras letras con el fraile dominico José del Rosario de Zemborain, maestro de educación primaria. “La educación es un acto de amor, por lo tanto un acto de valor”. P. Freire.

Las profundas reformas que va a emprender el Virrey Vertiz en lo educativo y cultural permiten la creación en 1772, del Real Colegio de San Carlos en homenaje a Carlos III. Coadyuva a ese impulso la trascendente llegada en 1780, de la Real Imprenta de los Niños Expósitos que es instalada en la llamada Manzana de las Luces y comienza a generar la publicación de ediciones populares de cuadernillos de primeras letras, almanaques y novenarios. Esta imprenta hará historia: de ella saldrá -en vísperas de las Jornadas Mayo- la publicación de los primeros periódicos locales como El Telégrafo Mercantil del Río de la Plata, con ideas revolucionarios. Pese a que la Corona trataba de evitar la difusión de novedades, llegan a Buenos Aires las obras de Voltaire, Rousseau, entre otras. “La historia escrita es contemporánea de los siglos y antorcha de la verdad”. Cicerón.

En ese Colegio de San Carlos se educaron la mayor parte de los líderes de la Revolución de Mayo: Saavedra, Moreno, Paso, Castelli y Alberti. También Manuel Belgrano, que con sus adolescentes 13 años ingresará al Colegio como pupilo el 5 de marzo de 1783, debiendo someterse a los requisitos de ingreso que era muy estrictos: hijos legítimos, cristianos y de primera clase, saber leer y escribir muy bien, recepción de uniforme y juramento de obediencia. La disciplina incluía castigos de cepo, grillos y azotes, que serían abolidos recién en la Asamblea del Año XIII… Valen señalar esos rigores disciplinarios porque modelarán sin duda, el carácter firme de Manuel Belgrano en el curso de su vida política y militar. “Grandes son los hombres que no saben sucumbir y se sirven de la adversidad para entrenar su valor”. Seneca.

Doménico Francisco Cayetano María Belgrano, que se desempeñaba como vista y contador de la Real Aduana de Buenos Aires, obtiene licencia del rey el 1 junio de 1776 para que Manuel junto con su hermano Francisco se trasladen a España a instruirse en la legislación comercial, matricularse y trabajar en la mercadotecnia de importación y exportación. Una vez en España, irá definiendo su vocación intelectual, ya no por el Comercio sino por el Derecho y la Economía Política. La astucia de la historia -dirá el historiador Luis Gondra- le jugará una partida en contrario al padre de Manuel: el hijo iba a regresar armado caballero de las ideas revolucionarias del siglo; la revolución francesa le sacude la solapa y le contagia el fuego sagrado de sus tres emblemas libertarios y lo lanza a fundar las independencia espiritual y política de su patria. Ricardo Rojas definirá la grandeza de Doménico: “El llegó a estas orillas, no para fundar en las riberas del Plata la civilización europea de sus padres, sino la civilización argentina de sus hijos”.

Con solo 16 años Manuel llega a Cádiz, rumbo a Salamanca y Valladolid donde se matricula en 1793, como bachiller en Leyes. Su afición al estudio de las teorías sobre Economía lo llevan a devorar los textos de autores italianos como Genovesi, Galiani y Filangeri, que habían revisado con sentido práctico las teorías liberales. Armonizará estas corrientes con las sustentadas por los españoles Jovellanos y el conde de Campomanes. En esa mitad del siglo XVIII, la luz de la sabiduría iluminaba las tinieblas de la ignorancia. Sapere aude! ten el valor de servirte de tu entendimiento!, era el lema de la Ilustración….el barón de Montesquieu, J. Locke, J.J. Rousseau con su Contrato Social…ellos serán las fuentes que forjarán en Manuel sus dotes intelectuales…

Nombrado por el rey Carlos IV Secretario Perpetuo del Real Consulado de Buenos Aires, asume un 2 de junio de 1794, razón más que obvia para regresar al Río de la Plata. Una vez acá, se dispone a discutir sus nuevas ideas con los monopolistas españoles a quienes les endilgara que “solo les interesa comprar por cuatro para vender por ocho”. Partidario de la formación de empresas nacionales y de fábricas de paño en el rubro textil, propone traer artesanos y maquinaria de Barcelona e incluso de China para aprender oficios que favorezcan el empleo nativo y el intercambio comercial con valor agregado. Y se hará tiempo para darle al Consulado su patrono -San Francisco Javier-, y poner a la institución bajo la protección de la Virgen de la Inmaculada Concepción, de quien era devoto. Además la virgen era patrona del reino de España.

Belgrano consideraba la instrucción pública como un problema de índole vital, por ello va a crear la Escuela de Náutica, la Escuela práctica de Agricultura, la Academia de Geometría y Dibujo, la Escuela de Comercio y la de Arquitectura y Perspectiva. Su desvelo era que las personas aprendieran oficios y pudieran aplicarlos en beneficio del país.

En tiempos de la Defensa y Reconquista toma parte en las batallas de Buenos Aires contra el invasor, como capitán del batallón de Milicias Urbanas. Desde allí en adelante su militancia por la patria no tendrá resuello y será el quien en vísperas de la Revolución de Mayo, golpee la mesa para que los patriotas allí reunidos ultimen la renuncia del virrey Cisneros.

