El plan es la ambigüedad

Por Alberto Asseff. El diputado nacional de JxC sostiene que la crisis profunda que enfrenta el país exige la puesta en escena de planes claros, y la restauración de los valores.

Lamentablemente para el país, la coalición gobernante accedió al poder sin un plan. Apenas estaban en claro en desmontar el sistema de controles republicanos o encapsularlos con miras al pacto de impunidad que celebró el binomio triunfante. Mal podían tener un programa si en el seno del frente político ganador coexisten declarados enemigos del capitalismo – aún del moderno y con responsabilidad social – con sectores que tienen la creencia que sólo con la vigencia de algunas leyes básica de mercado se podrá retomar el rumbo de crecimiento.  

Una divergencia tan honda ineluctablemente apareja la parálisis de la gestión. Tironeada por esas discrepancias, la administración sólo atina a mantenerse en la línea de flotación, sin derrotero. Cualquier insinuación de adoptar un camino suscita la furibunda reacción del sector disidente. El presidente – cuyo perfil y trayectoria lo ubica como un buen táctico, armador político, pero carente de visión estratégica- utiliza su arte predilecto, la ambigüedad. O, para mejor decir, una de cal y otra de arena. Un día, su embajador ante el organismo de la ONU en Ginebra señala sin ambages la violación gravísima de los derechos humanos en la “bolivariana” y chavista Venezuela, reclamando elecciones democráticas libres. Al día siguiente el propio presidente declara que “en Venezuela hay un gobierno legítimo”. En el patrio día 9 de Julio Olivos invita a seis empresarios y a un dirigente sindical para sentarlos a al lado del atril presidencial en la lectura de un mensaje de circunstancias. Acto mucho más gestual que con contenido, pero un pequeño aliento para una sociedad sedienta de que le den siquiera un indicio de que alguien del gobierno está pensando con un poco de alcance, más allá de la coyuntura. Fogosas, vehementes, irascibles rechazos fueron las respuestas a raíz de la presencia “de las corporaciones concentradas” en el escenario de la quinta presidencial ¿Qué contesta el presidente? “Quizás omití invitar a un dirigente gremial más”, aludiendo a un antiguo sindicalista docente quien, a la luz de la decadencia irrefutable de nuestra educación pública en estas últimas décadas – que coinciden con su protagonismo gremial –, no puede exhibir que su tarea haya sido exitosa ni merecedora de la distinción que le asigna el primer magistrado. Otra vez, un paso para adelante, otro para atrás. O dos.  

En estas semanas se ha memorado algo que con flagrante cinismo le dijese el entonces presidente, en 2004, a los empresarios españoles que lo escuchaban: “Miren lo que hago, no lo que digo”. Cuando la desilusión se despliega en la Argentina cual onda transversal – no hay estamento social que no tenga legiones de desencantados -, no existe duda que la causa es el grado de devaluación – literal degradación – de la palabra, sobre todo en boca de los sucesivos gobernantes, siempre con la salvedad de las excepciones a la regla. Si la mentira y el descaro imperan, no puede existir confianza. Y sin este fenomenal factor psicosocial todo resulta precario y frustrante. La confianza es el autocontrol necesario para cuidarnos en la pandemia, para acatar instrucciones, para creer que la moneda podrá rehabilitarse, para que un programa tenga éxito, para que un ahorro se transforme en inversión. La confianza está omnipresente en todo lo virtuoso y su total ausencia hace naufragar hasta las buenas intenciones.  

La ambigüedad es elocuente. Habla de la doble cara. No se puede gobernar si el pueblo pierde el respeto por sus mandatarios. La crisis profunda de nuestro país exige restaurar paradigmas ejemplares, restablecer los valores. Si el presidente dice públicamente que el gremialista mayor de los camioneros es un modelo a imitar o que el gobernador eterno de una de las provincias más atrasadas es un ejemplo de gobernante, no se lo puede dejar pasar cual una anécdota. Es un mensaje. Un malísimo mensaje. Habla de la maleabilidad del titular del Ejecutivo nacional, pero también de su labilidad. Es una palabra camaleónica que patentiza que porque está débil requiere apelar a estas ‘alianzas indeseables’.  

Es compleja la situación. La solución se vincula con la dilucidación de las dos cuestiones principales que embargan al gobierno: ¿es capitalista moderno o es estatista arcaico? y ¿rige el pacto de impunidad o tendremos justicia? De las dos respuestas que perentoriamente debe brindar la Casa Rosada depende que el país transite hacia una salida normalizadora o se interne en senderos sombríos.  

Por el lado opositor, la responsabilidad es sepultar el teorema de Baglini, es decir prometer trabajo, esfuerzo y mérito, sin concesiones demagógicas, preservando su unidad y ampliando su sustentación. En la medida que seamos sensatos, con los pies en la tierra, convoquemos a más sectores y actores, configurando una sólida alternativa de poder, la ambigüedad tendrá remplazo a la vista. Así sobrellevaremos con esperanza esta ‘noche’ argentina.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password