Sobre virus, kosacos, espías, vacunas y cobayos

Por Daniel Bosque. El director de Mining Press y EnerNews explora las relaciones históricas de Rusia con la Argentina así como con la región en general.

El periodista Daniel Bosque.

“El ser humano necesita dormir, el sueño de la Gran Rusia jamás descansa (Diana Uribe) 

Benigno Benjamín Villanueva, casi ignoto en su Argentina natal, fue una de las glorias militares de la Rusia del siglo XIX. Después de una vida repleta de aventuras y guerras en su país, en las que fue sucesivamente federal y unitario, en México y California adonde fue tras la fiebre del oro, antes de recalar en Crimea, primero como oficial del ejército otomano que peleaba contra los rusos y después como destacado general del ejército enemigo, el de los zares. Murió como Villanokoff y es una de las tantas historias que entrelazan al sueño de la Gran Rusia con las lejanas pampas sudamericanas. Hacia 1915, los rusos – muchos de ellos judíos – eran la tercera colonia de inmigrantes en Buenos Aires, 200.000 almas, detrás de españoles e italianos. 

Rusia siempre ha ejercido fascinación en la imaginación argentina. Por Tolstoi, Chejov y Dostoievski para los más leídos y por el Partido Comunista, que en la dictadura de los 70 alentaba negocios bilaterales, mientras caía su militancia de base, para romper el embargo cerealero y el boicot impuesto por EE.UU. después de la invasión a Afganistán. De aquella época quedan testigos, como el banquero pro soviético Carlos Heller, hoy diputado kirchnerista. 

Todo eso nos pilla lejos en estos días de vacunas obligatorias que preanuncia el gobierno. En un foro del pasado 20 de octubre, Vladimir Putin lanzó un dulce desafío ante los líderes del RSPP, el grupo de lobby empresarial más grande de Rusia: la vacuna Sputnik V es “un buen negocio, el componente humanitario es claro y podría generar US$ 100.000 millones en ingresos en todo el mundo”. 

Cifras como para fregarse las manos: un ejército de brokers vienen tejiendo el trading for export. El precio de la vacuna en bodega del moscovita Instituto de Investigación Gamaleya no está muy diáfano. Hay versiones de que sería US$ 0.50. Y otras de que los agentes del Fondo de Inversión Directa (RDIF) la estarían mercadeando por US$ 10 en Centro y Sudamérica. El margen no está nada mal. 

A los ciudadanos argentinos, ha dicho ahora Alberto, la vacuna no le costará nada, afirmación que es un oxímoron (o contradicción en sí misma) porque al Estado Nacional, que solventamos todos, le costará US$ 19.50. 

RDIF, que comercializa la vacuna en el mundo, dice que más de 50 países ya han reclamado unas 1.200 millones de dosis. Versus Moderna, Pfizer u Oxford Astrazeneca, los laboratorios rusos no rankean en Wall Street y tendrán menos problemas con auditorías sobre precios FOB y comisiones pagadas a los políticos compradores de turno. 

En el caso argentino, algo no cierra es el gap entre los 25 millones y luego corregidas 10 millones de dosis que dijo estar comprando el gobierno nacional con respecto a lo que dijo la semana pasada el director de Gamaleya, Alexander Gintsburg, quien aseguró que en diciembre sólo habría un stock 5 o 6 millones de dosis de Sputnik V listas. 

En marzo pasado, Yuval Harari, el conocido autor de Sapiens, auguraba que el gran cambio en la Humanidad sería la abolición de las libertades, tal como la conocimos. Ya hay fuertes indicios por estos barrios. 

Urdida en el sigilo de las tantas medidas tomadas por Argentina en la pandemia, pasó inadvertida y ahora emerge a la luz pública la Resolución Conjunta 6/20 del 3 de septiembre Ministerio de Salud, ANSES y Dirección Nacional del Registro Nacional de las Personas que crea un “Certificado Digital de Hechos Vitales” por el cual las decisiones sobre la salud de cada uno de los argentinos serán hiper reguladas por el Estado. 

En criollo, si no dejas que te pongan la Sputnik o cualquier otra vacuna no es que no podrías ir a Mar de Ajó a ver a tu suegra. El escenario inquietante es que quedarás bloqueado para todo trámite laboral, bancario, comercial, previsional, etc. 

Si esto se confirmara, Argentina habrá puesto proa a un inédito modelo de control político y social, so pretexto de esta emergencia sanitaria. Los diarios de estos días están repletos de voces, sobre las vacunas del Kremlin, que aspiran a copar el 25% del mercado mundial. En Rusia, donde se ensayan violando todos los estándares internacionalmente aceptados, sólo cuatro de cada diez ciudadanos se la pondrían, según dos encuestas de ayer. Los temores van desde las alteraciones genéticas a las inmunodepresiones. O que favorezca, sin las debidas fases de prueba, la mutación del virus, tal como advierte Ian Jones, virólogo británico de la Reading University. El otro temor es que este negocio de varios ceros finalmente no le sirva para nada a gentes extenuadas por la pandemia. 