Ya como integrante de la Primera Junta se le encomienda marchar a Paraguay, se ve entonces convertido, de hombre de leyes en improvisado militar y no dudo en calzarse las botas. Al mando de un Ejército que se va formando al andar, atraviesa el Litoral fundando poblaciones (Curuzu Cuatiá) y escuelas. Viendo el estado miserable de los naturales les redacta un texto de alto valor social, el “Reglamento para el Régimen Político de los 30 Pueblos de las Misiones”. Para la dignificación social: iguala el pago en salario tanto para españoles como para aborígenes, dispone el libre goce de sus propiedades, la libertad de comercio, un fondo público para fundar escuelas y la supresión de castigos. Se constituyen así, en las primeras disposiciones sobre Derechos Humanos básicos. En su mensaje dirá: “No hay objeto más digno de la atención del hombre que la felicidad de sus semejantes”.

Designado jefe de las baterías del Rosario, creo allí en un acto de soberanía el 27 de febrero de 1812, la Bandera Nacional con los colores de la escarapela ya que las tropas usaban distintivos españoles. En las barrancas del Paraná, Belgrano hace bendecir la Bandera hecha a mano por María Echeverría de Vidal y frente a sus tropas hace izar por Cosme Maciel en improvisado mástil, la primera bandera de la América del Sur “templo de la independencia y la libertad”. El Triunvirato lo cuestiona pues no quería mostrarse independentista, necesitaba de los británicos aliados a España para detener el avance portugués desde Brasil a la Banda Oriental.

Destacado para asumir como general en jefe del Ejercito Auxiliar del Perú, planta su cuartel general en Jujuy, y a orillas del río Juramento, el 25 de Mayo de 1812 y prometiendo fidelidad a la enseña enarbolada expresa: “No os olvidéis que nuestra obra es de Dios, que Él nos ha concedido esta Bandera y nos manda sostenerla con honor”. Habrá que esperar al Congreso de Tucumán para que la enseña patria se apruebe oficialmente, el 20 de julio de 1816.

Para el 3° Aniversario de la Revolución De Mayo, el general Manuel Belgrano hace diseñar sobre un paño blanco un escudo que denomina “Bandera de la Libertad Civil” y que ofrenda al pueblo jujeño en reconocimiento a la gesta del Éxodo Jujeño y a la heroica participación de las comunidades alto peruanas en las batallas de Las Piedras, Tucumán y Salta. Ese mismo escudo lo va a replicar como emblema para las cuatro escuelas de provincia, a construirse con la donación de los 40.000 pesos fuertes que la Asamblea Constituyente acuerda entregarle por sus triunfos, el 8 de marzo de 1813 junto con un sable de honor.

El 23 de agosto de 1813, el mismo día en que se llevaba a cabo el Éxodo Jujeño, tenía lugar en Buenos Aires el primer izamiento de la bandera de Belgrano en las torres de la iglesia de San Nicolás de Bari. La izó el patriota Juan Manuel Beruti , vecino trinitario y funcionario de la Contaduría en la Real Aduana de Buenos Aires.

El 4 de julio de 1813 las damas potosinas le obsequiarán a Belgrano un escudo llamado Tarja de Potosí, una joya de oro y plata cincelada por orfebres de la Puna. En su centro lleva la leyenda “Al Protector del Continente Americano” y tiene figuras representativas de los océanos Pacifico y Atlántico, de Malvinas, del cerro de Potosí y de la Ciudad del Rio de la Plata, donde se acunó la infancia de Manuel. Para admiración de argentinos y americanos la Tarja de Potosí -escudo histórico- es emblema distintivo del Mercado Común del Sur (Mercosur) y se encuentra actualmente exhibida en el Museo Histórico Nacional.

Este recorrido extenso pero valedero en recordación del general Manuel Belgrano, es el sincero homenaje que hacemos los aduaneros, a 250 años de su nacimiento en el Solar paterno, que es hoy sede de nuestra Asociación Mutual de los Aduaneros Argentino (AEANA).

Hoy los aduaneros -con coraje belgraniano- estamos en el frente de batalla que exige la hora, ante los riesgos de la pandemia. En tiempos normales, los aduaneros somos necesarios, en tiempos difíciles somos esenciales, pero desde siempre los aduaneros somos imprescindibles en la custodia y resguardo de la soberanía económica de la Nación.

Finalmente, queremos anunciar la donación de cinco medallas talladas con la imagen de Manuel Belgrano realizadas por el escultor Carlos Leonardo Gómez -miembro honorario de la Junta Histórica-, quien ha decidido obsequiarlas: al Instituto Nacional Belgraniano que preside el licenciado Manuel Belgrano; a la Casa Belgraniana Solar Histórico de Tucumán en la persona de la licenciada Gigliola Petrelli; al Instituto Sarmantiniano de Lima Perú, en la persona del coronel Enrique Gargurevich; al Instituto Belgraniano de Jujuy, en la persona de Joaquín Carrillo y la quinta medalla a la Junta de Estudios Históricos Aduaneros “Domingo Francisco Belgrano”.

Benemérito General Manuel Belgrano: honramos vuestra memoria y desde nuestra Mutual -Solar Belgraniano- recibe, el beso tierno de la Patria.

Rodolfo D. Giacomozzi es secretario de AEANA

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