Vicentin, el nuevo tango argentino

Por Daniel Bosque. El director de Mining Press y EnerNnews analiza la polémica decisión del PEN de intervenir, y finalmente expropiar la empresa agroexportadora.

En psicología suele denominarse un rapto así como “impulso original”. Una acción supuestamente irreflexiva, desde las entrañas del yo, que provoca autodaños y obliga a reparaciones. Esa sería una hipótesis para explicar lo que llevó a Alberto a apretar el tentador botón rojo que abre la puerta a un mundo de deseos insatisfechos. Otra posibilidad es una brillante estrategia oculta. Para hacer pie por fin en el agro, un territorio antipático pero que sostiene la escuálida renta nacional.

Previsiblemente, el anuncio de la desprolija avanzada sobre la multi target santafecina de raíz cereal promovió otra nueva Babel argentina. De un lado, universo no peronista que ha llenado el aire con la palabra Venezuela y del otro el amplio espectro Pejota que festeja hasta el amanecer este uppercut al mentón de la “puta oligarquía”.

Toda generalización es falible y en tiempos del virus cabe la metáfora de que no hay dolencias sino pacientes, pero las categorías sociopolíticas sirven al fin para defender los propios argumentos. Si algo no tiene hoy la Argentina para erigirse en un modelo exitoso de transformación social inclusiva es una burguesía en ascenso, aquella nacional que pregonaba en los 70 José Ber Gelbard y hoy Carlos Heller, ni tampoco está boyante de negocios el establishment vinculado a negocios transnacionales. Las dos élites de quimeras antagónicas han perdido su aliento inversor y viven lidiando con la crónica inflación y la presión impositiva que ha terminado en una recesión o en el mejor de los casos crecimiento casi nulo, algo que se vio prístino en el fracaso de la restauración conservadora que intentó, en cohabitación y repartos con el peronismo, de Mauricio Macri.

Vicentin es uno de los tantos concursos de acreedores en los que diversas empresas dominantes del país se protegen en laberintos de la banca oficial y terminan embolsando a sus proveedores. Una elocuente expresión de lo que David Ricardo y Carlos Marx coincidían en llamar “tasa de rendimiento decreciente”. En criollo, aquí y ahora, esto podría rebautizarse como “donde hay un mango viejo Gómez”.

Nada sorprende en este guion, ni el atajo tomado por Alberto, Cristina y la familia peronista, ni el estupor de quienes lo rechazan. Funds, brokers, holdings y actores varios perjudicados por esta movida, salieron ayer a petardear en los mercados la intervención a la empresa en el día 81 de la cuarentena, mientras los jueces alargaban su eterna feria y el oficialismo seguía tratando de someter al debilitado Parlamento. En términos de gestión de la crisis esto complica todo: el acuerdo con la deuda que parecía más cercano y la recuperación de bonos y acciones que volvieron a caer esclavos de la obviedad.

Los focos vuelven a donde el espacio nacional y popular quiere que alumbren: al pool sojero que eligió como antagonista cuando vivía Néstor. Muchos militantes y ciudadanos de a pie se enteraron ahora por las primeras planas de cómo ha cambiado el mercado del “yuyito” hoy dominado por la estatal china Cofco, que tras la compra de Nidera y Agronoble, hoy domina el segmento.

Su CEO, Alfonso Romero, decía hace poco que la Argentina tiene que transformarse en un complejo agro exportador e integrar la carne a sus exportaciones líderes. La porcina, alimentada a soja, de la cual China -hoy principal socio comercial de Argentina y otros 133 países- es el gran consumidor. El gran dragón necesita criar cerdos fuera de sus fronteras tras la fiebre porcina que en 2019 la obligó a sacrificar buena parte de su stock y estas pampas son la oportunidad de su “soberanía alimentaria”, parafraseando al difunto Hugo Chávez y al reciente Alberto F.

Son puntas, hipótesis, conjeturas, lo más palpable es que el peronismo acaba de hacer suyo un gran negocio, en lo imaginario y se verá si se corresponde en lo material. ¿Se parece esto al chavismo cuando entre 2005 y 2010 se dedicó a expropiar empresas, mientras unas cobraban y otras terminaban en el CIADI? Habrá que ver, porque si algo no tiene el fisco argentino es cash para ir de shopping. La pandemia ha terminado de quebrar a centenares de empresas y el premier Santiago Cafiero acaba de aclarar que el gobierno no irá a por todas. A los dueños de más de una le gustaría que le saquen el muerto de encima. Siempre que no reciba un pagadiós.

Más caja, dólares, juicios y memes. El Frente de Todos, envuelto ahora en una de otra de las guerras dialécticas que lo mantiene épico y vital, se ofende por los agravios. Aunque es lógico que se le recuerde su capacidad de gestión, porque son irrefutables sus antecedentes complicados en decenas de controles sobre empresas de las cuales Ciccone, YPF y Río Turbio son sólo la punta del iceberg.

Alfonso Guerra, quien supo ser la segunda espada de Felipe González en el apogeo del PSOE post franquista decía que “vamos a dar vuelta este país como una media y no la va a reconocer ni la madre que la parió”. Una sentencia que podrían hacer suya diversos referentes y teóricos peronistas en la Argentina de la cuarentena. Todos los días pasan cosas: sin ir más lejos, está muy cerca de ver la luz una Ley de Alquileres que terminará de arruinar el negocio inmobiliario so pretexto de proteger a los inquilinos.

Son días difíciles para los atribulados argentinos, con la economía bastante paralizada que este año caerá por lo menos un 10%. No sólo por los protocolos sanitarios sino también por el cepo al dólar que ha bloqueado las compras al exterior y amenaza detener innumerables circuitos básicos. Mientras tanto, sin progreso social ni generación de riquezas, Vicentin es el nuevo tango argentino, un nuevo hit que no pasará de moda.

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