Cristina’s letter

La carta pública de la vicepresidenta de la Nación generó reacciones de todo tipo. Previsiblemente, no pasó desapercibida. Un análisis detallado de este texto dirigido a propios y extraños.

Previsiblemente, el texto de Cristina Kirchner no pasó para nada desapercibido.

Por Armando Torres*

Empleó 2957 palabras, cinco carillas y media con interlineado sencillo; esto es, 27 párrafos, en los que mencionó 15 veces a “Macri”, “macrismo”, “macrista”; nueve veces a los “medios” y a la palabra “mediática” y siete a “empresarios” y “empresariado”. Como siempre, ellos representan el núcleo de las obsesiones de Cristina Kirchner. Sin embargo, la palabra sobresaliente, la que más destacaron de su carta pública los medios políticos fue “acuerdo”, que la mencionó solo una vez, pero en su lenguaje es inédita.

“Acuerdo” es lo que les sugirió, en medio del vapuleo, “al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y societarios” para enfrentar al que considera el “problema estructural más grave que tiene nuestro país”: la “economía bimonetaria”.  Curioso planteo considerar “problema estructural” a lo que es nada más que una consecuencia de la desconfianza en una moneda que en los últimos 50 años perdió 13 ceros.

El allanamiento a la palabra “acuerdo”, aunque circunscrita a un tema, es el reconocimiento de la crisis y de la impotencia del gobierno para afrontarla. Lo expresó así: “El freno a la economía y la incertidumbre generalizada sobre qué va a pasar con nuestra vida son agobiantes”. En circunstancias más felices, Cristina no habló de “acuerdo”, sino de “ir por todo”.

En su farragosa epístola pública, la vicepresidenta no se hizo cargo de nada. Por el contrario, insistió en destacar que quien gobierna es el presidente, subrayando que “no es fácticamente posible que prime la opinión de cualquier otra persona que no sea la del Presidente a la hora de las decisiones”.

Mucho más que eso; no ahorró mencionar que hay “funcionarios o funcionarias que no funcionan”. ¿Cómo leerlo?: Como una filípica interna apuntada a señalar que los que fallan no son de sus filas, sino de las de los otros términos de la coalición gobernante.

La debacle para Cristina empezó después de 2015, cuando ella terminó su segundo mandato. Lo expresó de esta manera: “la Argentina estaba desendeudada, el FMI al que le debíamos desde el año 1957 era sólo un recuerdo de los mayores de 21 años, los pagos de la deuda reestructurada en el 2005 y en el 2010 se llevaban a cabo con normalidad y sin recurrir a nuevo endeudamiento y el perfil de vencimientos para los años subsiguientes era más que sostenible. La desocupación era del 5,9%, los salarios y las jubilaciones -tomadas en dólares- eran las más altas de América Latina y la cobertura previsional había superado con creces el 90% de la población. La inflación, medida por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, no superaba el 25% anual”. Otra curiosidad: hasta 25% anual, una magnitud descomunal en el mundo, le parece un motivo de orgullo.

La reaparición de la vice no es un hecho casual inspirado por una fecha sensible a sus sentimientos, el 10° aniversario del fallecimiento de Néstor Kirchner. Es, en cambio, una virtual insinuación a promover un “momentum” que si bien fue circunscrito en principio a los temas económicos en un contexto de agobio -según definió-, bien podría ampliarse a otros aspectos de interés público.

Habrá que ver en ese sentido cómo lo interpreta Alberto Fernández; sobre todo si encuentra en este nuevo escenario que ha delimitado la vicepresidenta la oportunidad de mostrar el costado dialoguista que bien se le conoce y que le valió ser seleccionado para encabezar la fórmula.

¿La situación desgraciada habrá obrado el milagro de convertir al kirchnerismo en una fuerza abierta al diálogo? Sería un paso muy importante que de resultar exitoso, ayudará a la gobernabilidad, sin que esto signifique confundir los lugares que la ciudadanía le asignó a cada fuerza política y sus representantes. Esto es, siempre será mejor con diálogo.

Al fin, la complejidad del cuadro, agravado por la crisis sanitaria, determinó que lo que “alcanzaba para ganar” no está alcanzando para gobernar, al menos para hacerlo bien.

*Armando Torres es consultor

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