¡Sonríe, Zoom te ama!

Por Daniel Bosque. El director de Mining Press y EnerNews analiza la actualidad económio-social del país y la región, y los desafíos que deberá afrontar el Gobierno.

El blog del Banco Mundial sobre la pobreza, que coordina la española Carolina Sánchez Páramo, no tiene desperdicio. Desde que comenzó la pandemia, en sucesivos briefs va recalculando la degradación social que asolará el planeta. En abril-mayo cifraba en 40-60 MM los nuevos pobres extremos, ahora los recalcula en no menos de 100 MM y advierte a fin de año podrán ser el doble. América, desde Alaska a Tierra del Fuego, ha estallado en miserables mientras se volatiliza la política y el poder. Al comienzo de los confinamientos, que han dañado como nunca economías y vidas, todo parecía poner proa a monopolios políticos irrebatibles. En medio de la hecatombe, hoy reinan las dudas mientras vuelven los fantasmas de revueltas sociales. 

Es la pobreza, estúpido. Algo huele mal: esta semana, mientras millones de famélicos latinoamericanos cuentan los garbanzos de su próximo guiso, ven a enfiestadas muchedumbres en Wuhan, donde el barbijo fue abolido oficialmente el pasado lunes 11. Aquí el debate durante un tiempo largo será Covid or not Covid. Lo dicho: además de la miseria galopante, acecha el espectro de la muerte indigna y solitaria, en manos de sistemas sanitarios de enclaustramiento medioeval. Que nuestros viejos y queridos no mueran solos, piden algunos legisladores sensibles. Imposible y no habrá profilaxis que valga: el gran público mejor que no vea lo que sucede al interior de hospitales y geriátricos estresados. “Con el virus vamos aprendiendo día a día”, es el discurso oficial, mientras suman y ocultan a trabajadores de la salud (dos por día en Argentina) que mueren entre precariedades sin perdón.   

Los políticos y las gentes de a pie se encuentran a diario en medios y redes. Donde los primeros le enroscan la víbora a los segundos con que hacen más que lo correcto y que los muertos del Covid 19 son responsabilidades compartidas entre la mala suerte, la desidia ciudadana y la vacuna que nunca llega. No nos agradezcas que te salvamos la vida, es nuestro deber. 

Es la miopía, estúpido. Argentina tiene sus propias claves, porque al comenzar el año, más allá del exitismo peronista del flamante gobierno, los números eran rojos, por el quiebre del fisco y la estanflación, básicamente. Un cuadro que, pese al canje de una quinta parte de la deuda externa, no tiene vacuna a a la vista. Por torpeza o perversión, en todo caso a caballo de su inercia, el país de Perón, Borges, Fangio, el Che, Maradona y Messi le ha metido candela y gasolina al incendio con su quimioterapia severa al coronavirus. Hacia fin de año la pobreza habrá escalado hasta la mitad de su población, con un desmadre de desempleados (no menos de 1 MM de los registrados más) y empresas caídas (no menos de 100.000). 

Pero eso no es lo peor, para nada, sino la brutal intemperie de los informales, esos sin prensa ni lobbies que habitan en su mayoría en el conurbano bonaerense y las periferias duras de Rosario, Córdoba, Mendoza, Mar del Plata, entre otras. Allí es donde hoy se fortalece más el narco y el delito y donde el Estado viene perdiendo, día a día, su batalla entre el relato protector y su ausencia creciente. 

Como en la Sudáfrica del apartheid, el Gobierno argentino a instancias de su poderío en el Gran Buenos Aires impedía trasvases humanos desde sus townships, los excordones industriales, a la expróspera Ciudad de Buenos Aires. Autobuses y trenes menguados, en pos de aplacar la epidemia, tienen su precio. Por ejemplo, en los primeros tres meses de la Argentina, las bajas en el servicio doméstico en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) superaban las 25.000. 