El corona business está en su esplendor. Mientras, los sistemas sanitarios desalientan a la población a consumir medicamentos que mitiguen la carga y la transmisión viral, una prédica a la que le hacen el juego incansables médicos mediáticos. 

En tanto, la geopolítica hace lo suyo. Sophie, una simpática guía de Moscú, explica mientras me muestra los souvenirs vintage del pasado soviético en el Parque Izmailovo, que millones de rusos respaldan a Putin porque obligó a la “oligarquía” hace 30 años a traer sus dineros a Rusia y levantar el país de las ruinas. Tras la perestroika y el glasnot de Gorvachov y el descuartizamiento de la URSS, corrupción, desempleo, gripes y emigraciones habían empobrecido, desmoralizado y mermado a la población.  

No son pocos los politólogos de Estados Unidos y Europa que han sostenido en las últimas dos décadas que es la Rusia autocrática, de pie y expansiva, aunque barriendo debajo de la alfombra a opositores y asimetrías, la luz roja que hay que mirar en el tablero. El mundo pre Trump ha intentado contenerla y a la vez sancionarla. En 2014, tras la ocupación de Crimea y Sebastopol la castigó con puniciones comerciales y financieras, como había ocurrido otras veces desde la Revolución Bolchevique. 

Putin, a cuya fortuna mítica construida junto a su inseparable amigo Sergey Roldugin, el escándalo Panama Papers  le dedicó grandes titulares en la prensa mundial, cada tanto salta la valla eliminando a díscolos con las mañas de viejo maestro de espías de la ex KGB. Pero, además, con Gazprom y Rosneft tiene todo el gas que precisa la fría Europa para romper alianzas y aislamientos, como se ha visto en la batalla inconclusa con Trump y Merkel por el gasoducto Nordstream 2 pactado con Alemania. 

En 2015, un Putin debilitado por las sanciones, le pisó los talones a Xi Jimping en una gira por América Latina, firmando acuerdos de cooperación, varios de ellos con Argentina. La estrategia de Putin en este lado del mundo es “Reciprocidad con la hostilidad en el extranjero cercano”. En castellano: pagarle a EE.UU. y Europa con la misma moneda, por haberse metido con las hijas de la Madre Rusia, las exrepúblicas soviéticas de Estonia, Letonia y Lituania, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, Armenia, Azerbaiyán y Georgia. 

Rusia tuvo escasas relaciones con Latinoamérica durante la Guerra Fría. Las primeras fueron con Brasil, Uruguay, Argentina y México y el mayor apoyo fue obviamente para Cuba y Nicaragua. Por afuera de estos negocios de ocasión, su fuerte en la región es la cooperación técnico-militar. Pero vive aspirando a más lazos en energía, tecnología nuclear, transporte, telecomunicaciones, aeroespacial, minería y recursos naturales, biotecnología y farmacéutica. Está muy por detrás de EE.UU. y China, a pesar de la fuerte presencia en Venezuela, sobre todo en la faz militar. 

Algo parecido pero diferente ocurre en África, donde en diciembre pasado Putin encabezó un foro en que resaltó que el comercio anual es de US$ 22.000 millones. Muy poco, pero el doble que hace cinco años. No está computada aquí la venta de armas, como las codiciadas Kalashnikov, ni los denunciados grupos mercenarios, negocios difíciles de cuantificar. En el Norte africano, Rusia no le afloja el pulso a Estados Unidos y Europa en los escenarios bélicos de Siria y el Magreb en que se desangra la región hace más de una década. 

La Rusia de Putin, cuyo Banco Central en la última década acaparó más oro que ningún otro en su afán de refugiarse, vive rompiendo todos los cercos a sus fondos públicos y a sus magnates, unos cuantos de ellos zares de los mercados de metales y otras commodities.  En los días en que se corroe el sueño antiglobalización de Donald Trump, al que ayudó a entronizar con la saga de espías, hackers y trolls del Rusiagate, hoy está cerrando ahora acuerdos con gobiernos sedientos de buenas noticias y dispuestos a audacias al Sur del Río Bravo. 

En la era coronavirus, Argentina se perfila como un gran laboratorio humano, un experimento de imprevisibles consecuencias celulares, nunca mejor dicho. Y también sociales. 

Putin se apresta a cabalgar por las estepas criollas junto a sus kosacos peronistas. Tan audaces y saltimbanquis como el legendario Villanueva cuya historia abrió esta crónica. 

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