En medio de la eterna vacación que mandó a sus casas a millones de empleados públicos (en la Nación cobran en la crisis el 100% de su salario, algunos como en el Congreso Nacional, más un plus), el Ministerio de Desarrollo Social y sus satélites provinciales no tienen hoy el ejército de agentes en la calle, que harían falta para el otro gran Plan DetectAR, el del hambre y el desamparo que se traduce, por ejemplo, en una gran espiral de tomas de tierras (100 denuncias desde marzo). En esa guerra de pobres contra pobres, hay dos verdades: los indignados que sufren la usurpación de sus propiedades y enfrente los desesperados que tienden con sus niños amoratados por el frío, sus pocas pertenencias clamando por alguien que los mire. 

El prejuicio burgués, por decirlo con un clisé, no puede verlos sin el peyorativo de “negros y marginales”, pero miles de estos Sin Tierra son laburantes, el eslabón débil de un mercado laboral hecho añicos. No sólo por esto, que colmó el vaso, sino por la comorbilidad de un país decadente que hace tiempo produce menos riqueza y trabajo de lo que precisan sus hijos. Con aristocracias en y afuera del barrio. Changarines, domésticas, multitudes en negro, contrastan con los sindicalizados en comercio, bancos y ramas industriales. En el palo más alto del gallinero está la nobleza de estatales. Millones de los cuales, insólitamente como se ha dicho, vacacionan desde el día en que comenzó el otoño. 

Como en otros países que siguieron la receta de una renta universal que comparten la CEPAL y los grandes magnates, los US$ 130 dólares del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) son un paliativo que a muchísimos no impide despeñarse en la dramática lucha por la supervivencia. Cómo vivirán y de qué morirán esos viejos, jóvenes y niños es un dato de extramuros que es preferible no mirar. 

En el otro extremo de la pirámide se anima a hacer ruido la clase media agobiada y todavía con excedentes de información y de bienestar, en puja con el pensamiento “nacional y popular” por ver quien impone sus sueños diversos en un país en tobogán. La grieta famosa son dos planetas lejanos, irreductibles e imposible amalgamar, porque hace tiempo que a unos y otros les estalló la cabeza. 

Unos salieron a la calle el 17-A, en autos y en barbijos, irritados por el rumbo que van tomando las cosas. Las redes tienen esa monumental virtud, de aglutinar malestares hasta juntar miles o millones. Por eso en el mundo que diseñan desde los chinos a Zuckerberg, el control del networking es la clave. 

Los otros, paradojas insólitas de estos días, miran y mascullan su bronca, por el celu y por la tele. El peronismo debe soportar con las manos atadas por su discurso sanitario a ultranza no poder “Ganar la calle”, su consigna sagrada. Un dato inédito del último medio siglo, que ningún sociólogo hubiera soñado imaginar. 

“El zoom no salvará al mundo” alerta el venezolano Ricardo Hausmann, a propósito de la explosión de webinars que hoy satura nuestras agendas. Mientras las ciudades del mundo, presas del pánico o enamorados de comodidades de la nueva normalidad, se tornan páramos, en particular en sus distritos administrativos, financieros y turísticos, porque está rota la ilusión itinerante y sólo se siente seguridad o hay permiso para cercanías. 

Tampoco pondrá a salvo a la Argentina, más allá del faro de Mercado Libre y envidiados unicornios. Antes de que el fantasma del virus llegara a estas playas, Argentina podía ufanarse de tener, en medio de la debacle, aún intacto su aparato productivo, nada que ver con el traumático 2001 en el que Estado y bancos confiscaron los ahorros dolarizados de buena parte de la población, hundiendo al país en la miseria y a la vez generando un shock de competitividad sobre los restos humeantes del desastre social. 

¿Entonces todo está perdido? Claro que no, promete el staff de Alberto+Cristina o viceversa, en vísperas de sus prometidas “60 medidas para la reactivación”. La Argentina es inmensa en recursos y reservas y como advertí hace ya tiempo en este espacio, el gran y seguramente polémico salvavidas para todes que prepara el peronismo vendrá de China. En eso está trabajando, a full, para que haya rutilantes novedades antes de que termine el “Año de la Rata de Plata”.  De eso hablará la próxima nota de este servidor. 

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